La Zéosis θέωσις o Theosis

 

REPASADA TRADUCCIÓN 21/12/2024

La θέωσις zéosis o theosis

como finalidad de la vida del hombre

Archimandrita Georgios Kapsanis

Monasterio de Sant Gregorio, Monte Athos

 

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/ Adaptado por el P. Josep Moya, presbítero de la Parroquia Ortodoxa de la Protección de la Madre de Dios de Barcelona, (Calle Aragón 181 tel. 934 53 25 08) de la Diócesis de la Iglesia Ortodoxa del Santo Sínodo de Serbia en Europa Occidental, bajo la presidencia del Obispo Justin.

 

Contenido          

Prólogo a la presente edición

Prólogo

  1. La θέωσις (zéosis) como finalidad de la vida del hombre
  2. La encarnación de Dios como causa de la θέωσις (zéosis) del ser humano
  3. La contribución de la Zeotokos en la θέωσις (zéosis) del hombre
  4. La Iglesia, el lugar de la θέωσις (zéosis) del hombre
  5. La θέωσις (zéosis) es posible mediante las energías increadas de Dios
  6. Condiciones y requisitos para la θέωσις (zéosis)
  7. Experiencias de la θέωσις (zéosis)
  8. Fracaso de muchos en alcanzar la θέωσις (zéosis)
  9. Consecuencias de la instrucción hacia la θέωσις (zéosis)
  10. Consecuencias de la instrucción que no conduce a la θέωσις (zéosis)

Glosario

 

Prólogo a la presente edición

Algunas precisiones sobre el trabajo de traducción

Las traducciones al castellano que hasta hoy llegan a nuestras manos de textos como la Filocalia, o de Padres de la Iglesia e incluso el mismo Evangelio, no han surgido de la experiencia del cristianismo ortodoxo y, en consecuencia, algunos términos empleados están cargados naturalmente de connotaciones culturales propias de la cultura y la filosofía occidentales. Por esta razón, carecen de los significados nítidos con que la tradición helénica los forjó y los emplea todavía hoy.

Veamos algunos ejemplos relevantes.

La palabra νοῦς (nus) ha sido traducida indistintamente por palabras como mente, intelecto y espíritu, cuando, de hecho, no existe ningún concepto occidental equivalente al concepto patrístico de νοῦς (nus).

El error más grande en cuanto a la comprensión de los términos bíblicos, concierne a la palabra bíblica ψυχή (psijí) psique. Durante los pasados 150 años, el campo semántico de este término se ha separado en dos áreas distintas. Por un lado tenemos los conceptos alma, vida y aliento; por otro los de psique y mente, como en la psicología moderna y en el dualismo mente-cuerpo. A causa de esta división conceptual, existe poca o casi ninguna relación entre la salud psíquica y el eterno principio vivificador, el cual en occidente conocemos como alma. Así en occidente se dice que se sana la psique pero nunca que se salva; la salvación se aplica exclusivamente al alma. Devolviendo a la palabra el sentido helénico original, queda totalmente claro que la psique se terapia y se sana para salvarse[1].

Los términos deificación, divinización, glorificación con que la teología en occidente suele traducir zéosis difieren, como ilustra el autor a lo largo de la obra, de la auténtica participación en la vida divina tal como enseña la Iglesia Ortodoxa. No es solo cuestión léxica, de la diferencia de los idiomas, sino que la distancia entre los conceptos occidental y oriental se deriva de la diferente contemplación de la Divinidad, expresada en la teología de la Gracia. La distinción en Dios Trinidad entre Esencia y Energía no es reconocida por la Teología occidental. De ahí que la palabra gracia, utilizada para traducir la helena Χάρις, Jaris, sea incapaz de significar la realidad de las Energías divinas increadas.

Así mismo añadimos que tanto Palabra como Verbo para designar la Segunda Persona de la Santa Trinidad son totalmente incapaces de abarcar el elevado, amplio y profundo sentido de la voz griega Logos. En el glosario anexo puede apreciarse con claridad.

Con la intención de subsanar estas dificultades, el traductor, Jristos Jrisoulas, heleno de nacimiento, ha optado por, en algunos términos clave, mantener la palabra griega original, siguiendo un uso que las traducciones monásticas recientes han comenzado generalizar; al hacerlo se eliminan las ambigüedades y las malas interpretaciones. Junto al término original, en la presente traducción, encontraremos la transcripción fonética, que el castellano permite hacer con gran fidelidad. La primera vez que aparecen en el texto, así como en alguna otra ocasión como recordatorio, entre paréntesis y en cursiva damos las voces castellanas más cercanas a la idea expresada. Además, como anexo ha elaborado un breve glosario que debe ayudar al lector a una correcta comprensión de la obra.

Quizás el lector deberá hacer un pequeño esfuerzo para incorporar con normalidad los nuevos términos. No quisiéramos que eso nublara la belleza de este libro ni la simplicidad con que expone el propósito original de la vida cristiana, a saber, la Zeosis. Su autor, el Archimandrita Giorgios Kapsanis, ha sido abad del Monasterio de San Gregorio del Monte Athos desde 1974 hasta su traspaso, el año 2014. Es ampliamente conocido en todo el mundo ortodoxo tanto como teólogo como padre espiritual. Ha escrito numerosos libros y artículos sobre teología y vida espiritual, traducidos a muchos idiomas.

[1] Cf. Συγκριτικὴ μελέτη μεταφράσεως ὅρων τῆς Ὀρθοδόξου θεολογίας ἀπὸ τὴν ἑλληνικὴ στὴν ἀγγλικὴ γλῶσσα, (Un estudio de los términos ingleses teológicos ortodoxos comparados con el original griego), Monasterio de san Gregorio, Athos, julio 2004

P. Josep Moya

 

PRÓLOGO

Es muy atrevido hablar de la zéosis, cuando uno no la ha saboreado. Nos hemos atrevido pues y nos impulsa un poder superior, esperanzados en la caridad y afecto de nuestro gran Señor Jesús Cristo, Dios y Salvador.

Para no ocultar a nuestros hermanos Cristianos Ortodoxos el altísimo y definitivo propósito divino para el cual hemos sido creados.

Para dejar claro que sólo la pastoral ortodoxa es pastoral que conduce a la zéosis y no lo son, en cambio, las propuestas morales de perfeccionamiento humano, sin contar con la increada energía χάρις de Dios, como sugieren los occidentales.

Para anhelar y luchar por conseguir todos cuotas superiores y objetivos altos, ya que sólo éstos facilitan y hacen posible el profundo descanso de la psique, alma por la sed y  el anhelo hacia el Absoluto, el Dios Trinitario.

Para inundarnos de agradecimiento hacia nuestro Hacedor y Creador por Su gran regalo, nuestra zéosis por la χάρις.

Para percibir y sentir que nuestra Santa Iglesia, en esto insubstituible, solamente ella, sobre la faz de la tierra, es capaz de darnos a conocer y conectar con la zéosis.

Para percatarse de la grandeza y verdad de nuestra Fe Ortodoxa, que solamente ella educa y proporciona la zéosis a sus miembros.

Para que se consuelen y se alivien nuestras almas, que por muy envenenadas y nubladas que estén, por los πάθος pazos las pasiones, fracasos, errores, angustias, tormentos y defectos, ansían la luz del rostro de Cristo.

Señor Caritativo, haznos crecer en tu inmenso amor y haznos dignos de entrar en el camino de la zéosis, antes de abandonar nuestro mundo temporal.

