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sep 19 2013

Domingo después de la exaltación de la Cruz

LECTURA EVANGÉLICA: Mateo 8.34-9.1

34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

35 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará.

36 Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su psique-alma?

37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su psique-alma?

38 Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.

9,1 También les dijo: De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto la realeza de Dios venido con poder.

cross

«ὅστις θέλει ὀπίσω μου ἀκολουθεῖν, ἀπαρνησάσθω ἑαυτὸν καὶ ἀράτω τὸν σταυρὸν αὐτοῦ, καὶ ἀκολουθείτω μοι».

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.»

 

a. En el ambiente del Levantamiento de la Santa Cruz nuestra Iglesia insiste en recordarnos, con la elección de sus lecturas evangélicas, que no existe otra manera de hacer la vida en Cristo que la co-crucifixión con Él. En esto consiste el seguimiento a Cristo que conduce al encuentro de la verdadera vida. Cualquier rechazo a Cristo significaría, por un lado, libertad del hombre como posible autodeterminación suya sin Dios; y por otro lado, constituiría una catástrofe del mismo, igual que aquel que escoge el suicidio. La sugerencia sobre todo del Señor que provoca la voluntad del hombre que le siga, por supuesto bajo condiciones concretas, se oye como la voz más reconfortante que jamás se ha escuchado para el hombre; porque mientras le revela la tragedia de su camino, a la vez le muestra el camino de su superación, sanación y salvación. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

b.1. El Señor no juega con el hombre, ni quiere aprovecharse de él. Una actitud de este tipo mantenían y mantienen todos aquellos conquistadores o demagogos, de todos los siglos, quienes, sea con el miedo, sea con la adulación, quisieron tener el pueblo bajo sus manos para realizar sus planes ilegales, que no era otra cosa que la satisfacción de sus pazos. El Señor dentro de Sus marcos de infinita agapi (amor, energía increada) hacia el hombre, del tipo que Le condujo encima de la Cruz, nos llama a seguirle; que significa que, por un lado, alejados de Él nuestro camino está equivocado, y por otro lado, Él mismo es la sanación y salvación nuestra.

2. El seguimiento a Cristo, por supuesto consiste en un estado carismático, en el sentido de que se puede realizar sólo con la fuerza y jaris (gracia, energía increada) de Él, como en otro punto señala: “Sin mí no podéis hacer nada”. Porque el hombre, más allá de lo mareado, confuso y herido de su pecado y su esclavitud al diablo, era incapaz de ver la verdad de su sanación y salvación –quién era su Dios- y mucho más, incapaz de realizar un paso hacia esta dirección. El Señor pues, viene y no sólo le abre los ojos (físicos y espirituales) para ver su orientación correcta, sino también le incorpora dentro de Sí Mismo, de manera que encuentre su dirección. Si no ocurriese esto y viniese sólo a decirnos sólo que le siguiésemos, no se diferenciaría de los demás tiranos de la humanidad. Entonces realmente “jugaría” con nosotros, se “reiría y disfrutaría” de nuestras debilidades y del reconocimiento de ellas por parte nuestra.

3. Esta incorporación nuestra al Señor, por la que también fluyen en nosotros Sus fuerzas y energías, de modo que vivamos como Él –seguir a Cristo- se realizó con Su humanización y por supuesto con toda Su vida, principalmente con Su sacrificio cruciforme. Porque en la Cruz fue abolido el pecado del cuerpo y así en Cristo entramos en a la Realeza increada de Dios. Y lo que ya nos ha ofrecido y ofrece el Cristo, es decir, Su propia vida, uno puede adquirirlo y disfrutarlo con su introducción a la Iglesia, viviendo la vida de Ella. Por lo tanto, el Bautismo, la santa Crismación, la unción de Oleo, la Divina Efjaristía dentro del ambiente de la metania (introspección, arrepentimiento y confesión) dan al hombre esta capacidad de la vida de Cristo.

4. La llamada de Cristo, pues, para seguirle, se hace mientras nos ha dado las capacidades para algo así. Es importante tener en cuenta que esta llamada se produce en tiempo continuado: “Sígueme”. Seguir a Cristo siempre sin interrupciones. Tal y como es indispensable que la mano o el pie no sigan el movimiento del cuerpo, de la misma manera es indispensable para aquel que ya es miembro de Cristo no Le siga. Un seguimiento a Cristo con intervalos, hoy sí mañana no, es la doble moral, que describe san Jacobo, que su principal característica es el desorden. De hecho el mismo Señor en otro punto reveló que cada no seguimiento a Él no es parada, que puede traer el reinicio al mismo punto, sino retroceso y adversidad contra Él. “El que no está conmigo está contra mí, el que no recoge conmigo, derrocha”. Imaginemos otra vez una mano o un pie cuando están al ritmo del cuerpo y cuando pegan el cuerpo como algo enemigo.

