Como nos combaten

Los espíritus mal astutos nos guerrean de muchas maneras. Tienen experiencia de miles de años, y por eso fácilmente se dan cuenta y explotan nuestra debilidad, de modo que el ataque de ellos sea eficaz. El Apóstol Pedro dice que, «nuestro enemigo como un león rugiente anda alrededor buscando a quien devorar» (1ªPed 5,8). Es decir, como no tiene necesidad de dormir observa continuamente nuestras psiques y como león sanguinario busca encontrar alguna oportunidad para destruirlas.

Generalmente los demonios nos atacan según nuestro estado espiritual. De una manera distinta combaten al principiante y de otra al experto de la vida espiritual. De todos modos, en cada caso, la tensión de la guerra demoníaca no supera nunca las resistencias del atacado. El apóstol Pablo nos anima, «…Fiel es Dios que no os dejará ser tentados más de lo que podéis, antes dará juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar» (1ªCor 10,13).

El abad Isaac el Sirio habla sobre cuatro tipos de combates, que uno sucede al otro y sucesivamente, siguen cuatro estadios de la madurez espiritual del hombre.

1) A los principiantes que son negligentes y perezosos espiritualmente, el diablo los ataca con fuerza desde el principio, de manera que les intimida y les espanta, para que huyan. Tal vez Dios concede que sean espantados por la tentación y no les ayuda, porque empezaron la lucha con duda y frialdad, como ególatras y doble moral. Para estos se ha dicho: «Maldito el que hace las obras del Señor descuidadamente» (Jer 31,10). Pero no ocurre lo mismo con los principiantes que son sencillos y sin maldad, porque les cubre la jaris de Dios y con el tiempo se convierten en vigilantes cuidadosos y valientes.

2) A los que han pasado al segundo estadio, el diablo no los ataca inmediatamente, porque ve que tienen celo y conducta enteramente luchadora. Espera que se enfríe el celo en ellos y tengan pereza espiritual. Entonces se reduce la divina jaris de la psique y se le concede la energía de las tentaciones. Porque la causa de estas tentaciones es el meteorismo (enaltecimiento, exaltación) de los loyismí (pensamientos, reflexiones) que es debido a la pereza. También esto ocurre con el hedonismo (placeres materiales y carnales) y amar al reposo. En este estadio se prueban los luchadores y con abandono divino pedagógico aprenden a buscar a Dios como el niño a su madre. Cuando por estas pruebas se han conducido a la autocrítica y se reanima el celo de ellos, entonces Dios les manda el ayudante celeste, mientras que el diablo viendo que son fuertes en esta guerra espiritual, utiliza otra táctica.

3) Intenta alejar de ellos a sus ángeles guardianes, sembrando loyismí orgullosos, fingiendo que de su propia fuerza pueden vencer al enemigo o intenta engañarlos con sueños y visiones falsas. Pero si demuestran que son luchadores fuertes y valientes guardando la memoria de Dios no serán engañados. Entonces el enemigo pone en energía y acción su último plan.

4) Enturbia el nus (espíritu, ojo espiritual) de los atletas con las fantasías de las cosas sensibles y los conceptos apasionados que estos provocan, para arrastrarles a cometer el pecado con el loyismós (pensamiento). Porque el mal astuto conoce muy bien que en la vida espiritual, tanto la victoria como la derrota, depende del loyismós (pensamiento simple o compuesto con la fantasía). Con esta guerra se prueba la dedicación de los luchadores a Dios, es decir, por la agapi-amor a Dios desprecian las fantasías y pisotean los placeres carnales y mantienen su conducta humilde. Los que se demuestran falsos, son abandonados de la divina jaris y se encuentran en la basura y caen en las manos del enemigo, por consiguiente, todas sus luchas anteriores se pierden.

Esta es la táctica y estrategia general de la guerra demoníaca, tal como nos la describe el abad Isaac. ¿Pero cuáles son especialmente los medios que utilizan los demonios en sus guerras contra nosotros y también en estos cuatro estadios? ¿Con qué medios nos atacan?