Señor Caritativo, guía la búsqueda de la zéosis de nuestros hermanos Ortodoxos que no están felices ni alegres, porque ignoran la grandeza de su llamada como «llamados a ser dioses»

Caritativo Señor, guía también los pasos de los Cristianos no ortodoxos al conocimiento de Tu Verdad para que no se queden fuera de tus bodas, privados de la χάρις de la zéosis.

Caritativo Señor, ten piedad de nosotros y de tu mundo,  Amén.

+Archimandrita Gheorgios

Yérontas del monasterio de San Gregorio, Santa Montaña Athos

La θέωσις zéosis

como finalidad de la vida del hombre

 

  1. La θέωσις (zéosis) como finalidad de la vida del hombre

La cuestión del propósito de nuestra vida es sumamente importante, ya que toca el asunto más crucial para el ser humano: saber el objetivo, la finalidad con que nos encontramos sobre la tierra. Si el ser humano se orienta correctamente respeto a este tema y encuentra su verdadero propósito, entonces podrá abordar correctamente los asuntos cotidianos y particulares de su vida, como son sus relaciones con los demás, sus estudios, su trabajo, el matrimonio y la educación de los hijos. Sin embargo, si no se orienta bien en este asunto fundamental, fallará también en los objetivos parciales de su vida. ¿Qué sentido pueden tener los objetivos parciales, si la vida humana en su totalidad carece de significado?

Ya desde el primer capítulo de las Sagradas Escrituras se declara la finalidad de nuestra vida, cuando el autor sagrado dice que Dios creó al hombre «a su imagen y semejanza». Advertimos así, el inmenso amor que el Dios Trinitario tiene al ser humano. Dios no lo quiere simplemente como un ser dotado de ciertos talentos, de ciertas cualidades o una cierta superioridad sobre el resto de la creación; sino que lo quiere dios por la Χάρις (Jaris, gracia, energía increada). Exteriormente, el hombre nos aparece como una existencia biológica, como los demás seres vivos, los animales. Es ciertamente animal, pero «animal… que hacia Dios orienta e inclina la cabeza contemplándolo y puede ser divinizado». Es el único ser que se distingue de toda la creación, el único que puede llegar a ser dios.

La expresión «a imagen» de Dios significa, en el hombre, los dones o carismas que Dios le otorgó exclusivamente a él, aparte del resto de sus criaturas, de modo que fuera constituido en imagen de Dios. Estos dones incluyen: el νούς (nus, espíritu de la psique) lógico, la conciencia, la independencia o autonomía, es decir, la libertad, la creatividad, el έρως (eros, amor ferviente) y el anhelo por lo absoluto y por Dios, la autoconciencia personal, y todo aquello que eleva al ser humano por encima del resto de la creación viviente y hace que sea hombre y persona. Es decir, lo que hace al ser humano πρόσωπο (prósopo, personalidad, persona con rostro), son los dones o carismas del «a imagen de Dios». Siendo «a imagen de Dios», el hombre está llamado a alcanzar la «semejanza», es decir, la θέωσις (zéosis). El Creador, que es Dios por naturaleza, llama al hombre a convertirse en dios por Χάρις (Jaris). Dios otorgó al hombre los dones del «a imagen de Dios» para que pudiera alcanzar las más altas cimas, logrando así la semejanza con su Dios y Creador y no para tener simplemente una relación externa y moral con Él, sino una unión personal con su Creador.

Quizás pueda parecer muy atrevido decir y pensar que la finalidad de nuestra vida es ser dioses por la Χάρις (Jaris). Pero la Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia no nos han ocultado esta verdad.

Lamentablemente, existe ignorancia tanto entre las personas de fuera de la Iglesia como entre muchas de dentro. Muchos creen que la finalidad de la vida es, en el mejor de los casos, una sencilla mejora moral, convertirse en mejores personas. Pero el Evangelio, la Παράδοση (Parádosis, transmisión y entrega, Tradición) de la Iglesia y los santos Padres nos enseñan que la finalidad de la vida no es esta, que el ser humano se vuelva solo mejor de lo que es, más moral, más justo, más autocontrolado, más cuidadoso. Todo esto debe hacerse, pero no es la gran finalidad, el propósito final por el cual nuestro Hacedor y Creador ha formado al hombre. ¿Cuál es ese propósito? La θέωσις (zéosis): la unión del hombre con Dios, no de manera externa o emocional, sino ontológica, pragmática. Así de alto sitúa la antropología ortodoxa al ser humano. Si comparamos las antropologías de todos los sistemas filosóficos, sociales y psicológicos con la antropología ortodoxa, nos daremos cuenta fácilmente de cuán pobres son aquéllas y de cómo no responden al gran anhelo del ser humano por algo muy grande y verdadero en su vida.

Dado que el hombre está «llamado a ser dios», es decir, fue formado para hacerse dios, si no está en camino de la θέωσις (zéosis), siente un vacío interno, un desajuste, que algo no anda bien. Incluso cuando intenta llenar ese vacío con otras actividades, no encuentra paz y la alegría. Puede narcotizarse él mismo, adormecer su conciencia, construir un mundo deslumbrante y fantasmagórico, pero al mismo tiempo pobre, pequeño y limitado, y quedar enjaulado, encarcelado dentro de él. Puede organizar su vida de tal manera que casi nunca se quede solo consigo mismo en paz cordial y serenidad mental. Puede, a través del ruido, la intensidad, la televisión, la radio y la información constante sobre cualquier cosa, como si fueran drogas, intentar olvidar, no pensar, no preocuparse y no recordar que no está caminando correctamente, que se ha desviado de su finalidad. Pero al fin, el desafortunado hombre moderno no encuentra descanso hasta que descubre ese algo más, lo superior que realmente existe en su vida, lo verdaderamente bello y creativo.

¿Puede el ser humano unirse a Dios? ¿Puede comulgar y unirse con Él? Sí, el hombre puede llegar a ser dios por Χάρις (Jaris), la Gracia, la energía increada.

  1. La encarnación de Dios como causa de la θέωσις (zéosis) del ser humano

Los Padres de la Iglesia dicen que Dios se hizo hombre para hacer al hombre dios. El ser humano no podría alcanzar la θέωσις (zéosis) si Dios no se hubiera encarnado.

En los tiempos anteriores a Cristo, surgieron muchos hombres sabios y virtuosos. Por ejemplo, los antiguos helenos-griegos habían alcanzado niveles bastante altos de filosofía acerca del bien, de la bondad y de Dios. Su filosofía contenía, de hecho, semillas de verdad, el llamado «logos espermático»[2]. Además, eran personas muy religiosas; no eran en absoluto ateos, como algunos contemporáneos, que no conocen bien la historia, intentan presentarles. Ciertamente, no conocían al verdadero Dios; eran idólatras, pero eran muy piadosos, temerosos y respetuosos de Dios. Por ello, aquellos educadores, maestros o autoridades políticas que, irrespetuosos con las memorias del pueblo heleno-griego, se empeñan en sacar de la psique-alma de nuestro respetuoso y piadoso pueblo su fe en Dios, incluso sin su consentimiento, de hecho se atreven a cometer una ύβρις (hybris, injuria)[3], en el sentido antiguo de la palabra. Esencialmente están intentando su des-helenización, ya que la Παράδοσις (Parádosis) de los helenos, desde la antigüedad hasta la historia más reciente, es una Parádosis de devoción y respeto a Dios, sobre la cual se basó y sigue basándose toda la cultura universal, que es una aportación del Helenismo.