5. Precisamente por este ininterrumpido seguimiento a Cristo vienen las condiciones que Él mismo pone para que no haya declinaciones que anulan la sanación y salvación. La donación es regalo, pero no de modo mágico. Se requiere también la correspondencia del hombre.

(I) La primera condición es la libertad del hombre. “El que quiera que me siga”. Por muy imprescindible que sea el seguimiento a Cristo –más imprescindible que el aire que respiramos- pero el Dios no nos fuerza y coacciona. Nos da el empuje, observa nuestro camino pero no nos reemplaza. La última palabra para su sanación y salvación la tiene el mismo hombre. Por eso el fiel nunca puede estarse quieto y reposado. Y la razón es conocida: el Dios nos ha creado libres. Recordemos los logos del sabio y santo Yérontas Porfirio sobre esto: “El Dios no simplemente nos ha dado la libertad, sino que la ha marcado en nuestro interior”. Ninguno pues, puede ser cristiano forzosamente. La fe cristiana se desarrolla en el aire de la libertad.

(II) Condición es la negación, el olvido de uno mismo. Se trata del yo egoísta, aquello que tira al hombre siempre hacia abajo, en los pazos del hedonismo, la avaricia, la codicia y la vanagloria. Y esto debemos explicarlo: El Cristo cuando por Su energía increada jaris nos ha liberado de la tendencia forzosa del pecado, -algo que se da al hombre por el bautismo-, no nos ha anulado, como hemos dicho, la libertad. Lo variable de nuestra voluntad sigue existiendo, por lo tanto depende de nosotros si afirmamos nuestra vida al seguimiento de Cristo o de nuestros pazos. El mayor obstáculo para que seamos cristianos es este “yo malo”, que funciona como una tentación constante en nuestro camino espiritual. Desde este aspecto el cristiano ejerce un tipo de violencia, fuerza y rebeldía hacia sí mismo, de tal manera que le hace encontrarse a las huellas del Señor. Además, lo ha afirmado Él mismo: “La Realeza increada de los cielos se fuerza, se violenta y los violentos, los rebeldes la arrebatan”. El seguimiento, pues, a Cristo presupone una actividad constante, implacable y vigorosa. El cristiano nunca debe estar dormido. La nipsis como vigilancia y alerta es su principal característica. Incluso en cualquier caída al pecado, el cristiano no debe quedarse parado. Al mismo momento de su caída, si es cristiano, se levantará y seguirá. La vida cristiana, pues, es la continua superación del sí mismo, por eso funciona al creyente también psicoterapéuticamente. “Si te caes levántate y te salvarás”.

(III) Y la tercera condición de seguimiento al Señor, según Su logos, es el levantamiento de la cruz. “Cada uno que levante, tome su cruz”. Se trata de nuestra co-crucifixión con Aquel, como lo describe el apóstol Pablo: “Con Cristo me co-crucifico. Ya no vivo yo en mí, sino que es el Cristo que vive en mí”. Entendemos que siguiendo a Cristo, no hay una manera de eludir la cruz, puesto que la cruz era la característica principal de Su vida desde el inicio hasta el final. ¿Pero qué significa levantamiento o exaltación de la cruz? Dado que unidos con Él a través de los misterios, la Cruz se convierte el elemento “estructural” de nuestra existencia; se requiere la continua energización o activación de este estado cruciforme en nuestra vida cotidiana. Y esto significa vida como el prototipo o modelo de Cristo, obediencia absoluta a Dios, agapi-amor sacrificante al semejante y humildad para sí mismo. En otras palabras, levanto, llevo mi cruz, es decir, me crucifico con el Señor, quiere decir: tengo como centro de mi vida la voluntad de Dios, por lo tanto, amo a Él y Su imagen el hombre y esto con la certeza que simplemente camino fisiológicamente en mi vida. “Cuando hagáis lo que os mande, decid que sois simples servidores y que simplemente hacéis lo que debéis”.

c. San Juan el Clímaco dando la definición del verdadero monje dice que “ser monje es la lucha constante contra la naturaleza”. Pero nos damos cuenta que es válido también para cada cristiano. La fe cristiana, como hemos dicho, nos llama a una constante superación de nosotros mismos, para que seamos encontrados dentro de la presencia carismática de nuestro Señor. Aquel que dice que el cristianismo es una cuestión fácil, más bien no ha sentido ni saboreado la vida cristiana. Pero lo reconfortante es que si en algo nos desviamos, si en nuestra vida cotidiana vemos la debilidad que tenemos para seguir a Cristo, no nos desesperamos. Nuestra caída si nos conduce a la humildad y el reconocimiento de nuestras debilidades, funciona como ascendiente, porque allí viene el Señor, Quien nos ofrece multiplicada Su Jaris (gracia, energía increada). El caso es que no vaya ser que sigamos el camino demoníaco: pecar y alardearnos por eso.

παπα Γιώργης Δορμπαράκης

Padre Jorge Dorbarakis

Fuente: ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ

Traducido por: χΧ jJ

 

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