A quiénes hacen la guerra

Los demonios odian todos los hombres sin excepción alguna, pero combaten al que no obedece las voluntades de ellos. Cierto que combaten más aquel que con el Santo Bautizo les ha renunciado y se ha hecho miembro concienciado de la Iglesia de Cristo.

San Cirilo de Jerusalén explica en sus Catequesis la importancia que tiene para el catecúmeno la renuncia del diablo, cuando está girado hacia el ocaso confesando: «Renuncio, destituyo a Satanás y todas sus obras, todo su séquito y todo su culto». También explica cuál es la dinamis (potencia y energía) psíquica e iluminación que recibe con el Bautizo el fiel, y cuanto terribles son para los demonios las previsiones que se regalan por el Espíritu Santo.

Sobre todo el fiel, después de su entrada en la Iglesia, es seguro que afrontará una guerra que levantará contra él el diablo. El apóstol Pablo sugiere con todo sacrificio vestir «la armadura de Dios» (Ef 6,11). Y esta “armadura” la componen las virtudes que uno las adquiere con su lucha personal y con la sinergia de la jaris divina.

Los malos astutos espíritus, pues, combaten a los que están cultivando las virtudes y progresan a la vida espiritual. San Juan el Carpacio dice que: «Los demonios atacan más contra los que tienen gran devoción y piedad, y con sus inaguantables combates les empujan a cometer el pecado, no vaya a ser que puedan alejarlos de Cristo, de la oración y la buena esperanza, a los que recibieron sus combates.»

Particularmente, combaten aquellos que oran, porque el arma de la oración destruye todas sus maquinaciones. Por eso cada vez que nos preparamos para la oración también se prepara el diablo para el ataque. San Juan el Clímaco dice que a la hora que toca la campana para la oración podemos observar y ver a un lado los hermanos reunidos y al otro lado invisiblemente reunidos los enemigos.

Generalmente, el que lucha para eliminar sus pazos, inevitablemente viene el choque, el enfrentamiento con los espíritus malignos, tal como se ha sostenido antes. Y cuando la resistencia es más valiente tanto más fuerte es el ataque que recibe. Por eso los santos que llegaron en grados altos de virtud, afrontaron todo el odio y manía de los demonios. Pero la jaris de Dios les cubrió y sus combates se coronaron con la victoria. En relación, nos aconseja san Nikitas Stizatos: «Estate atento con exactitud a las imposiciones de los repugnantes demonios. Porque en cuanto subes a las altas virtudes,… tanto ellos, viendo que te estás subiendo, crujen sus dientes y extienden con cuidado al inteligible aire sus variables redes de maldad.» Análoga, pues, con la calidad y madurez de la vida espiritual es también la densidad de la guerra demoníaca.

Al contrario, a los que no resisten sus malas astutas voluntades, no les combaten, porque los consideran suyos. Estos hombres se han acostumbrado a los pazos y se han identificado con ellos. Se han convertido en autoimpostores y autocombatientes, según san Juan el Sinaita. Los demonios se ocupan en mantenerles sólo en un estado de quietud, escondiendo cuidadosamente sus presencias. Así, hacen que se olviden de ellos, ¡aún hasta hacer llegar a dudar de su existencia demoníaca!

Algo parecido padecen los que por pereza espiritual aflojan y  abandonan la lucha espiritual. Ellos mismos se hacen demonios para sí mismos. El monje negligente, dice san Juan el Clímaco, que ha llegado a dejar su kelia-celda y la ascesis y se ha convertido igual que el demonio. ¿Pero cómo se autocastigan aquellos que no resisten a los impulsos de sus pazos? Pues, quemándose constantemente por el inquieto deseo de cumplir sus propias voluntades. Porque las voluntades de ellos se hacen iguales a la de los demonios, y ellos son los que les afligen para que los cumplan, nos dirá el abad Poimén.

Entonces, cuando estamos autotentados, el diablo no hace ningún esfuerzo para tentarnos. El satanás no tiene necesidad de tentar aquellos que solos se tientan y se arrastran siempre a la tierra con asuntos biológicos… Los premios y las coronas están destinadas para los que están tentados por el diablo y para los que se preocupan para Dios, dice san Juan el Clímaco.

Pero cuando los negligentes quieran ocuparse de su salvación sacudiéndose de encima de ellos el yugo del demonio, entonces afrontarán toda la manía de los espíritus malignos. El abad Doroteo compara al demonio con el Faraón: Tal como el rey Egipcio se hizo más duro contra los israelitas, cuando por mandamiento de Dios le pidieron salir de su dominio, de la misma manera se atormenta el diablo, cuando percibe que viene la misericordia de Dios en alguna psique para sanarla. Despierta contra ella todos los pazos y la combate con salvajismo increíble.

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