La Divina Liturgia

Interpretación de la Divina Liturgia

De san Nicolaos Kabásilas

Cristo Liturgia

Doxología

«Bendita sea la realeza (increada) del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…»

«Ευλογημένη η βασιλεία του Πατρός και του Υιού και του αγίου Πνεύματος…»

Con esta doxología empieza el sacerdote la Divina Liturgia. Porque lo mismo hacen también los sirvientes agradecidos cuando se presentan ante su señor. Es decir, primero le alaban y después le ruegan para sus propios asuntos.

 

Ectenias de la paz

¿Y cuál es la primera petición del sacerdote?

«Por la paz de arriba o de los cielos, la sanación y salvación de nuestras psiques-almas».

Diciendo paz, no se refiere sólo a la paz entre nosotros, es decir, cuando no tenemos rencor, resentimiento contra alguien, sino también la paz en nosotros mismos, o sea, cuando nuestro corazón no nos acusa de nada. La virtud de la paz, está claro que la necesitamos siempre, pero especialmente durante la oración, porque sin ella nadie puede orar correctamente y disfrutar lo bueno de su oración.

A continuación rogamos por la Iglesia, por el Estado y los gobernantes, para los que están en peligros, en general por todos los hombres. No oramos solamente por lo que interesa a la psique, sino también por los bienes materiales necesarios – “por el buen clima del aire, los buenos frutos de la tierra…”. Porque el Dios es la causa y el donador de todo y hacia Él sólo debemos tener dirigidos nuestros ojos.

En todas las peticiones los fieles repiten solamente una frase, el “Kirie eléison”.* El pedir el éleos-misericordia increada de Dios equivale a pedir Su realeza (energía increada). Por eso los creyentes se conforman con esta súplica, porque esta lo contiene todo.

*«Κύριε ελέησον»  “Kirie eleison” es una calificación, petición general de cada necesidad mía, de cada caso mío, de lo que me pasa y de lo que quiero y como no sé lo que voy a pedir, entonces digo a Dios, eleisón me” o “kirie eléison”, y Él sabe lo que me va a dar. Eléison significa ten compasión, caridad, misericordia, sanación, ayuda, alivio, consuelo. No tiene nada que ver con piedad, como muchos traducen en castellano. Piedad en griego es ευσέβια (efsevia) de aquí viene el nombre Eusebio, piadoso en castellano o latino.

 

Antífonas

Después empiezan las psalmodias que contienen frases divinas inspiradas por los Profetas. Las antífonas se llaman así, porque nos santifican – divinizan, y nos preparan para el misterio. Pero a la vez nos recuerdan los primeros años de la presencia de Cristo en la tierra, entonces cuando aún mucha gente no le había visto; y por eso eran indispensables los logos proféticos. Cuando más tarde apareció Él mismo, ya no había necesidad de los profetas, puesto que Le mostraba presente san Juan Bautista.

 

Pequeña entrada

Mientras se canta la tercera antífona, se hace la entrada del Evangelio acompañado de velas. El Evangelio lo lleva el diácono o, si no hay diácono, el sacerdote. Antes de entrar al santuario se detiene ante la Bella Entrada o Puerta y ruega a Dios que le acompañen los santos ángeles y sea copartícipe de la celebración del servicio divino y la doxología. A continuación levanta el Evangelio, lo muestra a los creyentes y una vez ha entrado al Altar lo coloca en la Santa Mesa.

La elevación del Evangelio simboliza el principio de la manifestación del Señor a las multitudes. Porque con el Evangelio se manifiesta el mismo Cristo; ahora ya, con Su manifestación, nadie se fija en las palabras de los Profetas. Por eso después de la pequeña entrada, psalmodiamos lo que tiene relación con la nueva vida que trajo Cristo. También alabamos la Panagía y otros Santos, de acuerdo con la festividad del Santo que la Iglesia honra según el calendario.

 

El himno trisagio (trisanto)

Finalmente alabamos al mismo Dios Triádico, psalmodiando:

«Άγιος ο Θεός, άγιος ισχυρός, άγιος αθάνατος, ελέησον ημάς Ayios»

«Santo el Dios, santo fuerte, santo inmortal, eleisón-nos».