[2] Semilla, germen de verdad que sembró Dios en todos los hombres, en cambio, toda la verdad la dio con el Cristo.

[3] Para los antiguos helenos griegos la hybris era injuria contra la voluntad divina y el orden natural.

En la filosofía de los antiguos helenos-griegos se distingue una nostalgia por el Dios desconocido, por la experiencia de Dios. Eran creyentes y piadosos, pero carecían del conocimiento correcto y completo de Dios; les faltaba la κοινωνία (kinonía, conexión, comunión, unión, participación) con Dios. Por lo tanto, la θέωσις (zéosis) no era posible.

En el Antiguo Testamento también encontramos hombres justos y virtuosos. Sin embargo, la plena unión con Dios, la θέωσις (zéosis), se hace posible y alcanzable con la encarnación del Logos de Dios.

Esta es también la finalidad de la encarnación de Dios. Si la finalidad de la vida del hombre fuera simplemente volverse moralmente mejor, no habría sido necesario que Cristo viniera al mundo, ni que se realizara toda esta historia de la Economía divina, de la encarnación del Señor, su cruz, su muerte, su resurrección, todo lo que creemos los cristianos que sucedió a través de Cristo. Porque con los profetas, los filósofos, los hombres justos y los maestros, se podría enseñar al género humano a hacerse moralmente mejor.

Sabemos que Adán y Eva fueron seducidos y engañados por el diablo y quisieron convertirse en dioses, pero no cooperando con Dios, no con humildad, obediencia y αγάπη (agapi, amor incondicional, desinteresado), sino confiando en su propia fuerza, en su propia voluntad de manera egoísta y autónoma. La esencia de la caída es el egoísmo. Así, adoptando el egoísmo y la autosuficiencia, se separaron de Dios, y en lugar de alcanzar la θέωσις (zéosis), lograron precisamente lo contrario: la muerte espiritual.

Como dicen los Padres de la Iglesia, el Dios es vida. Quien se separa de Dios, se separa de la vida. Por lo tanto, la muerte y la necrosis espiritual, es decir, la muerte física y espiritual, fueron el resultado de la desobediencia de los primeros en ser creados.

Todos conocemos las consecuencias de la caída. La separación de Dios arrojó al hombre a una vida carnal, bestial y demoníaca. La gloriosa creación de Dios cayó gravemente enferma, casi muerta. La «imagen» fue oscurecida. Después de la caída, el hombre ya no tiene las condiciones que tenía antes de errar y pecar para avanzar hacia la θέωσις (zéosis). En este estado de grave enfermedad, casi muerto, ya no puede orientarse nuevamente hacia Dios. Se necesita una nueva raíz en la humanidad. Necesita un nuevo hombre que esté sano y que pueda orientar nuevamente la libertad del hombre hacia Dios.

Esta nueva raíz, el nuevo hombre, es el Θεάνθρωπος (Zeánzropos, Dios-Hombre), Jesús Cristo, el Hijo y Logos de Dios, que se encarna para para constituir la nueva raíz, el nuevo principio, la nueva semilla de la humanidad.

Con la σάρκωση (sarkosis, encarnación) del Logos, como teologiza san Gregorio el Teólogo, se realiza una segunda comunión entre Dios y los hombres. La primera comunión fue la que existía en el Paraíso. Pero esta se malogró y se disgregó. El hombre se separó de Dios. El Dios, la suprema bondad, dispuso entonces una segunda comunión, es decir, una unión entre Dios y los hombres que no pudiera desunirse más. Porque esta segunda comunión entre Dios y los hombres se realiza en la persona de Cristo.

El Θεάνθρωπος (Zeanzropos, Dios-hombre) Cristo, el Hijo y Logos de Dios y del Padre, tiene dos naturalezas perfectas: la divina y la humana. Según el ilustre canon del IV Sínodo Ecuménico de Calcedonia, que en resumen constituye en Espíritu Santo la armadura teológica de nuestra Iglesia Ortodoxa contra todo tipo de herejías cristológicas a lo largo de los siglo, estas dos naturalezas perfectas se unen «inmutablemente, inconfundiblemente, indivisiblemente, inseparablemente» en la sola persona de Cristo. Así, pues, tenemos un Cristo con dos naturalezas: la divina y la humana.

Ahora ya, la naturaleza humana, a través de la unión hipostática (base fundamental, esencial, subsistencial) de las dos naturalezas en la persona de Cristo, está definitivamente unida con la naturaleza divina. Porque Cristo es eternamente el Θεάνθρωπος (Dios-Hombre).

Como Dios-Hombre ascendió al cielo. Como Dios- Hombre se sienta a la derecha del Padre. Como Dios-Hombre vendrá a juzgar al mundo en su Segunda Παρουσία (Parusía, Presencia, Venida). Por lo tanto, la naturaleza humana ahora está entronizada en el seno de la Santísima Trinidad. Nada puede separar ya la naturaleza humana de Dios.

Por eso, ahora, después de la encarnación del Señor –por mucho que como seres humanos pequemos, por mucho que nos alejemos de Dios– si deseamos unirnos de nuevo con Él en μετάνοια (metania), podemos lograrlo. Podemos unirnos con Él, podemos llegar a ser dioses por Χάρις ( Jaris).

 

  1. La contribución de la Zeotokos en la θέωσις (zéosis) del hombre

El Señor Jesús Cristo nos da esta posibilidad de unirnos a Dios y de regresar al objetivo primordial que Dios había establecido para el hombre. Por eso, en la Sagrada Escritura, se anuncia como el Camino, la Puerta, el Buen Pastor, la Vida, la Resurrección y la Luz (increada). Es el nuevo Adán, quien corrige el error del primer Adán. El primer Adán nos separó de Dios con su desobediencia y su egoísmo. El segundo Adán, Cristo, nos reintegra nuevamente a Dios con su αγάπη (agapi) y su obediencia al Padre, obediencia hasta la muerte, «y muerte de cruz». Reorienta nuestra libertad hacia Dios, de modo que, al ofrecérsela, nos unimos a Él.

Sin embargo, la obra del nuevo Adán presupone la obra de la nueva Eva, la Παναγία (Panaghía, Todasanta) Virgen María, quien también corrigió el error de la antigua Eva. Eva empujó a Adán a la desobediencia. La nueva Eva, la Virgen María, contribuye a la encarnación del nuevo Adán, quien guiará al género humano a la obediencia a Dios. Por eso, la Señora Θεοτόκος (Zeotokos, la que da a luz a Dios, madre de Dios), como el primer ser humano que alcanzó la θέωσις (zéosis)de una manera excepcional e irrepetible, desempeñó un papel importante en la obra en nuestra salvación no solo un papel fundamental, sino necesario e insustituible.

Si la Παναγία (Panaghía) no hubiera ofrecido su libertad a Dios con su obediencia y, según San Nicolás Cabásilas, el gran teólogo del siglo XIV, no hubiera dicho «sí» a Dios, el Dios no habría podido encarnarse. Porque el Dios no podía quebrantar la libertad que había otorgado al ser humano. No podría haberse encarnado sin encontrar un alma tan pura, santísima e inmaculada como la de la Virgen Θεοτόκος (Zeotokos), quien entregó totalmente su libertad, su voluntad, su ser completo a Dios, atrayéndolo así hacia ella y hacia nosotros.

