Castigo e infierno

Los espíritus mal astutos, cuando se alejaron voluntariamente de la bienaventuranza y perdieron su cualidad angelical, resultaron ser las existencias más desgraciadas de toda la creación. Sobre todo, después de la caída del hombre causada por ellos, la desgracia, el mal y el desastre tomaron dimensiones universales. Ya toda la creación “gime, sufre y duele junto” (Rom 8,22) con las creaciones lógicas de Dios. El pecado y la muerte con sus terribles consecuencias entraron dinásticamente en la vida del ya cambiado mundo, obscurecido y corrompido que se transformó por la revuelta y la desobediencia de las creaciones hacia el Creador. El diablo ahora tomó un rol dominante en este mundo, porque fue el primero que pecó (1ªJn 3,8). Además, continúa pecando incesantemente arrastrando también a los hombres al pecado que conduce a la muerte (espiritual) (Rom 5,12).

En lo siguiente, el diablo toma el título de “kosmocrator-soberano del mundo” y se jacta que gobierna todas las realezas de la icumeni-tierra, (mundo) (Lc 4,5). Pero esto no reduce su desgracia. En realidad, tanto él mismo como todos los demonios permanecen como existencias trágicas que presaborean el miedo y el dolor del infierno. Viven continuamente bajo el peso de la angustia por el inminente castigo que les espera y temen que no sean castigados antes de su hora (Mt 8,19). Porque conocen que les queda poco tiempo (Ap 12,12) y que el fuego eterno se ha preparado para ellos. (Mt 25,41).

Además, la venida de Cristo a la tierra humilló la fuerza de los demonios y convirtió sus vidas más desesperantes. El evangelista Juan dice que «en esto apareció el Hijo de Dios, para disolver las obras del diablo» (1ªJn 3,8). La presencia divina disolvió la tiranía demoníaca, en la cual estaba esclavizado el género humano. Porque Cristo «…pasó haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo…» (Hec 10,38). El Señor no se bastó sólo en la destrucción de las obras del diablo, sino también al mismo diablo con su muerte voluntaria en la Cruz: «…Para destruir por medio de la muerte al que tenía el poder de la muerte, esto es, el diablo» (Heb 2,14). Realmente, «quitó la dinamis potencia y energía que tenían las potencias y principios demoníacos y los ridiculizó arrastrándolos vencidos al triunfo de Su cruz» (Col 2,15). Poco antes de Su pasión, ya había proclamado que el soberano de este mundo se expulsaría fuera (Jn 12,31).

Después de Su crucifixión, la segunda herida grande y dolorosa que recibió el diablo fue la bajada de Cristo al hades (invisible o infierno). Allí perdió el poder que tenía sobre las psiques de los muertos, se envileció y saboreó el lazo de su propia condena y castigo final. .

Cierto que recibió también otras graves heridas, como la Resurrección, la Ascensión de Cristo y también con la bajada del Espíritu Santo, en Pentecostés. A continuación su principal enemigo y destructor de sus obras malignas será la Iglesia, el cuerpo de Cristo y el “economista” proveedor de Sus misterios. Serán los gloriosos miembros ilustrados de la Iglesia, que han recibido de Cristo la fuerza y el poder contra los espíritus sucios; sus apóstoles y sus alumnos; los santos y fieles de todos los siglos, que destituyeron al satanás y se unieron con Cristo.

Pero la abolición total y juicio del diablo y sus espíritus malignos se hará durante la Segunda Parusía (Presencia) de Cristo y el juicio final. En el libro sagrado del Apocalipsis, donde se describe proféticamente el final del mundo, vemos un ángel bajar del cielo, teniendo la llave del abismo y una cadena grande, capturando el dragón, la serpiente antigua que es el diablo y el satanás el que engaña al mundo, atándole para mil años y echándole en el abismo (Apo 20:1-3). La misma escena describe también el apóstol Pedro, cuando dice que «si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio» (2ªPed 2,4). Entonces en este juicio final, tal como nos informa el Apocalipsis, el diablo será echado «en el lago de fuego y azufre, en el que estaban la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (20,14). Y no sólo el diablo, los demonios y el anticristo, sino también «la muerte y el hades se lanzarán al lago de fuego» (Ap 20,14).

El Apóstol Pablo en una admirable referencia suya a la redentora obra concluyente de Cristo dice que, el final de los siglos, «para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos y en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesús Cristo es el Señor, para gloria del Padre.» (Fil 2:9-10).

Cristo era, es y será todo (Col 3,11). Los demonios y sus obras se anularán y junto con ellos la muerte. Así cada fiel luchador que se somete con confianza y obediencia a la voluntad de Dios, no tiene que temer nada en absoluto a los espíritus mal astutos, porque «ya ha pasado de la muerte a la vida (eterna)» (Jn 5,24) y presaborea los bienes de la realeza celeste.

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