«Άγιος, άγιος, άγιος, Santo, santo, santo…», es un himno de los ángeles (Is 6,3). Y el resto “Dios”, “fuerte” e “inmortal” son palabras de David: “Mi psique tuvo sed de Dios, el fuerte y viviente, (Sal 41,3).

Psalmodiamos el Himno Trisagio después de la entrada del Evangelio, para proclamar que con el advenimiento de Cristo, ángeles y hombres se unieron y constituyen ya una Iglesia.

Lecturas

Inmediatamente después el sacerdote pide a todos que no estén con pereza y distracción sino que tengan sus nus* en lo que va a seguir.

*(“Νοῦς nus, espíritu humano, principalmente nus es el ojo de la psique, la parte más pura, es la finísima atención. Se llama también energía noerá (espiritual humana) y su esencia es el corazón, esta está en todo el cuerpo principalmente en el cerebro, pero no se identifica con la energía racional del cerebro, ni con la emocional-sentimental, sino que contiene a todas.” )

Esto significa el «Πρόσχωμεν, prósjomen, estad atentos». Y con la «Σοφία, Sofía=Sabiduría», recuerda a los fieles la sabiduría con la que deben participar en la Liturgia. Esta sofía trata de los buenos loyismí (pensamientos, reflexiones, ideas) que tienen los que son ricos de fe y ajenos de toda cosa humana. Es realmente necesario participar en La Liturgia con los debidos loyismí, si no queremos, claro está, perder injustamente nuestro tiempo. Como una cosa así no es fácil, hace falta también nuestra atención y un recordatorio exterior, para reconcentrar nuestro nus, que continuamente se olvida vagando por ahí, arrastrado en preocupaciones vanas.

También la exclamación «Ορθοί (orzí) en pié o derechos» contiene exhortación. Quiere que delante de Dios estemos con buena disposición, buen ánimo, con devoción y mucho celo. Y la primera señal de este celo es la postura erguida de nuestro cuerpo. Después de estas exclamaciones, se leen la lectura Apostólica y la Evangélica. Estas indican la aparición, manifestación del Señor, tal como se hacia poco a poco después de Su primera aparición en los hombres. En la pequeña Entrada, el Evangelio estaba cerrado y simbolizaba el espacio de los treinta primeros años del Señor, entonces que él mismo aún guardaba silencio. Pero ahora que se leen las Lecturas, tenemos Su apocálipsis=revelación más plena, con lo que Él Mismo enseñaba públicamente y con lo que mandaba a los Apóstoles a predicar.

 

La gran Entrada

Pronto el celebrante (liturgo=servidor) procederá ya al sacrificio, y los dones que se van a sacrificar, deberán colocarse en la Santa Mesa o Altar. Por eso ahora se dirige a la Prótesis, toma los divinos, honrados regalos, los lleva a la altura de su cabeza y sale del Santuario. Avanza con gran recato y con paso lento los lleva alrededor del naós= templo, entre la multitud, acompañado con velas e inciensos. Finalmente entra al santuario y los deposita a la Santa Mesa.

Al paso del sacerdote los fieles psalmodian y reverencian con todo respeto rogando ser recordados en el momento en que ofrecerá a Dios los preciosos dones. Porque saben que no hay otra súplica más eficaz que este terrible sacrificio, que limpió gratuitamente todos los pecados del mundo. (El elemento característico litúrgico de la Gran Entrada es Himno Querubínico que el coro psalmodía en ritmo lento): «Nosotros que representamos místicamente a los querubines y cantamos el trisagio=trisanto himno a la vivificante Trinidad, desprendámonos en este momento de todas las preocupaciones de este mundo, para que podamos recibir al Rey de todos, que está acompañado invisiblemente de las órdenes angelicales. Aleluya».

La gran Entrada simboliza el camino de Cristo hacia Jesusalén, donde había de ser sacrificado. Entonces entró en la Ciudad Santa sentado encima de un asno acompañado y alabado de la multitud.

 

El Símbolo de fe.

Ahora el sacerdote llama a los fieles a rezar “por los preciosos dones expuestos”. Roguemos, pues, a Dios que los preciosos dones que están ante nosotros sean santificados, de modo que se cumpla nuestro primer propósito.