Le debemos mucho a nuestra Παναγία (Panaghía). Por eso la Iglesia honra y reverencia tanto a la Θεοτόκος (Zeotokos). Por eso San Gregorio Palamás, resumiendo la Teología Patrística, dice que nuestra Παναγία (Panaghía) tiene el segundo lugar después de la Santa Trinidad, que es «dios después de Dios», un puente o frontera entre lo creado y lo increado. «Ella es la guía de los que se salvan, preside a los salvados», según otra hermosa expresión de un teólogo de nuestra Iglesia. San Nicodemo el Aghiorita, esa nueva estrella iluminadora y maestro inconfundible de la Iglesia, menciona que incluso los coros angélicos se iluminan con la luz que reciben de la Παναγία (Panaghía). Por eso, nuestra Iglesia la alaba como más honorable que los Querubines e incomparablemente más gloriosa que los Serafines».

La encarnación del Logos y la θέωσις (zéosis) del hombre son el gran misterio de nuestra Fe y de nuestra Teología. Este misterio lo vive nuestra Iglesia Ortodoxa diariamente a través de sus μυστήριά (misterios, sacramentos), su himnología, sus iconos y toda su vida litúrgica. Incluso la arquitectura de un templo ortodoxo lo expresa: la cúpula de las Iglesias, en la que está pintado el Pantocrátor, simboliza el descenso del Cielo a la tierra. Es el testimonio de que el Señor «inclinó los cielos y descendió», que Dios se hizo hombre y «habitó entre nosotros», como escribe el Evangelista Juan (Jn 1:14).

Y como se hizo hombre a través de la Θεοτόκος (Zeotokos), ella está representada en el ábside del altar, para mostrar que por medio de ella Dios viene a la tierra y a los hombres. Ella es «el puente por el que Dios descendió» y, al mismo tiempo, «la que lleva a los de la tierra al cielo», la η Πλατυτέρα των ουρανών (Platytera ton Uranón), la que es más vasta que los cielos, el lugar de lo incontenible, la morada de lo inabarcable, quien contuvo en sí al Dios inconmensurable para nuestra salvación. Luego, nuestra Iglesia nos muestra a las personas divinizadas (las que adquirieron la zéosis), aquellos que se han convertido en dioses por la Χάρις (Jaris), porque Dios se hizo hombre. Por eso, en nuestras Iglesias ortodoxas podemos representar no solo al Dios encarnado, Cristo, y a u purísima Madre, la Señora Θεοτόκος (Zeotokos), sino también a los Santos, alrededor y debajo del Pantocrátor. En todas las paredes del templo pintamos los frutos de la encarnación de Dios: los Santos y los hombres glorificados que consiguieron la zéosis. Por lo tanto, al entrar en un templo ortodoxo y ver en los iconos las hermosas hagiografías, inmediatamente experimentamos algo especial: aprendemos cuál es la obra de Dios para el hombre y cuál es la finalidad de nuestra vida. Todo en la Iglesia habla de la encarnación de Dios y de la zéosis del hombre.

  1. La Iglesia, el lugar de la θέωσις (zéosis) del hombre

Quienes desean unirse a Cristo y, a través de Él, al Dios Padre, saben que esta unión se realiza en el Cuerpo de Cristo, que es nuestra Santa Iglesia Ortodoxa. No se trata, por supuesto, de una unión con la esencia divina, sino con la naturaleza humana glorificada de Cristo. Esta unión con Cristo no es externa, ni meramente moral. No somos seguidores de Cristo como quizás las personas pueden serlo de un filósofo o un maestro o un gurú.

Somos miembros del Cuerpo de Cristo en un sentido real y no solo moral, como algunos teólogos han escrito equivocadamente al no comprender a fondo el espíritu de la Santa Iglesia. El Cristo toma a los cristianos, a pesar de nuestra indignidad y pecaminosidad, y nos incorpora en Su Cuerpo, haciéndonos miembros de Él. Y así nos convertimos verdaderamente en miembros del Cuerpo de Cristo, no de manera moral. Como dice el apóstol Pablo: «porque realmente nosotros los fieles que constituimos la Iglesia somos miembros de Su cuerpo-carne con sus huesos» (Ef 5, 30).

Por supuesto, según el estado espiritual de cada uno, los cristianos son, unas veces, miembros vivos del Cuerpo de Cristo, y otras, miembros muertos. Sin embargo, aunque estén muertos espiritualmente, no dejan de ser miembros del Cuerpo de Cristo. Por ejemplo, una persona que está bautizada se ha convertido en miembro del Cuerpo de Cristo. Si no se confiesa, no comulga y no vive una vida espiritual, es un miembro muerto del Cuerpo de Cristo. Pero cuando se arrepiente y vuelve a la μετάνοια (metania), recibe inmediatamente la vida divina, que lo penetra, convirtiéndose así en un miembro vivo del Cuerpo de Cristo. No necesita ser rebautizado. Sin embargo, el no bautizado no es miembro del Cuerpo de Cristo, incluso si vive una vida moral según los estándares humanos. Necesita ser bautizado para convertirse en miembro del Cuerpo de Cristo e incorporarse a Cristo.

Como somos miembros del Cuerpo de Cristo, la vida de Cristo se nos ofrece y se convierte en nuestra vida. Así, somos ζωοποιούμαστε και σωζόμαστε και θεωνόμαστε, vivificados, salvados (esto es, psicoterapiados) y divinizados (logramos la zéosis). No podríamos ser divinizados o glorificados (lograr la zéosis) si Cristo no nos hubiera hecho miembros de su santo Cuerpo. No podríamos psicoterapiarnos y salvarnos si no existieran los santos Misterios de nuestra Iglesia, los cuales nos incorporan a Cristo y, según los santos Padres, nos hacen consustanciales e idénticos a Cristo. Es decir, ser un solo cuerpo y una sola sangre con Cristo.

¡Qué gran bendición es comulgar los santos Misterios! El Cristo se hace nuestro, su vida se hace nuestra vida, su sangre se hace nuestra sangre. Por eso dice san Juan Crisóstomo que el Dios no tiene nada más grande que darnos que lo que nos ofrece en la divina Εὐχαριστία (Efjaristía, Comunión), y tampoco el ser humano puede pedir a Dios nada mayor que lo que recibe en Cristo a través de la Εὐχαριστία (Efjaristía).

Así, bautizados, ungidos, confesados, comulgamos con el Cuerpo y la Sangre del Señor, y también nos convertimos en dioses por la energía increada Χάρις (Jaris, Gracia increada), nos unimos con Dios, y ya no somos extraños, sino familiares suyos.

Dentro de la Iglesia, en la que nos unimos a Dios, vivimos esta nueva realidad que Cristo trajo al mundo: la nueva creación. Esta es la vida de la Iglesia Ortodoxa, la vida de Cristo, que también se convierte en nuestra como un regalo y un don del Espíritu Santo.

Todo en la Iglesia conduce a la zéosis. La Divina Liturgia, los Misterios (Sacramentos), la adoración divina, la predicación del Evangelio, el ayuno, todo conduce allí. La Iglesia es el único lugar de zéosis.