1) Nos guerrean con los loyismí (pensamientos, reflexiones). Es la manera más acostumbrada de la guerra demoníaca. En el yerontikón (libro de la vida de santos) los pensamientos los califica de “semillas o siembras de demonios”. Precisamente cuando hablamos de loyismí, damos a entender a los apasionados y pecaminosos loyismí, es decir, aquellos que se forman en nuestro nus o corazón el concepto de alguna cosa material o persona con pasión. Porque también existen simples o humanos loyismí y apazís (sin pazos, pasión) o angelicales. Los demonios, pues, siembran loyismí malos, apasionados, intentando cautivar nuestro nus, porque “si el nus no cierra sus ojos y los mantiene abiertos, no será robado el tesoro” como nos dice san Juan Sinaita. San Juan Casiano dice: «Es imposible que los espíritus sucios entren en el hombre, sino sólo, si primero han dominado su nus. A continuación reducen la funda protectora del nus que es el temor y la memoria de Dios, entonces atacan contra el hombre y encontrándole ya desarmado y privado de la ayuda de Dios. Así fácilmente vencen y habitan en su interior con su predominio propio.»

Los loyismí (pensamientos, reflexiones) son como los ladrones que cautivan el nus que es el castillo de la psique, y después saquean los tesoros espirituales. San Nilo Sorski nos da un ejemplo como ocurre esto: «Por ejemplo, el loyismós de la vanagloria, como un ladrón astuto que traiciona una ciudad bella y abre las entradas de la psique a todos los demonios. Realmente, piensa sólo un rato con felicidad tus virtudes como si fueran frutos de tus fuerzas y esfuerzos, y verás entonces con qué velocidad el maligno se lanzará dentro de tu psique.»

2) También los demonios nos hacen la guerra con los pazos que existen en nuestro interior, removiendo las tres partes de nuestra psique: Dice san Máximo: «Los demonios enturbian la parte logística de la psique, calientan la parte anhelante o la voluntad y atormentan la parte irascible o emocional» y añade que «de los pazos que se encuentran dentro de la psique, los demonios toman los motivos y promueven en nuestro interior los compulsivos apasionados loyismí. Después con estos, combaten al nus y le fuerzan dar su consentimiento al pecado. Mientras se ha vencido, le conducen al pecado “por diania-cerebro”, y cuando conjuntamente se haya realizado le llevan cautivo a la praxis.»

3) Nos combaten con los sentidos físicos, sobre todo con la vista. El mismo Cristo queriendo protegernos de la lujuria de la vista, dice «…todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28). San Nicodemo el Ayiorita califica los sentidos físicos «como entradas del pecado y ventanas por las que entra en nuestra psique la muerte. Esto ocurre cuando sin controlarlos los dejamos sueltos para que saboreen distintos placeres perjudiciales y mortales para la psique.» San Juan el Clímaco nos explica: «de los sentidos nacen los malos astutos loyismí-pensamientos… Muchas veces de una faz dulce, de un toque de la mano o un sonido oído, los loyismí (de lujuria) toman el motivo de introducirse en el corazón. Pero puede pasar también lo contrario. De los loyismí de la lujuria se incite el cuerpo hacia el pazos». Así ocurre con algunos pazos del cuerpo que empiezan de nuestro interior y se manifiestan en el cuerpo, en cambio otros empiezan desde los sentidos somáticos, excitan el placer y a continuación el placer cautiva nuestro nus.

4) Si los demonios nos combaten con los loyismí, con los pazos y con los sentidos, mucho más nos hacen la guerra con la fantasía. La fantasía es más fina que los sentidos físicos, pero más gorda que el nus y se encuentra entre medio de ellos. Es un fenómeno post caída, que quiere decir que Adán no tenía fantasía antes de la caída. Dios y los ángeles no tienen fantasía, en cambio los hombres y los demonios sí. Por eso la fantasía es un conducto bueno y positivo para la energía demoníaca.