Después, cuando ya ha añadido también las demás peticiones, exhorta a todos tener paz entre ellos («Ειρήνη πάσι irini pasi  paz para todos») y agapi=amor desinteresado, (amarnos los unos a los otros …). Porque la agapi entre nosotros sigue la agapi (increada) de Dios y nuestra perfecta y viva fe en Él. Por eso, inmediatamente después confesamos al verdadero Dios: “Padre, Hijo y Espíritu Santo, Triada consubstancial e inseparable”.

«Las puertas, las puertas, estemos atentos en sabiduría” añade el liturgo=servidor. Con esto quiere decir, que abramos las puertas sobre todo de los sentidos psíquicos, a la verdadera sabiduría, es decir, a las cosas elevadas que habéis aprendido y creéis en Dios. Estas cosas decirlas constantemente y escucharlas con celo y atención.

Entonces los fieles recitan en voz alta el Símbolo de Fe (Creo en un Dios Padre…).

 

Santa anáfora

“Mantengámonos firmes, con temor a Dios. Permaneced atentos para ofrecer en paz a la santa anáfora (oblación)”,  dice otra vez el sacerdote. Es decir, “que permanezcamos fuertes en todo que hemos confesado con el Credo…”, sin ser tambaleados de los heréticos. Estar con temor, porque el peligro de ser engañados es grande. Cuando permanecemos así de estables en la fe, entonces con paz ofrecer nuestras ofrendas a Dios.

En este punto los fieles deben tener en su mente también los logos del Señor: “Si llevas tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y luego ves y presenta tu ofrenda” (Mt 5:23-24).

Después que el sacerdote ha elevado las psiques y los sentimientos de los fieles de las cosas terrenales hacia las celestes, empieza la oración de acción de gracias. Así imita al primer Sacerdote, al Cristo, que dio gracias a Dios Padre antes de ofrecer el misterio de la divina Efjaristía.

Le alaba ahora también él junto con los ángeles. Le agradece por todas las acciones de gracias que ha hecho para nosotros desde el principio de la creación. Le agradece especialmente por el advenimiento de Su Hijo Unigénito al mundo y por la entrega del misterio de la divina Efjaristía. Incluso relata lo relativo con la Santa Cena, repitiendo las mismas palabras del Señor: “Tomad, comed… Bebed de este todos…” (Mt 26,26-27).

El sacerdote mientras diga este mandamiento salvífico y sanador, “Teniendo en nuestro nus y todo lo que se ha hecho para nosotros, es decir, la crucifixión, el entierro, la resurrección después de tres días, la ascensión en los cielos, la entronización a la diestra del Padre y la segunda y gloriosa presencia de nuevo”, concluye con la pronunciación: “… Lo Tuyo de lo Tuyo lo ofrecemos, por todo y por todos. Te alabamos, Te bendecimos, Te glorificamos, Te damos gracias Señor, y Te dirigimos nuestras súplicas, a Ti nuestro Dios”. Con estas palabras es como si dijera al Pade celeste: “Te ofrecemos la misma ofrenda, aquella el Tu Hijo Unigénito Te ofreció a Ti, Dios y Padre. Y ofreciéndola, Te agradecemos, porque también Aquel ofreciéndola Te agradecía.

Nada nuestro debemos añadir en esta oferta de los regalos. Porque estos regalos no son obras nuestras, sino creaciones Tuyas. Tampoco es una invención nuestra esta forma de culto, sino que Tú nos lo enseñado y motivado para que Te adoremos de esta manera.  Por eso, todo lo que Te ofrecemos es íntegramente Tuyo…”

Al mismo momento el sacerdote se arrodilla y ruega intensamente Dios. Ruega para que los dones que tiene delante de él reciban el santísimo y omnipotente Espíritu Suyo y se conviertan, el pan en el mismo santo cuerpo de Cristo y el vino en Su misma sangre inmaculada.

Después de estas bendiciones la Divina Liturgia ya se ha completado. ¡Los dones se santificaron! ¡El sacrificio se llevó acabo! ¡La gran víctima ofrecida, que fue sacrificada para la gracia o favor del mundo, se encuentra ante nuestros ojos, encima de la Santa Mesa! Porque el pan ya no es el modelo y tipo del cuerpo Soberano. Es el mismo cuerpo santísimo del Señor que recibió todos estos ataques, ofensas, escupitajos, heridas, bilis y crucifixión. Y el vino es la misma sangre que brotó cuando se estaba matando el cuerpo. Esto es el cuerpo y la sangre que tomó composición por el Espíritu Santo, que nació de la Virgen María, fue sepultado, resucitó el tercer día, subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre.