La Iglesia no es una institución social, cultural o histórica que pueda asemejarse a otras instituciones en el mundo. No es como las diversas organizaciones e instituciones del mundo. Aunque el mundo pueda tener instituciones, organizaciones y fundaciones hermosas, nuestra Iglesia Ortodoxa es el lugar único e irrepetible de la comunión entre Dios y el ser humano, el lugar de la zéosis del hombre. Solo dentro de la Iglesia el ser humano puede convertirse en dios, en ninguna otra parte. Ni en las universidades, ni en instituciones de servicios sociales, ni en ninguna otra cosa buena y hermosa que ofrezca el mundo. Todo esto, por bueno que sea, no puede ofrecer lo que ofrece la Iglesia. Por eso, por mucho que progresen las instituciones y sistemas mundanos, nunca podrán sustituir a la Iglesia.

Es posible que nosotros, débiles y pecadores, pasemos por crisis y dificultades en algún momento determinado, estando dentro de la Iglesia. Es posible que ocurran escándalos dentro de ella. Esto sucede porque estamos en camino hacia la θέωσις (zéosis), y es natural que existan debilidades humanas. Devenimos, pero no somos dioses. Sin embargo, por mucho que ocurran estas cosas, nunca abandonaremos la Iglesia, porque solo en ella tenemos la oportunidad de unirnos con Dios. Por ejemplo, cuando vamos al templo para participar en el culto, asistir a las Divinas Liturgias, tal vez nos podamos encontrar con personas que no prestan atención a la Divina Liturgia e incluso conversan entre sí, distrayéndonos por momentos. Entonces, puede venirnos un pensamiento, aparentemente razonable y bondadoso, que nos dice: «¿Qué ganas al venir a la Iglesia? ¿No sería mejor quedarte en casa, donde tendrás más tranquilidad y comodidad para orar?» Debemos responder con sabiduría, rechazando este pensamiento astuto y maligno: «Sí, quizás tenga más tranquilidad exterior en mi hogar, pero no tendré la Χάρις (Jaris) increada de Dios que me diviniza y me santifica. No tendré a Cristo, quien está presente en su Iglesia. No tendré su santo Cuerpo y su preciosa Sangre, que se encuentran en su templo sagrado sobre el Santo Altar. No participaré en la Cena Mística de la Divina Liturgia. Estaré separado de mis hermanos en Cristo, con quienes juntos formamos el Cuerpo de Cristo». Por eso, ocurra lo que ocurra, no dejaremos la Iglesia, porque solo en ella encontramos el camino hacia la zéosis.

  1. La θέωσις (zéosis) es posible mediante las energías increadas de Dios

En la Iglesia Ortodoxa de Cristo, el hombre puede alcanzar la zéosis porque la Χάρις (Jaris, gracia, energía increada) de Dios, según la enseñanza de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia, es increada. Dios no es solo esencia o sustancia, como afirman en Occidente; Dios es también energía. Si Dios fuera únicamente esencia, no podríamos unirnos a Él ni tener comunión con Él, porque Su esencia es terrible e inaccesible para el hombre, como dice la Escritura: «porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Éx 33, 20).

Pongamos un ejemplo humano, aunque limitado, para lo que acabamos de decir. Si tocamos un cable descubierto de alto voltaje eléctrico, moriremos. Sin embargo, al conectar una lámpara al  mismo cable, obtenemos luz. Podemos ver y disfrutar de la energía de la corriente eléctrica, que nos es útil, pero no podemos tocar su esencia. Algo similar, si se nos permite la comparación, ocurre con la energía increada de Dios.

Si pudiéramos unirnos a la esencia de Dios, también seríamos dioses por esencia. En ese caso todo sería divino, se generaría confusión y nada sería en esencia dios. Es una idea similar a la de algunas religiones orientales, como el hinduismo, en las que dios no es una existencia personal, sino una fuerza difusa, extendida por el cosmos-universo, en las personas, los animales y las cosas (Panteísmo, todo-dios). Además, si Dios tuviera únicamente su esencia inalcanzable, no participable, sin sus energías, permanecería como un Dios autosuficiente, cerrado en sí mismo, sin comunión con sus criaturas.

Dios, desde la perspectiva y la consideración teológica ortodoxa, es a la vez Unidad en Trinidad y Trinidad en Unidad. Como señalan característicamente san Máximo el Confesor, san Dionisio Areopagita y otros santos Padres, Dios está lleno de una divina αγάπη (agapi, amor incondicional), un divino έρως (eros, amor ferviente) hacia sus criaturas. Es esta infinita y extática αγάπη (agapi) la que lo mueve a salir de Sí mismo, buscando unirse a ellas. Esta unión se expresa y realiza mediante su energía, o mejor dicho, mediante sus múltiples energías increadas. Con estas energías increadas, el Dios creó el cosmos-mundo y sigue manteniéndolo. Da esencia e hipostasis (base substancial) a nuestro cosmos-mundo a través de sus energías esencializadoras (que crean esencia). Está presente en la naturaleza y mantiene el universo con sus energías conservadoras. Ilumina al ser humano con sus energías iluminadoras. Lo santifica mediante sus energías santificadoras. Finalmente, lo diviniza o glorifica a través de sus energías divinizadoras. Así, mediante sus energías increadas, el santo Dios penetra en la naturaleza, en el mundo, en la historia y la vida de los hombres.

Las energías (increadas!) de Dios son divinas; son también Dios, sin ser su esencia. Son Dios, y por eso pueden divinizar o glorificar al hombre. Si las energías de Dios no fueran divinas e increadas, no serían Dios y no podrían divinizarnos ni unirnos a Él. Habría una distancia insalvable entre Dios y los hombres. Pero dado que Dios tiene energías divinas y, mediante estas energías, se une a nosotros, podemos tener comunión con Él uniéndonos con su Χάρις (Jaris increada), sin identificarnos con Dios, como ocurriría si nos uniéramos a su esencia. Nos unimos a Dios, pues, a través de sus energías divinas increadas y no a través de su esencia. Este es el misterio de nuestra Fe Ortodoxa y de nuestra vida.

Sin embargo, los herejes occidentales no aceptan esta verdad. Debido a su racionalismo, no distinguen entre la esencia y las energías de Dios y afirman que Dios es solo esencia. Por eso no pueden hablar de la zéosis del hombre. Si no aceptan las energías divinas increadas y consideran que son creadas, ¿cómo podría, según ellos, divinizarse, glorificarse (lograr la zéosis) el hombre? Y ¿cómo podría algo creado, es decir, algo fuera del mismo Dios, divinizar o glorificar al hombre creado? Por miedo de no caer en el panteísmo, simplemente no hablan de la zéosis. Así, según ellos, ¿cuál es la finalidad de la vida del hombre? Solo mejorar moralmente. Si el hombre no puede lograr la zéosis, divinizarse con la Χάρις (Jaris) divina, las divinas energías increadas, ¿cuál es entonces la finalidad de su vida? Simplemente convertirse moralmente en una mejor persona. Pero la perfección moral es insuficiente para el hombre. No nos basta con ser un poco mejores que antes y realizar acciones, praxis moralmente buenas. Nuestro objetivo final es unirnos al Dios santo, y este es el objetivo y finalidad de la creación del universo. Eso es lo que queremos. Esta es nuestra alegría, nuestra felicidad, nuestra integridad y perfeccionamiento progresivo.

