Dinamis: Fuerza, potencia y energía, efecto

La dinamis de los demonios sin duda es mayor que la de los hombres, porque Dios no les quitó sus atributos naturales que tenían como ángeles- «porque los dones de Dios son irrevocables» (Rom 11,29). Ellos mismos los oscurecieron y pervirtieron por su apostasía. La fuerza sobrehumana de ellos se ve por su violencia cuando destruyeron la casa de Job, sus animales, sus sirvientes y sus esencias. También se ve en los casos de los endemoniados que les castigan duramente y les hacen romper las cuerdas que están atados, vivir en medio de hielo sin tener frío, etc. También hacen exhibición de potencia y energía mediante los magos que los utilizan como órganos suyos, engañando a mucha gente con señales y bestialidades sobrenaturales.

Conocen bien su propia potencia y energía y se gustan de presentarse como «príncipes o soberanos del mundo» creyendo que dominan todas las realezas del mundo (Mt 4:8).

En el libro del Apocalipsis se manifiesta impresionantemente la fuerza de los demonios, donde se atreven a combatir con el Arcángel Miguel, donde el jefe de ellos, el satanás aparece como dragón terrible, que sólo con su cola arrastra la tierra, la tercera parte de las estrellas del cielo y de su boca derrama un río de agua. Más, transmite su fuerza y poder también al Anticristo, y él por su parte engaña a los hombres, baja fuego del cielo y da voz a  una imagen de bestia sin psique, etc. (Ap. cap. 11-13).

Según el apóstol Judas, se atreve también a pelear con el Arcángel Miguel reivindicando el cuerpo muerto de Moisés (Ju 9).

Sin embargo, tal como nos aseguran las Santas Escrituras y tal como lo comprueba la experiencia de la Iglesia, la fuerza de los demonios no queda incontrolada. Siempre se mueve dentro de los límites que define Dios. Por eso el abad Amonás recalca que las tentaciones demoníacas no ocurren porque las impone el diablo, sino porque las permite Dios: «El hombre… se entrega al diablo para probarse. ¿Quién le entrega? El mismo Espíritu de Dios. Es imposible que el diablo pueda tentar al cristiano sino está permitido por Dios».

Esto se ve claramente a la tentación de los Apóstoles y a Job:

Antes de Su pasión el Señor avisó a Pedro sobre la prueba que en el futuro le ocurriría: «…Simón, Simón, he aquí que el satanás ha pedido zarandearos como el trigo; Pero yo he rogado por ti que tu fe no te falte…» (Lc22,31-32). Es decir, el satanás pidió de Dios hacer un fuerte movimiento a los Apóstoles, pero se le pusieron limitaciones.

Lo mismo ocurrió con Job: El diablo no podía por su cuenta tentarlo. Pidió permiso a Dios. Y Él le definió la magnitud y extensión de la tentación. Le dio poder en destruir todas sus pertenencias, pero no a Job mismo (Job 1,12). A continuación, el diablo, después del primer ataque, no pudo doblegar la paciencia de Job y pidió a Dios que le diera más poderes, Dios le permitió traer entonces una enfermedad física a Job, pero otra vez con límites. Le prohibió quitarle la vida, (Job 2,6).

No sólo a los hombres virtuosos, ni siquiera a los animales tienen poder los demonios a molestarlos, si Dios no lo permite. Así pues, ni los animales de Job, ni los cerdos de Gerasa serían matados sin el permiso del Señor. En el segundo caso, sobre todo Le rogaron para eso: «Permítenos salir y entrar en la piara de cerdos» (Mt 8,38).

Es un hecho cierto que el hombre con su caída y su apostasía de Dios, se esclavizó al diablo. Consigo mismo arrastró también toda la creación, la cual «gime y está dolorida hasta hoy» (Rom 8,22).

Pero con la obra de la divina Economía, el diablo ha perdido toda su fuerza. Por eso, ahora no hablamos tanto sobre la dinamis-fuerza y energía de los demonios en cuanto a influencia y al efecto de sus energías. Es decir, su fuerza está en la capacidad de engañar al hombre. Son los mayores y más peligrosos estafadores.

San Juan el Crisóstomo dice que el diablo toma su fuerza de nosotros mismos. Es decir, cuando queremos se hace fuerte y cuando queremos otra vez se convierte en flojo, enfermizo. Si nos cuidamos y estamos cerca de nuestro Rey, él se encoge y se arruga por su miedo y el ataque que nos hace, su fuerza no supera la de un niño. Pero si nos alejamos de Su lado, entonces el diablo encontrándonos sin alianza divina, se levanta presuntuosamente en contra nuestro y nos amenaza gruñendo y rechinando sus dientes.