Y creemos que así es, porque el mismo Señor dijo: “Este es mi cuerpo… ésta es mi sangre” (Mr 14.22-24). Porque Él Mismo pidió a los Apóstoles y a toda la Iglesia: “esto hacerlo en memoria mía…” (Lc 22,19). No mandaría que se repitiera este misterio, si no tuviese el propósito de darles la fuerza para celebrarlo. ¡Cuál es esta fuerza? Es el Espíritu Santo. Quien con la mano y la lengua de los sacerdotes efectúa y celebra los misterios. El liturgo=servidor u oficiante es el servidor de la jaris (gracia, energía increada) del Espíritu Santo, sin ofrecer nada de sí mismo. Por eso no tiene importancia si se da la casualidad que el liturgo esté lleno de pecados. Algo así no distorsiona la ofrenda de los dones, los cuales son siempre agradables a Dios. Al igual que un medicamento fabricado por un hombre no relacionado con la ciencia médica es suficiente, no pierde su acción terapéutica, basta que sea fabricado de acuerdo con las instrucciones del médico.

Una vez cumplido el sacrificio, el sacerdote, viendo ante sí la promesa de la divina filantropía, el Cordero de Dios, da gracias y suplica. Da gracias a Dios por todos los santos, porque en la persona de ellos la Iglesia ha encontrado aquello que busca y pide, la realeza increada de los cielos (estar en estado interior de unión con la energía increada). «Eξαιρέτως, exeretos-especialmente»  agradece la muy bendita Θεοτόκος (Zeotocos, la que parió a Dios) y siempre virgen María, porque ella transciende toda santidad. Y el sacerdote suplica por todos los fieles – vivos y dormidos (muertos físicamente) – porque ellos aún no han llegado a la perfección y tienen necesidad de oración.

 

Divina Comunión

Luego el liturgo comulgará él mismo e invitará también a los fieles a los divinos Misterios=Sacramentos. Pero como no se permite a todos la divina Efjaristía, el sacerdote, elevando el Pan vivificante y mostrándolo, pronuncia: «Τα άγια τοις αγίοις Lo santo para los santos». Es como si dijera “¡He aquí el Pan de la vida! Lo veis. Corred, pues, a comulgar. Pero no todos, sino el que es santo. Porque las cosas santas, divinas se permiten sólo a los santos”.

Santos aquí no da a entender sólo aquellos que han alcanzado la perfección de la virtud, sino también quienes están luchando por llegar a ella, a pesar de haber quedado rezagados. Por eso los cristianos, si no caen en pecados mortales que los apartan de Cristo y los mortifican espiritualmente, no tienen ningún obstáculo para comulgar. {Además, la Divina Liturgia se hace para que los fieles comulguen. Como dice san Basilio el Grande; “El que uno comulgue y toma cada día el santo cuerpo y sangre de Cristo, es bueno y beneficioso”. Sin embargo, tomar la divina Comunión frecuentemente, requiere la continua lucha espiritual y la adecuada preparación (con nipsis-vigilancia y oración, y con metania- arrepentimiento y confesión, etc.)}

Después de la frase que dice el sacerdote, “Lo santo para los santos”, los creyentes contestan fuertemente: “Un santo, un Señor Jesús Cristo, en doxa=gloria del Dios Padre”. Porque nadie tiene la santidad por sí solo, ni es una hazaña de la virtud humana, sino que todos la aprenden y la sacan de Cristo. Y tal como cuando se colocan por debajo del sol muchos espejos, todos irradian y crees que ves muchos soles cuando en realidad uno es el sol que brilla en todos los espejos, así también el único Santo, el Cristo, mientras se difunde por la comunión en los fieles, se ve en muchas psiques y presenta a muchos como santos; pero Él es el uno y único santo.

