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may 14 2013

Domingo de Apóstol Tomás (II)

 

Domingo de Tomás

 

El primer Domingo después de la Resurrección de Cristo, llamado también Contrapascua, está dedicado al discípulo de Cristo, Tomás, quien por su incredulidad se hace ya el “medio” para que sea cierto el acontecimiento de la victoria de la muerte. “La incredulidad generó la fe cierta” según el himnógrafo. Y eso porque esta incredulidad “provoca” al Señor a indicarle más intensamente las señales de Su presencia y conducirlo a la salvadora confesión: “mi Señor y mi Dios”.

1. Así la incredulidad de Tomás se hace buena. Por muy paradójico que se oye esto, la realidad es esta: hay buena y mala incredulidad. Buena incredulidad es la que en primera fase atrapa al hombre a la duda y negación, poniéndole como prioridad la fe a la razón y los sentidos. “Si no veo, no creeré”. Es el escepticismo que encontramos muchas veces dentro en los relatos evangélicos, como por ejemplo el caso de Natanael, cuando está llamado por su amigo Felipe conocer a Mesías –“¿de Nazaret puede haber algo bueno?”- o como el caso del padre trágico que acude a Cristo para sanar su hijo, pero lleno de controversias, dudas y preguntas: “Si puedes ayúdanos”. Y el Señor este escepticismo, duda y desafío no los rechaza. Los toma como primeras chispas de la fe que conducirán en la fe inquebrantable, firme y segura. Porque ve que esta fe nace de un corazón que padece y anhela.

Así que la cualidad de la buena incredulidad se ve que es esto: el corazón afligido, ansiado y angustiado que lucha entre la fe y la infidelidad. “Si Señor, creo, ayuda mi incredulidad”, recordándonos otra vez al padre que hemos referido antes. Uno aquí se acuerda de un acontecimiento parecido que le ocurrió al Yérontas Paisios en su infancia, cuando la incredulidad de un estudiante sacudió las certidumbres que tenía sobre la fe. Nos describe el sufrimiento, la ansiedad y la angustia de este estado: “Se nubló mi horizonte. Me llené de dudas. La tristeza cubrió mi psique”. Es una situación similar que pasa cada hombre, hasta que la fe en Cristo sea consolidada, hecho que significa que esta fase de incredulidad no se considera como algo negativo y paradójico, sino un escalón fisiológico en el camino de la madurez espiritual del hombre.

2. ¿Cuándo la incredulidad es considerada mala? Cuando no se considera como fruto de la lucha interior, sino motivo para que el hombre sea alejado definitivamente de Cristo, algo que evidentemente se ha decidido por el mismo hombre. En otras palabras, cuando el hombre ha decidido trabajar y funcionar en sus pazos, cuando su prioridad es su apego a este mundo malicioso y vicioso como el hedonismo, placeres viciosos, la codicia y la avaricia, entonces la incredulidad la utiliza como excusa para justificar sus elecciones. En este caso no es ayudado por la jaris (energía increada) de Dios de modo positivo, o más bien de otra manera le remite en esto: “es terrible caer en las manos del Dios vivo”. En el caso de Judas discípulo traidor de Cristo, que también pasó por el fuego de la incredulidad, creemos que es muy indicativa.

3. ¿Cuál puede ser el punto decisivo del paso de la incredulidad a la fe? Pues, la existencia por lo menos de un mínimo grado de humildad, es decir, el hombre al dudar de las absolutas elecciones del sí mismo, le hace confiar en la experiencia común de los demás y le conduce en la Iglesia. Tomás logra liberarse de su incredulidad, justo cuando decide salir de su “caparazón”. La humildad que muestra, como giro hacia los demás y no hacia sí mismo, es el riesgo que corre para entrar al espacio de la sorpresa: la experiencia del Cristo resucitado. Vemos que el Señor se revela allí: en la congregación de los discípulos, en la Iglesia, y no en la nube nebulosa de los loyismí (pensamientos simples o unidos con la fantasía, ideas, reflexiones) de su soledad. Y le llama de una manera absolutamente personal: “trae tu dedo aquí y mira mis manos, y trae tu mano y ponla en mi costado, no seas incrédulo, sino fiel”. Esta experiencia conmovedora de Tomás le conduce ya en la situación normal de los discípulos: en la veneración de Cristo y en la confesión de la fe: “Mi Señor y mi Dios”.

4. Así se comprueba que la fe en la Resurrección del Señor es un acontecimiento vivido dentro en la Iglesia y sólo allí. Solamente el que vive en la Iglesia y sobre todo aquel que lucha en andar el camino del Señor, es decir, aplicar y cumplir Sus santos mandamientos, puede también estar viendo y sintiendo la presencia resucitada de Aquel. “Como me has visto has creído, bienaventurados y felices los que no me han visto y creen”. Más allá de este acontecimiento con Tomás, el Señor lo había predicho a Sus discípulos, en Su extendida enseñanza de los marcos de la Cena Mística: después de Su sacrificio por la Cruz será visible y Le sentirían sólo Sus discípulos. En la denuncia de Judas no el Iscariote, “Señor, ¿qué pasará cuando Tu aparezcas en nosotros y no en el mundo?” es decir, en la denuncia de la razón humana que requiere una exterior imposición y victoria contra los enemigos de la fe, el Señor es absoluto, certero y claro: Sólo aquel que aplica y cumple Sus mandamientos, por lo tanto Sus discípulos, Le vivirán y estarán viéndole. “Si uno me ama, cumple y aplica mis logos, también mi padre le amará, y vendremos en él y crearemos una morada”.

Y esto es la respuesta permanente y firme, más allá de todo lo que hemos dicho sobre cómo se asegura uno en la fe de Cristo: sólo por la agapi (amor desinteresado) a su semejante. “Fe energetizada u operada por la agapi (amor, energía increada divina)”, que apunta san Pablo. En otras palabras, cuando la duda y la incredulidad empiezan a castigarme, la respuesta es que con más fuerza caliento mi corazón para cada prójimo mío, sobre todo al considerado como enemigo. El momento que lucho para amar a aquel con el que parece que tengo problema, exactamente este momento siento también la jaris (gracia, energía increada) del Cristo resucitado fluyendo en mi corazón. Es una experiencia de la Resurrección que por su puesto, es obvio, que uno debe experimentar el sí mismo para sentirla. Amín.

Padre Jorge Dorbarakis

 

Fuente: ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ
Traductor: xX.jJ
 

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