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oct 16 2013

Domingo II de Lucas – Homilía de la montaña

hristos-invatatorul1Evangelio de san Lucas 6,31-38

31 Y como queréis que traten y hagan los hombres con vosotros, así también tratad y haced vosotros con ellos.

32 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman.

33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?

Porque también los pecadores hacen lo mismo. 

34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto.

35 Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es bondadoso para con los ingratos y malos. 

36 Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. 

38 Dad, y se os dará; con recipiente que se utiliza como medida buena, apretada, rellena y rebosante con contenido bueno será derramado en vuestro interior; porque con la misma medida con la que medáis, seréis medidos vosotros.

 

«Εἶπεν ὁ Κύριος: Καθὼς θέλετε ἵνα ποιῶσιν ὑμῖν οἱ ἄνθρωποι, καὶ ὑμεῖς ποιεῖτε αὐτοῖς ὁμοίως…πλὴν ἀγαπᾶτε τοὺς ἐχθροὺς ὑμῶν».

a. Parte de la Homilía en la Montaña del Señor Jesús Cristo (Mr 5-7) es la lectura evangélica de este Domingo, la que se hizo en el campo. Más bien se trata, como dicen muchos intérpretes del Nuevo Testamento, sobre dos homilías; una es de forma alargada en la montaña y la misma más reducida por segunda vez el Señor la hizo en el campo, y esta es la que ha escrito san Luca. La primera frase de la lectura “Y como queréis que traten y hagan los hombres con vosotros, así también tratad y haced vosotros con ellos”, sobre todo se ha calificado como “el canon o regla de oro de la ética cristiana”, significa que con esta se regulan las relaciones humanas, de modo que pueda ser revelado el Dios en sus vidas.

b.1 En principio por supuesto debemos recordar que este canon en su formulación negativa era algo que sugería el Antiguo Testamento, se encuentra al libro de Tobít con la frase “no odiarás ni harás daño a nadie”, esto que tu odias no lo hagas a nadie. Este canon lo encontramos conceptual y formalmente negativo también fuera de la apocalipsis=revelación Judeocristiana, en distintos filósofos y en otras religiones; por ejemplo al Cleóbulo de Rodas y al Confucio.  Se trata pues de un canon o regla que es la base y regula las relaciones sociales de los humanos universalmente e inter-religiosamente.

No olvidemos que la caída al pecado no trajo consigo la destrucción del hombre, sino el oscurecimiento en su interior de la imagen de Dios (oscurecimiento del nus, como dicen los Padres). Por supuesto que el Logos de Dios no encarnado hasta Su humanización, iluminaba al hombre, por ejemplo, a través del logos espermático* como dijeron algunos Padres, con el propósito de instruir a los hombres para la futura aceptación de Aquel.

(* Logos espermático: Semilla, germen de verdad que sembró Dios en todos los hombres, en cambio toda la verdad la dio con el Cristo.)

2. El Señor no niega este canon. Al contrario. Lo acepta y lo extiende elevándolo al nivel carismático; es decir, el modo de existencia del mismo Dios sea reflejo al hombre. Queremos decir que a este canon de comportamiento regulador entre los hombres, en la primera fase el Señor lo formula de manera positiva: “como queréis que traten y hagan los hombres con vosotros, así también tratad y haced vosotros con ellos”. Y atención a esto. No dice “lo que os hacen a vosotros igual hacedlo a los demás”, porque esto era núcleo de la moral judaica, con lo del “ojo por ojo y diente por diente”. Puede ser que para la época del Antiguo Testamento fuera un canon de venganza desenfrenada, pero para la nueva era que trajo el Señor funciona como pecado.

El Señor, pues, dice “como queráis que os traten y hagan los hombres”, lo que desearíamos que los demás hagan por nosotros hacer igual; el comportamiento que nos gustaría tuviesen los demás hacia nosotros. lo mismo debemos tener nosotros hacia ellos; en otras palabras, como hemos dicho: no fijarnos de forma judaica en lo que hace el otro, de manera que nuestra acción sea reacción, es decir, un comportamiento inmaduro, sino que miremos nuestro yo más profundo; por lo tanto la medida de nuestra agapi hacia los demás tiene que ser la misma que hacia nosotros mismos. Así diríamos que este canon equivale al mandamiento, logos de Dios “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, algo que finalmente manifiesta que nuestro yo mismo es “insuperable” de nosotros mismos – el hombre juzga y razona con base el sí mismo- aunque los hombres entre nosotros somos iguales. Esta regla o canon de oro pone de relieve y nos indica lo común de la naturaleza humana, y como la autognosis-autoconocimiento funciona a la vez en un gran porcentaje como heterognosía (o conocimiento heterogéneo).

