La obra o trabajo

El principal trabajo del diablo después de su caída es contrariar continuamente la voluntad divina. Él odia mortalmente las creaciones de Dios y particularmente a los hombres formados “como imagen y como semejanza” del Creador. Él mismo, como apóstata, puesto que con dolo y mala astucia arrastró también al hombre a la apostasía, lucha de cualquier manera mantener al hombre alejado de Dios.

Cristo con su humanización ha dado a los hombres el poder regresar a “la belleza ancestral” y también el poder de la zéosis (glorificación y divinización). Pero el diablo aunque ahora es débil, continúa con mala astucia arrastrando al pecado las criaturas amadas de Dios, intentando de esta manera anular la obra redentora del Señor. Ha declarado, pues, en contra del hombre una guerra terrible sin cuartel, no sólo por odio y rabia sino también por envidia. No puede soportar la doxa-gloria, la divina felicidad y bienaventuranza que espera a los luchadores. Por eso siembra entre ellos el mal, les incita hacia el pecado y les inspira a la incredulidad de la verdad y la agapi de Dios. Según una parábola del Evangelio, el diablo es el enemigo que sembró la cizaña en el campo, donde el Señor había sembrado el trigo limpio, (Mt 13,24-25).

El mal es la comida diaria del diablo. No piensa, ni se satisface con otra cosa más que esto. Así que el mal del mundo es obra del diablo. Los asesinatos, las guerras, los adulterios, los vicios y cada tipo de pecados están promovidos por el mismo. «El que persiste en practicar el pecado es del diablo; porque el diablo desde el principio peca con rabia contra Dios…» dice san Juan el Teólogo (1ªJn3,8).

El hombre, el posterior de la caída se encuentra siempre en el ojo de mira del diablo. La principal ocupación del maligno es mantener al hombre en el engaño, lejos de la verdad de Dios. Por eso tal como explica san Justino, antiguamente enseñó a los hombres el politeísmo, mientras que ahora intenta con miles de maquinaciones convertir los fieles en infieles y mantenerles desiluminados, lejos del Evangelio. Esto lo certifica también el apóstol Pablo, cuando dice que: «En los cuales el dios de este siglo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio de la gloria de Cristo…» (2ªCor 4,4).

Una de las actividades importantes de los mal astutos espíritus es también la adversidad a la obra de la Iglesia, porque les es odiable, porque esto anula sus obras. Así se explican las imaginables dificultades, los impedimentos y los problemas que crean al que quiere servir dentro del espacio de la Iglesia. El sabio Sirac avisa: «Hijo, si vienes a trabajar para el Señor Dios, prepara tu psique para las tentaciones» (2,1). Además, el apóstol Pablo atribuye al satanás los acontecimientos que le impidieron su visita pastoral a Tesalónica. Por eso dice: «Quisimos ir a vosotros, yo, Pablo, en particular, ciertamente una y otra vez, pero el satanás nos estorbó» (1ªTes 2,18).

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