La ψυχή (psijí, psique-alma humana), creada a imagen y semejanza de Dios, anhela a Dios, desea la unión con Él. No importa cuán bueno o moralmente correcto sea el hombre o cuántas buenas praxis haga; si no encuentra a Dios, si no se une con Él, no descansará, no hallará paz. Esto se debe a que el mismo Dios santo ha puesto en él esta sed santa, este divino έρως (eros, amor ardiente), este deseo de unión con Él, esta aspiración a la zéosis. Dios ha puesto en el hombre la capacidad de amar verdadera, fuerte y desinteresadamente, tal como el santo Creador ama y se enamora de su mundo, de todos sus seres. El ser humano debe amar a Dios, enamorarse, con esta fuerza divina y amorosa. Si el hombre no tuviera la imagen de Dios dentro de sí, no podría buscar su prototipo, su imagen original. Cada uno de nosotros es imagen de Dios, y el Dios es el prototipo u original. La imagen busca el original o prototipo y solo descansa cuando lo encuentra.

En el siglo XIV hubo una gran controversia en la Iglesia, provocada por un monje escolástico occidental llamado Barlaam. Este monje oyó que los monjes de Athos hablaban sobre la zéosis. Se enteró de que después de una intensa lucha, de hacer la κάθαρση (kazarsis, catarsis, sanación, terapia, psicoterapia, limpieza, purgación, purificación) de los πάθος (pazos, pasiones, debilidades, defectos) y de mucha oración, lograban unirse a Dios, tener experiencias de Dios y ver, contemplar a Dios. Oyó que veían la luz increada que los santos Apóstoles vieron en la Metamorfosis del Salvador Cristo en el monte Tabor. Sin embargo, Barlaam, con su espíritu occidental, francolatino, herético y racionalista, fue incapaz de comprender la autenticidad de estas experiencias divinas de los humildes monjes. Comenzó entonces a acusar a los monjes de Athos de estar engañados, de herejes y de idólatras. Decía que era imposible para uno ver la Χάρις (Jaris) de Dios, porque no sabía nada sobre el discernimiento entre la esencia y las energías increadas en Dios.

Entonces, la Χάρις (Jaris) de Dios destacó a un gran sabio e iluminado maestro de nuestra Iglesia, el monje de Athos Gregorio Palamás, Arzobispo de Tesalónica. Él con mucha sabiduría y con la iluminación de Dios, y también a través de su experiencia personal, enseñó y escribió, de acuerdo con las Sagradas Escrituras y la Santa Parádosis (Tradición) de la Iglesia, que la luz de la Χάρις (Jaris) de Dios es energía increada divina. Enseñó que aquellos que alcanzan la zéosis realmente ven esta luz como la máxima experiencia de zéosis y, en cierto sentido, se ven dentro de esta luz de Dios. Esta luz es la δόξα (doxa, gloria) de Dios, su esplendor, la luz de Tabor, la luz de la Resurrección de Cristo y de Pentecostés, y la nube luminosa de la Antiguo Testamento. Esta es la verdadera luz increada de Dios y no una luz simbólica, como equivocadamente pensaban y creían Barlaam y sus colegas. A continuación, toda la Iglesia, en tres grandes concilios en Constantinopla, justificó a San Gregorio Palamás y proclamó que la vida en Cristo no es simplemente una mejora moral del ser humano, sino la zéosis, lo cual significa participación en la δόξα (doxa, gloria) de Dios, expectación, contemplación de Dios, de su Χάρις (Jaris) increada, de su Luz increada.

Debemos gran gratitud a san Gregorio Palamás, porque con la iluminación que recibió de Dios, con su experiencia y teología, nos transmitió la enseñanza y la experiencia eterna de la Iglesia sobre la zéosis del hombre. Un cristiano no es cristiano simplemente porque puede hablar de Dios. Es cristiano porque puede tener experiencia de Dios. De la misma manera que cuando amas verdaderamente a una persona y hablas con ella la sientes y la disfrutas, así ocurre en la comunión del hombre con Dios. No existe una relación externa, sino una unión mística entre Dios y el hombre en el Espíritu Santo.

Hasta hoy, los occidentales consideran la divina Χάρις (Jarisk), la energía de Dios como creada. Lamentablemente, esta es una de nuestras muchas diferencias, que debe tomarse seriamente en cuenta en el diálogo teológico con los francolatinos romano-católicos. No son solo el «Filioque», la primacía del poder, la infalibilidad del Papa o el celibato sacerdotal, las diferencias básicas entre la Iglesia Ortodoxa y los Papistas. Es también esta diferencia. Si los romano-católicos papistas no aceptan que la Χάρις (Jaris) de Dios es increada, no podemos unirnos a ellos, aunque acepten todo lo demás. Porque si no fuera así, ¿quién realizará la zéosis, si la Gracia divina es creada y no es la energía increada del Espíritu Santo?

  1. Condiciones y requisitos para la θέωσις (zéosis)

Dicen ciertamente los santos Padres que dentro de la Iglesia podemos alcanzar la zéosis. Sin embargo, la zéosis es un don de Dios. No es algo que logramos por nosotros mismos. Por supuesto, debemos querer, esforzarnos y prepararnos para ser dignos, capaces y propensos para recibir y conservar este gran regalo de Dios, dado que el Dios no quiere hacer nada en nosotros sin nuestra libertad. No obstante, la zéosis es un regalo de Dios. Por eso los santos Padres dicen que nosotros anhelamos la zéosis, pero es Dios quien la realiza.  Distinguimos, de este modo, algunos requisitos y ciertas condiciones necesarias en el camino del hombre hacia la zéosis.

a) La Humildad

El primer requisito según los santos Padres para la zéosis es la humildad. Sin la bendita humildad, el hombre no puede estar en la trayectoria de la zéosis, recibir la divina Χάρις (Jaris) increada, ni unirse a Dios. Y solo para reconocer que la finalidad de su vida es la zéosis, se necesita humildad. Porque, sin la humildad, ¿cómo reconocerás que la finalidad de tu vida está fuera de ti mismo, es decir, está en Dios?

Mientras el hombre vive de manera egocéntrica, antropocéntrica y autónoma, se sitúa a sí mismo como el centro y la finalidad de su vida. Cree que puede autoperfeccionarse, autodefinirse y autodivinizarse o autoglorificarse por sí mismo. Este es, además, el espíritu de la actual cultura moderna y de la política contemporánea. Que hagamos un mundo al menos mejor, más justo, pero de forma autónoma. Un mundo que tendrá como centro al hombre, sin referencia a Dios, sin reconocer que Dios es la fuente de todo bien. Este error lo cometió también Adán, quien creyó que solo con sus propias fuerzas podía convertirse en Dios, completarse y perfeccionarse solo. El error de Adán lo cometen todos los humanismos de todos los tiempos. No consideran necesaria la relación con Dios para la realización completa del ser humano.

Todo lo ortodoxo es θεανθρωποκεντρικό (zeanzropokéntrico, divino-humano céntrico), tiene como centro al Θεάνθρωπος (Zeánzropoς, Dios-Hombre), Cristo. Todo lo no ortodoxo, papismo, protestantismo, masonería, budismo, milenarismo tipo testigos de Jehová, ateísmo o cualquier otra cosa, fuera de la Ortodoxia, tiene este denominador común: el centro es el hombre. Para nosotros, el centro es el Θεάνθρωπος (Zeánzropos) Cristo. Por eso es fácil convertirse en hereje, milenarista, masón, budista o cualquier otra cosa, pero es difícil convertirse en cristiano ortodoxo. Para ser cristiano ortodoxo, debes aceptar que el centro del mundo no eres tú, sino Cristo.

Por lo tanto, el comienzo del camino hacia la zéosis es la humildad, es decir, reconocer que la finalidad de nuestra vida está fuera de nosotros, está en nuestro Padre, nuestro Creador y Hacedor.