Debemos de conocer que la guerra que hacen los demonios contra nosotros para ellos no es nada fácil, es incansable y sin peligro. Entonces no hablaríamos de batalla o lucha entre ellos y nosotros, sino de exterminio nuestro. Pero no ocurre algo así. Sufren también ellos como nosotros las consecuencias de una lucha dura. También caen en gran aflicción, depresión y confusión cuando están vencidos, (san Casiano).

Por eso san Antonio el Grande nos aconseja no tenerles miedo, sino que estemos en vigilancia protegiendo nuestros corazones de la mala astucia de ellos, porque son muy atrevidos y descarados. Y añade: «El Señor hizo los demonios para que estén arrastrándose como las serpientes y los escorpiones, de manera que estén pisoteados por los cristianos… Pues, no hagamos caso de sus palabras, porque mienten. Ni sus visiones nos atormenten, porque son engañosas, falsas… Con la jaris de Cristo resultan vanas… Desde el principio el diablo fue homicida y padre de la mentira. Sin embargo, nosotros estamos vivos y le combatimos cada vez más. Está claro que los demonios son débiles. Porque el lugar no es obstáculo para sus maquinaciones, no nos ven como amigos de modo que les demos pena, ni aman lo bueno para que se corrijan. Al contrario, son malos y lo que más buscan es hacer mal a aquellos que aman la virtud y respetan a Dios. Pero, como no tienen fuerza esencial, no hacen otra cosa que amenazar… Pero ninguna de sus amenazas se puede realizar. Si fuera de su potestad, no dejarían vivo a ninguno de nosotros los cristianos… Tengamos temor, pues, sólo a Dios. A los demonios tenemos que despreciarlos y no temerlos.»

Para certificar sus palabras el santo se ha referido a la siguiente experiencia suya: «Una vez alguien tocó a mi puerta. Salí fuera y vi a un hombre alto y delgado. Le pregunté; ¿Quién eres? Me dijo: “Yo soy el satanás”. Volví a preguntarle: ¿Para qué has venido aquí? Y él se quejó a mí: ¿Porqué los cristianos y los monjes me acusan y me maldicen injustamente? Yo le contesté: Porque los molestas. Me dice: “No los molesto yo, solos se perturban. Yo ya soy débil. ¿No han leído que “las espadas del enemigo se han destruido totalmente, y has destruido sus ciudades? (Sal 9,7). No tengo ya lugar, ni flecha, tampoco ciudad. En todas partes se han hecho cristianos. Hasta el desierto se ha llenado de monjes. Pues, que tengan cuidado de sí mismos y no me maldigan injustamente”. Entonces yo admiré la jaris de Dios y le dije: “Aunque eres un mentiroso y nunca dices la verdad, en este caso has hablado correctamente y sin querer hablaste ciertamente. Porque Cristo con Su venida a la tierra te ha vencido, debilitado y desnudado”. El diablo escuchando el nombre de Cristo y no aguantando su quemadura, desapareció.»

En conclusión, podemos decir que los demonios no tienen ningún poder sobre nosotros, sino sólo si se lo da Dios o si nosotros les entregamos nuestra voluntad. Es, pues, un error nuestro traspasar la responsabilidad de nuestras caídas exclusivamente a ellos. Dios les permite que nos tienten u ofendan, pero no a violarnos. En nuestra mano está de aceptar o no la ofensa o el ataque. Ellos no tienen permiso de tocar nuestra libertad. La fuerza de ellos es sugerida y no obligada. Esto significa que podemos reaccionar a sus estrategias polémicas y no obedecerles.

De todos modos si nos descuidamos y no lo tomamos en serio, entonces les damos muchos derechos. La fuerza de ellos se convierte en nuestra pereza y descuido. Y lo peor aún es someter nuestra voluntad a la de ellos, entonces adquieren gran poder sobre nosotros. Así hizo Judas, dejó a satanás entrar en su interior (Lc 22,3), y le dominó tanto que a pesar de reconocer su fallo y afligirse por haber traicionado a Cristo, no pudo arrepentirse, sino que se suicidó. Lo mismo le pasó también a Ananías, quien cayó muerto delante del apóstol Pedro, escuchando de la boca del apóstol aquellas terribles palabras: «¿Porqué has dejado que satanás llene y domine tu corazón…?» (He 5:3).

Esta fuerza del engaño y falsedad es muy grande. El efecto de satanás puede destruirnos, o conducirnos a la autodestrucción.

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