3. ¿Qué es lo que habitualmente queremos de los demás, de modo que se lo ofrezcamos también a ellos? Tenemos la impresión que los deseos principales que queremos de los demás son la aceptación de nuestra persona, el respeto de nuestra libertad, de nuestro espacio y tiempo, el comportamiento honesto sin malicia por parte de ellos, en una palabra la agapi (amor desinteresado) de ellos. Esto es pues, la regla del comportamiento correspondiente de nosotros: amar al otro, respetarlo, ser considerados hacia él, no hacer transgresiones principalmente no respetando la libertad de los demás. Realmente es un canon o regla de oro que su aplicación en la sociedad nuestra funcionaría como paraíso. Pero ya lo dijimos: se trata de una regla que expresa lo mejor que podría expresar el género humano, basado en los buenos elementos de la naturaleza humana.

Pero la pregunta que se pone es: “con qué fuerza el hombre podrá realizar esta regla? ¿Cómo esto que implica percepción y concepción correcta y enseñanza social buena, podrá hacerse praxis? En otras palabras, ¿cómo el hombre superará las vinculaciones al pecado, a los pazos, al diablo y a los elementos de este mundo?

4. El Señor pues, da la respuesta y es muy clara: La superación de las vinculaciones de modo que el hombre pueda colocarse correctamente hacia su prójimo es un estado carismático. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?…Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?. En otras palabras, el hombre no puede escapar del egoísmo de las relaciones del “dar y recibir”, doy porque recibo, -que consiste generalmente la ética judaica y mundana- si no se hace por la misma energía (increada) y acción del mismo Dios. El que pueda amar al otro sin esperar nada a cambio, compórtame bien, sin que esta acción mía sea reacción, es un estado sobrenatural que presupone la presencia de Cristo y Su jaris (energía increada) en este mundo.

Por lo tanto, el Señor recalca el valor de la regla de oro para las relaciones humanas y nos orienta hacia su aplicación correcta y real: sólo el hombre en Cristo, el que está incorporado en Su Cuerpo, la santa Iglesia, el que se ha hecho miembro Suyo y funciona en él Su jaris increada y fuerza, sólo éste puede estar de manera agapítica y discernida ante su prójimo, extendiendo así la perspectiva del mismo Cristo y del Dios Padre a todo el mundo. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. Y como el Dios Padre, y Señor Jesús Cristo ama al mundo sin distinciones –“porque Él (el Dios) es bondadoso para los ingratos y los malos”- por eso el cristiano correspondientemente ya puede amar a todos, aún hasta sus enemigos, sin que se preocupe si le recompensarán igual. “Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada…”, es decir, el cristiano vive y se mueve por encima de los niveles humanos, mundanos y caídos al pecado. La preocupación y cuidado del hombre es gustar a Dios y que domine Su voluntad para que Le tenga vivo en su interior. Y una manera existe, como dijimos, para esto: vivir como el Dios y teniendo la fuerza de Él estar aumentándola.

c. El problema de la humanidad por lo que se ve no es la falta de buenas palabras, ideas sociológicas importantes e ilusiones “paradisíacas”. Estas ciertamente existían y existirán en nuestro mundo. Las filosofías y las religiones dijeron y dicen cosas bonitas. Estas cosas bonitas mezcladas con muchos engaños y mentiras son realmente bonitas. Pero el problema es, ¿cómo se van aplicar estas cosas bonitas? Para nuestra fe cristiana ortodoxa, la solución es sólo el Señor. Si el hombre no Le acepta tal y como se ha apocaliptado=revelado, si no se hace miembro Suyo para que sea reforzado de Su jaris divina (gracia, energía increada), siempre estará tambaleando en contradicciones y quizás entre las buenas razones, palabras y forma de vida demoníaca. Porque “en ningún otro hay sanación y salvación…” (Hec 4,12).  Roguemos pues, al Señor para que ilumine a los hombres que Le ignoran, para que Le conozcan y refuerce la voluntad nuestra los considerados cristianos, de modo que hagamos praxis lo que ya nos ha dado, que la mayoría de las veces lo dejamos para más tarde. Es decir, amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos independientemente del comportamiento de ellos. Pero lo más tarde, por regla general, significa nunca. Amín

Padre Jorge Dorbarakis

Fuente: ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ

Traducción de: xX.jJ      

 

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