La enseñanza de la Iglesia sobre los malvados espíritus astutos

Creación y caída.

De acuerdo con la enseñanza bíblica y patrística de nuestra Iglesia Ortodoxa, los demonios al principio pertenecían a las órdenes incorpóreas angelicales y fueron creados por Dios como todos los ángeles. Es decir, Dios por su infinita bondad los trajo a la existencia con el propósito de compartir con ellos, como seres lógicos, Su felicidad, bienaventuranza.

Se formaron, pues, bondadosos y sin maldad, con libre voluntad y deseo. No había sombra de mala astucia y suciedad en sus naturalezas, porque Dios no ha formado demonios sino ángeles. Además, nunca Dios ha creado algo malo esencialmente; todas Sus creaciones eran “muy buenas” (Gen 1,31).

Sin embargo, el jefe de los demonios, el Eosfóro o Lúcifer, era el más brillante y sabio de todos los ángeles. A pesar de estos carismas del que había estado dotado, cayó en un error funesto y trágico: Pensó arrogantemente escalar hacía el trono de Dios, hacerse por sí sólo Dios, igual que su Creador. Es decir, no quiso seguir, como los demás ángeles, el camino de la perfección con su participación en las energías increadas de Dios, sino que prefirió la autodeificación y la equivalencia divina.

Precisamente este pensamiento suyo, supuso también su catástrofe: Cayó como un rayo del cielo, como testifica el Evangelio (Lc 10,18). Su caída fue tremenda. Se destruyó a sí mismo por causa de su arrogancia. Ha perdido su altísimo axioma angelical. De iluminadísimo ángel se convirtió en demonio oscurísimo.

Esta trágica caída se describe alegóricamente, según la explicación de muchos padres, y también la del profeta Isaías en su predicción sobre la caída del rey de Babilonia: «¿Cómo ha caído del cielo el Eosfóros o Lucifer, que amaneció por la mañana? Encima de la tierra se destruyó… Dijiste en tu interior: Al cielo subiré y pondré mi trono por encima de las estrellas del cielo… Subiré por encima de las nubes y me convertiré semejante al Sublime» (Is 14,12-14).

También se describe por el profeta Ezequiel en su llanto por la catástrofe del rey Tiro: «Se enorgulleció tu corazón y dijiste: “Yo soy Dios y me he sentado en el trono de Dios”…Tú eras el modelo de perfección y la corona de la belleza. Vivías dentro del placer del paraíso de Dios. Estabas adornado de cualquier piedra preciosa… Eras impecable en tu vida desde que fuiste creado y a pesar de eso pecaste… Como eras bello, se enorgulleció tu corazón y así tu sabiduría te corrompió junto con tu belleza. Por tus muchos pecados, te tiré a la tierra…» (Ez 28,2 – 12-15,17).

Multitud de ángeles siguieron al apóstata en su caída y se separaron de Dios. Estos ángeles, según san Juan el Damasceno, pertenecían a la 9ª legión o orden celeste que con su jefe el Eosfóros habían asumido la vigilancia del orden circundante, perigeo y la tierra. Pero según los santos Jerónimo y Casiano, provenían de distintos batallones, sobre todo de los Principados y Potestades, de acuerdo con el relato del Apóstol Pablo: «Porque no tenemos que luchar contra sangre y cuerpo, sino contra principados y potestades… contra espíritus malignos y mal astutos» (Ef 6,12). El Eosforos según esta segunda versión ha caído del batallón de los Serafínes. Una tercera versión, según san Pedro Damasceno, nos dice de un batallón que cayó junto con su jefe. El lugar de este batallón, en el cielo, lo ocupará el batallón de los monjes teniendo como jefe a san Juan el Bautista (tradición monástica). Así se explica, según esta versión, el implacable odio y envidia de los demonios contra la vida equivalente de los ángeles del mundo monástico (es decir, lo monjes).

Por lo tanto, en todo caso es un hecho que entre los ángeles apostatas se ha creado un batallón nuevo, el de los espíritus malignos, los demonios.

Aunque los demonios inmediatamente se concienciaron que debido a su insurrección no consiguieron ser “ladrones de la deidad” según Taciano, y a pesar de eso, no se arrepintieron. Permanecieron contrarios y enemigos a Dios (Mat 13,39). Pero al no poder perjudicar a Dios, se volvieron contra Su creación y por excelencia contra el hombre que era Su creación terrenal más perfecta.

Así que de manera muy mal astuta y socarrona provocaron la tragedia humana. Es decir, consiguieron mediante el anzuelo de equivalencia a la deidad (Gen 3,5) a desnudar al hombre de la divina jaris (gracia, energía y luz increada) y conseguir expulsarle del paraíso. Y naturalmente hasta hoy su principal ocupación es mantener al hombre lejos de Dios, obstruyéndole a regresar cerca de Él, por el camino que abrió Cristo con Su encarnación y sacrificio para la gracia del hombre.

Por lo tanto, los demonios ya que se hicieron malvados por su propia voluntad – a pesar de que habían saboreado en abundancia la jaris, la bondad y bienaventuranza de Dios- perdieron toda esperanza de metania (conversión y arrepentimiento) y regreso: “Después de la caída no hay metania en ellos, como tampoco para los hombres después de su muerte» (san Juan Damasceno).

Según otra versión patrística, «antes de la formación del hombre, quedaba alguna posibilidad de metania para el diablo. Pero desde que se creó el mundo, Dios sembró el Paraíso, se forma el hombre, se dio el mandamiento divino y siguió por envidia demoníaca el “asesinato” de la creatura apreciada, se excluyó totalmente su eventual metania» (san Basilio el Grande). San Casiano formula de siguiente manera esta perspectiva: «El primer pecado del diablo fue el egoísmo y eso le costó su caída. Su segundo pecado fue la envidia contra el hombre que apenas se había formado y este estaba llamado para una doxa-gloria igual a la que disfrutaba el diablo antes de su caída. El pazos de la envidia infectó al diablo, cuando aún tenía la posibilidad de levantarse y abrir el diálogo con el hombre. Pero la justa decisión de Dios le derrumbó definitivamente. En el futuro ya no podrá levantarse, ni girar su vista hacia arriba».

Si realmente el diablo pudiera arrepentirse y convertirse, Dios economizaría o procuraría administrar su redención como lo ha economizado para la redención humana. Pero no lo hizo, porque ya su naturaleza definitivamente se había corrompido y pervertido. Se conoce que su naturaleza demoníaca es totalmente distinta de la humana. Es decir, el diablo «como espíritu no tiene composiciones. Su naturaleza no se divide en partes… Con su voluntad, el espíritu expresa su ser, la profundidad de su esencia. Cuando, pues, libremente se ha separado y se hizo apóstata de Dios, no se corrompió solamente su voluntad sino también su naturaleza con la que se identifica… La destrucción fue total y perfecta… El ángel bueno se hizo malo sin tener el poder y la posibilidad de metania, conversión, y regreso a Dios» (Profesor A. Zeodoru).

El hombre al contrario, después de su caída tenía el poder de la metania, porque su naturaleza no era simple. Era y es compuesta de psique y cuerpo. Su libre voluntad se podía afectar también de factores exteriores, cosa que ocurrió con su caída: No cayó por sí solo, como el diablo, sino que fue seducido. Por eso se arrepintió amargamente y le fue dada la misericordia por Dios, pudiendo regresar a “la belleza ancestral” con la humanización de Cristo.

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