5) También nos combaten mediante nuestros prójimos. Es decir, utilizando como instrumentos a las demás personas y nos introducen en desgracias y en el pecado. San Máximo dice que el diablo tentaba a Cristo mediante los fariseos y así continuamente combate contra nosotros, revolucionándonos en contra de las demás personas, principalmente aquellos que no tienen respeto y temor al Señor. San Juan el Carpazio enseña: «Tal como el Señor quiere que el hombre se sane y salve mediante el hombre, así también el satanás quiere conducirnos a la perdición mediante los hombres. Por eso el que se asocia sin prudencia ni cuidado con hombre mal astuto, encontrará preparado su naufragio, tal como si se asociara con un leproso.»

6) Los demonios tienen la posibilidad de perjudicarnos con la βασκανία (vascanía), mal de ojo, tal como dice el pueblo. En este caso, los demonios se basan en la maldad de los hombres, los cuales nos tienen envidia por algunos bienes nuestros, como salud, belleza, riqueza, axiomas, feliz vida familiar, etc. Si no participamos en los Misterios de nuestra Iglesia, los demonios pueden privarnos de estos bienes con el mal de ojo que nos lo producen nuestros prójimos envidiosos. La Iglesia tiene incluido en su Efjoloyio (libro de bendiciones) una oración especial para el mal de ojo, la cual leen los sacerdotes a los que tienen el mal de ojo, rezando a Dios: «libérales de toda energía diabólica, todo ataque satánico… y avería y mal de ojo de las personas malhechoras y astutas.» El bienaventurado Yérontas Paísios en una pregunta sobre el tema contestó de la siguiente manera: «Los hombres que tienen envidia y maldad –y son pocos de este tipo- son los que hacen el mal de ojo. Por ejemplo, una mujer ve un niño gracioso con su madre y dice con maldad: ¿Por qué yo no puedo tener este niño? ¿Por qué Dios tuvo que dárselo a ella? Entonces aquel niño puede que sufra algún daño, empiece a llorar, no puede dormir y esté angustiado porque aquella mujer lo pensó con maldad. Y si el niño muriera sentiría alegría en su interior. Otros, sobretodo en zonas rurales, ven un animal de una persona, por ejemplo, una ternerita o un cordero, entonces lo ansían, lo desean y enseguida este animal muere.»

7) Otra manera de guerra es mediante las enfermedades y generalmente son las aflicciones somáticas, corporales. El diablo, provocándonos enfermedades, intenta hacernos perder la paciencia y contrariarnos contra Dios. Como que muchas enfermedades las provoca el mal astuto, con permiso de Dios, claro está; esto lo vemos en la terapia de la encorvada del Evangelio. Cristo diciendo a la mujer aquella «que la había atado el satanás dieciocho años» (Lc 13,16), nos manifestó que su padecimiento se debía a energía satánica.

La misma causa tenía también la enfermedad que tenía el apóstol Pablo como el mismo nos confiesa: «… me fue dado un aguijón o parásito en el cuerpo, un ángel del satanás para que me abofetee…» (2ªCor 12,7).

La santa Sinklitikí, que sufrió largas y dolorosas enfermedades dice en relación de este tema: «El diablo trae enfermedades duras y angustiosas, para así con ellas enturbiar  la agapi hacia Dios de aquellos que se impacientan. También debilita el cuerpo con fuertes fiebres y que se angustia con una sed inaguantable».

8) Una manera más de guerra es mediante los sustos, miedos que nos produce. El diablo intenta asustarnos con ruidos exteriores, golpes y voces, de manera que nos desanimemos para cualquier trabajo espiritual, principalmente de la oración o para hacernos caer en el engaño. Estos ruidos no se provocan por causas naturales, por eso provocan miedo. San Nilo el Asceta dice: «El que no se ha cuidado con la oración pura y sin alucinaciones, escuchará golpes, ruidos, voces y sufrirá fatigas somáticas por los demonios.»

También a los que están avanzados en la vida espiritual, para asustarlos cada vez aparecen personalmente los mismos demonios, pero de formas distintas. San Antonio el Grande, combatiente muy experimentado contra los demonios, nos dice que se metamorfosean en bestias feroces, en reptiles asquerosos, en dragones terribles, en gigantes y en multitud de soldados.

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