Una vez, pues, que el liturgo haya así invitado a los fieles a la cena sagrada, comulga primero él y los demás clérigos que se encuentran en el santuario. Pero antes vierte agua caliente dentro del Santo Cáliz, cosa que indica el descenso del Espíritu Santo en la Iglesia. Por eso este agua caliente, como es agua pero también tiene fuego en su interior, por estar hirviendo, manifiesta el Espíritu Santo, el cual el Señor lo comparó como “agua viva” (Jn 7,38); y con forma de fuego descendió en los Apóstoles el día del Pentecostés.

A continuación el sacerdote se dirige a la congregación señalando los Santos Dones, invita a los que quieren comulgar a acercarse “con temor a Dios y fe”. Es decir, que no desprecien la humilde apariencia que tienen el cuerpo y la sangre del Señor, sino que se aproximen reconociendo el valor de los misterios, creyendo que estos provocan la vida eterna en aquellos que comulgan.

El cuerpo y la sangre de Cristo son alimento y bebida verdaderos. Y cuando uno comulga con ellos, no se convierten en cuerpo humano, sino que el cuerpo humano se convierte en ellos. Igual que el hierro, cuando toma contacto con el fuego se convierte también en fuego, no se convierte el fuego en hierro.

Es cierto que la divina Comunión la recibimos con la boca, pero ella entra primero en la psique y allí se produce nuestra unión con Cristo Dios; como dice también el Apóstol Pablo: “Aquel que se une con el Señor, se convierte en un espíritu con Él” (1 Cor 6,17). Sin su unión con Cristo Dios, el hombre es por sí solo, el viejo hombre, aquel que no tiene nada común con el Dios.

¿Pero cuáles son las cosas que pide de nosotros el Cristo para sanarnos y santificarnos por los divinos misterios? Es la catarsis (sanación, limpieza) de la psique, la fe y la agapi a Dios, nuestro anhelo ardiente y ansia para la divina Comunión. Estos atraen la sanación y la divinización y así debemos comulgar. Porque son muchos los que vienen a los Misterios y no sólo no se benefician nada, sino que se van endeudándose con incontables pecados.

 

Despido final

Una vez han comulgado los fieles, desean que esta santificación recibida permanezca en su interior y no traicionar la jaris (gracia, energía increada) ni perder la donación.

El sacerdote llama ahora a todos agradecer con celo a Dios para la divina Comunión. Por eso dice: “En pie… dignamente demos gracias al Señor”. Es decir, ni acostados ni sentados, sino elevando la psique y el cuerpo hacia Él. Y los fieles con los logos de la Santa Escritura alaban a Dios que es la causa y el donador de todos los bienes. “Bendito sea el Nombre del Señor, desde ahora y por los siglos” (Sal 112,2). Una vez hayan cantado tres veces este himno, el sacerdote sale del Altar, está de pie delante del público y dirige la última bendición. «Χριστός ο αληθινός Θεός ημών. . . Cristo verdadero Dios nuestro…».  Pide del Señor que nos sane y salve con Su increada misericordia, porque por nosotros mismos no tenemos nada digno de salvación. Por eso también menciona muchos santos como intercesores y especialmente Su santísima Madre.

Finalmente el liturgo=servidor comparte el antídoron=contra-regalo (pan consagrado). Esto se ha consagrado, puesto que proviene del pan inicial que hemos ofrecido a Dios para la celebración de la divina Efjaristía. Los fieles toman el antídoron con devoción, besando la mano derecha del sacerdote. Porque esta mano, apenas antes, tocó el santísimo cuerpo de Cristo, de lo cual recibió la consagración, santificación y la transmite ahora a los que con fe lo abrazan.

Aquí la divina Liturgia, llega al final y el misterio=sacramento de la divina Efjaristía se completa. Porque también los dones que hemos ofrecido a Dios se consagraron, santificaron y han santificado al sacerdote y también han transmitido la santificación al resto del pleroma de la Iglesia.

Por todas estas razones, pues, a Cristo, el verdadero Dios, debemos toda gloria, honor y adoración, junto con Su Padre y Su santísimo Espíritu, ahora y siempre y por la infinita eternidad. Amen.

San Nicolaos Kabásilas

 

Fuente: Santo monasterio Paráclitos
Traductor: xX.jJ

Arreglo de la traducción en castellano por el Maestro y Sacerdote Ortodoxo  José Luis, de la Iglesia Ortodoxa de Barcelona. 

 

 

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