También se necesita mucha humildad para ver que estamos enfermos, que estamos llenos de πάθος (pazos, pasiones, debilidades y defectos). Y aquel que empieza el camino hacia la zéosis, debe mantener siempre la humildad para permanecer constantemente en este camino. Porque si acepta el pensamiento de que, con sus propias fuerzas, lo está haciendo bien y avanza, entonces entra en él el orgullo, la soberbia y la vanagloria. Pierde lo que ha ganado y necesita comenzar de nuevo, humillarse, ver su debilidad, su enfermedad humana, su impotencia y no basarse en sí mismo. Debe basarse en la Χάρις (Jaris) increada de Dios, para poder permanecer constantemente en el camino hacia la zéosis.

Por eso, en la vida de nuestros Santos, nos impresiona mucho su gran humildad. Aunque estaban cerca de Dios, brillaban con su luz, eran milagrosos, emanaban mirra, al mismo tiempo creían para sí mismos que estaban muy bajos, muy lejos de Dios, que eran los peores entre los hombres. Esta humildad fue la que los convirtió en dioses por la Χάρις (Jaris) increada.

b) La άσκησις áskisis [ascesis ortodoxa, ejercicio espiritual]

Los Padres también nos dicen que la zéosis tiene etapas. Comienza desde los niveles más bajos y avanza hacia los más altos. Con la humildad, comenzamos con μετάνοια (metania) y mucha paciencia nuestra lucha diaria en Cristo, el ejercicio de aplicar los santos mandamientos de Cristo, para hacer la catarsis, psicoterapiarnos, purgarnos, limpiarnos y sanarnos de los πάθος (pazos). Los santos Padres dicen que dentro de sus mandamientos se esconde el mismo Dios, y cuando el cristiano los aplica y los cumple por αγάπη (agapi), entonces se une a Él.

Esta es, según los santos Padres, la primera etapa hacia la zéosis, llamada πράξις (praxis, acción, práctica). Es la instrucción práctica, el comienzo del camino hacia la zéosis.

Naturalmente, esto no es nada fácil, ya que la lucha para desarraigar los πάθος (pazos) de nuestro interior es grande y ardua. Se necesita mucho esfuerzo, para que poco a poco nuestro árido campo interior se limpie de los espinos y las piedras de los πάθος (pazos) y se cultive espiritualmente, de modo que pueda caer la semilla del logos de Dios y fructifique. Se requiere una gran y continuo esfuerzo duro contra uno mismo para todo esto. Por eso, el Señor dijo: «El reinado de la realeza increada de los cielos se adquiere con dura lucha, fervor, esfuerzo, ascética y violencia por los que luchan y combaten con valentía contra el pecado y los pazos que existen en su interior y en el mundo, y la arrebatan y la retienen fuerte y firmemente» (Mt 11, 12). Y nuevamente los santos Padres nos enseñan: «Da sangre y recibe Espíritu», es decir, no puedes recibir el Espíritu Santo si no das la sangre de tu corazón en la lucha por hacer catarsis, limpiarte y sanarte de los πάθος (pazos), volver a la μετάνοια (metania), arrepentirte realmente y en profundidad, y adquirir las virtudes.

Todas las virtudes son facetas de una gran virtud, la virtud de la ἀγάπη (agapi). Cuando el cristiano adquiere la ἀγάπη (agapi), tiene todas las virtudes. La ἀγάπη (agapi) es la que expulsa de la ψυχή (psique-alma) del hombre la causa de todos los males y de todos πάθος (pazos), que según los santos Padres es la φιλαυτία (laftía). Todos los males dentro de nosotros nacen de la φιλαυτία (laftía), que es el amor distorsionado y enfermizo por uno mismo. Por eso la Iglesia nos enseña la άσκησις (áskisis, ascesis) ortodoxa. Sin la práctica, sin la ascesis ortodoxa, no hay vida espiritual, ni lucha, ni progreso. Obedecemos, ayunamos, velamos, nos esforzamos con postraciones, estamos de pie, para poder limpiarnos, psicoterapiarnos, y sanarnos de nuestros πάθος (pazos). Si la Iglesia Ortodoxa deja de ser ascética, deja de ser Ortodoxa. Deja de ayudar al hombre a psicoterapiarse y liberarse de sus πάθος (pazos), y a convertirse en dios por Χάρις (Jaris).

Los Padres de la Iglesia desarrollan una profunda y amplia enseñanza antropológica sobre la ψυχή (psijí) y los πάθος (pazos) humanos. Según ellos, la psique-alma se divide en dos partes: la parte lógica y la parte pasional. La parte pasional, a su vez, se divide en irascible y anhelante. En la parte lógica se encuentran las energías y acciones lógicas de la psique-alma, es decir, los conceptos, los pensamientos, las ideas. En la parte irascible se encuentran los sentimientos o emociones tanto positivos como negativos, como el amor o el odio. En la parte anhelante están los buenos deseos de las virtudes, por un lado, y los malos deseos de los placeres hedonista, como la avaricia, la gula o glotonería, la lujuria, el culto al cuerpo, los πάθος (pazos) carnales.

Si estas tres partes de la psique-alma, la lógica, la irascible y la anhelante no hacen la catarsis, no se purgan, el ser humano no puede recibir la Χάρις (Jaris) increada de Dios y lograr la zéosis. La parte lógica se psicoterapia, se limpia y se sana con la νήψις (nipsis, sobriedad y vigilancia), que es la constante vigilancia del νούς (nus, espíritu de la psique) y el examen de los pensamientos de la mente o intelecto manteniendo los buenos pensamientos y rechazando los malos. La parte irascible hace la catarsis, se purga y se purifica con αγάπη (agapi). Y la parte anhelante, finalmente, hace la catarsis, se purga y se purifica con la ἐγκράτεια (engratia, templanza, contención, autodominio). Todas estas facultades, sin embargo, se psicoterapian, se curan y se santifican en conjunto mediante la oración.

c) Los Santos Misterios y la oración

Cristo se instala en el corazón del hombre a través de los Santos Misterios: el Santo Bautismo, la Crismación, la Santa Confesión o Metania y la Sagrada Ευχαριστία (Efjaristía). En los cristianos ortodoxos que están en comunión con Cristo, Dios, su Χάρις (Jaris) está dentro de ellos, en sus corazones, porque están bautizados, crismados, confesados y han comulgado.

Sin embargo, los πάθος (pazos) cubren la divina Χάρις (Jaris), así como las cenizas cubren las brasas. Con el ejercicio espiritual ortodoxo y la oración, el corazón hace la catarsis, se purga y se limpia de los pazos, las brasas de la divina Χάρις (Jaris) se reavivan, y el creyente siente a Cristo en su corazón, que es el centro de su existencia.

Cada oración de la Iglesia ayuda a la catarsis del corazón. Sin embargo, ayuda especialmente la oración conocida como «monológica», «oración noerá, con el nus» u «oración del corazón», la cual consiste en la invocación: «Jesús Cristo Señor, Hijo de Dios, compadécete de mí, el pecador». Esta oración, que desde siempre nos la entrega el Monte Athos, tiene la siguiente ventaja: debido a que es monóloga, es decir, consta de una sola frase, nos ayuda a concentrar fácilmente nuestro νούς (nus, mente, espíritu de la psique). Al concentrar nuestro νούς (nus, mente), lo sumergimos en el corazón y nos aseguramos de que no se ocupe con otros pensamientos o conceptos, ni buenos ni malos, sino solo con Dios.

La ascesis ortodoxa, ejercicio espiritual, en esta oración del corazón, que con la Χάρις (Jaris) de Dios puede llegar a ser continua con el tiempo, es toda una ciencia, un arte sagrado, que los Santos de nuestra Fe describen detalladamente en sus escritos sagrados, como en la gran colección de textos patrísticos llamada Φιλοκαλία (Filocalía).

Por tanto, esta oración ayuda y alegra mucho al hombre. Y cuando el cristiano ortodoxo progresa en esta oración, y al mismo tiempo su vida está conforme a los santos mandamientos de Dios y de la Iglesia, entonces se le concede experimentar la divina Χάρις (Jaris). Empieza a saborear la dulzura de la comunión con Dios, a conocer por experiencia el «gustad y ved que bueno es el Señor» (Sl 33, 9). Para nosotros los ortodoxos, Dios no es solo una idea, algo sobre lo que pensamos, discutimos o leemos, sino una Persona con la que entramos en una relación viva y personal, Alguien que vivimos, y de Quien recibimos experiencia. Entonces vemos cuán grande, incomprensible e inexpresable es la felicidad de tener a Cristo dentro de nosotros y ser cristianos ortodoxos.

Es de gran ayuda para los cristianos que viven en el mundo, entre las diversas preocupaciones y ocupaciones de cada día, encontrar al menos unos minutos de tranquilidad exterior y de ησυχία (hisijía, serenidad mental y paz cordial) para practicar esta oración.Sin duda, todas las obras y deberes según Dios santifican a los cristianos, cuando se realizan con humildad y αγάπη (agapi). Sin embargo, también se necesita la oración.

En una habitación tranquila (es recomendable, quizás, después de algún estudio espiritual, tras haber encendido incienso y un candil con aceite delante de un icono ortodoxo), tan lejos como sea posible de ruidos y ocupaciones, y después de serenarse y calmarse respecto a otros pensamientos y reflexiones, sumergir su mente con el νούς (nus) en el corazón, diciendo la oración: «Jesús Cristo Señor, Hijo de Dios, compadécete de mí, que soy pecador (o pecadora)». ¡Cuánta paz y fuerza reciben las psiques-almas con esta ησυχία (hisijía) según Dios! ¡Cuánto las fortalece en las demás horas del día, para mantenerse en paz, sin nerviosismo, tensión o ansiedad, y para que todas sus fuerzas estén en armonía y unidad!

Algunos buscan algo de ησυχία (hisijía) psíquica mediante medios artificiales en otros campos, engañosos y demoníacos, como en las llamadas religiones orientales. Intentan encontrar ησυχία (hisijía) con ejercicios externos, meditación, dialogismos, yoga, etc., para lograr algún tipo de equilibrio entre la psique-alma y el cuerpo. El error es que en todo esto, el hombre, al tratar de olvidar diversos pensamientos y el mundo material, no está realmente entablando un diálogo con el Dios, sino un monólogo consigo mismo. Es decir, vuelve a caer en el antropocentrismo y fracasa.

  1. Experiencias de la θέωσις (zéosis)

Las experiencias de la θέωσις (zéosis) están directamente relacionadas con la catarsis del hombre. A medida que el hombre va haciendo la catarsis y se purifica de sus πάθος (pazos), mayor es la experiencia que recibe de Dios y llega a contemplar a Dios mismo, conforme al dicho: «Bienaventurados los que han hecho la catarsis y son puros del corazón, porque ellos verán (contemplarán con el νούς [nus]) a Dios» (Mt 5, 8).

Cuando una persona comienza por la μετάνοια (metania) a arrepentirse, a confesarse y a llorar por sus pecados, recibe las primeras manifestaciones y experiencias de la divina Χάρις (Jaris). Estas experiencias son primeramente las lágrimas de μετάνοια (metania), que traen una alegría indescriptible a la psique-alma, y la paz profunda que sigue a este proceso. Por ello, este lamento, esta pena, por nuestros pecados se denomina «luto, pena alegre, o lamento gozoso», como señaló el Señor en las Bienaventuranzas: «Bienaventurados y felices los que están en luto, afligidos por sus pecados y del mal que domina al mundo, porque ellos serán consolados por Dios» (Mt 5, 4).

Luego avanza a etapas superiores, como es la iluminación divina, con la cual νούς (nus) se ilumina y ve las cosas, el mundo y a las personas con otra Χάρις (Jaris). Entonces el cristiano ama más a Dios, y surgen en él otras lágrimas superiores, lágrimas de αγάπη (agapi) hacia Dios, de divino έρως (eros). Ya no por sus pecados, porque tiene la certeza de que Dios ha perdonado sus pecados. Estas lágrimas traen consigo una mayor felicidad, gozo y paz a la psique-alma, siendo una experiencia aún más profunda de la zéosis.

Después, el hombre alcanza la απάθεια (apázia, impasibilidad, sin pazos), un estado de vida sin los pazos reprochables, las debilidades pecaminosas. En este estadio, la persona es imperturbable, pacífica y serena ante cualquier ataque o asalto externo, libre de orgullo, odio, rencor y apetencias carnales y materiales. Este es el segundo estadio de la zéosis, denominado θεωρία (zeoría, contemplación, visión, expectación) de Dios, donde el hombre, ya catartizado purgado y purificado de los πάθος (pazos), es iluminado por el Espíritu Santo, y se diviniza logrando la zéosis. Θεωρία (zeoría) significa θέα (zea), visión, expectación, contemplación. La θεωρία (zeoría) de Dios es la visión, expectación de Dios mismo. Sin embargo, para poder ver a Dios, uno debe estar divinizado o glorificado, es decir, ser hombre con zéosis. Por lo tanto, la θεωρία (zeoría) de Dios significa θέωσις (zéosis).

Sobre todo, cuando una persona se ha catartizado (purgado y purificado) completamente y se entrega totalmente a Dios, recibe la mayor experiencia de la divina Χάρις (Jaris), la cual, según los santos Padres, es la visión, expectación de la luz increada de Dios. Esta luz es contemplada por aquellos que están muy avanzados en la zéosis, pocos en cada generación. Los Santos de Dios la ven y se ven dentro de esta luz, tal como se representan en sus iconos sagrados con las aureolas.

Por ejemplo, en la vida de San Basilio el Grande, se relata que cuando él oraba en su celda, aquellos que podían lo observaban que resplandecía, y toda su celda se llenaba de esta luz increada de Dios, la luz de la divina Χάρις (Jaris). En las vidas de muchos de los nuevos santos Neomártires de nuestra fe, leemos que, después de que los turcos, tras infligirles horribles torturas, colgaran sus cuerpos en las plazas de las ciudades para intimidar a los demás cristianos, con frecuencia, por la noche, se veía una luz que los envolvía. Esta luz brillaba tan clara e intensa que los propios conquistadores, al ver que aquello demostraba irrefutablemente la verdad de nuestra fe, ordenaban bajar los cuerpos para evitar la vergüenza ante los cristianos, quienes veían cómo Dios glorificaba a sus Santos Mártires.

La Χάρις (Jaris) de la zéosis también mantiene incorruptibles los cuerpos de los Santos, sus santas reliquias siguen perfumando y haciendo milagros. Como señala San Gregorio Palamas, la divina Χάρις (Jaris) de Dios, después de unirse con las psiques-almas de los Santos, también se mantiene sobre sus cuerpos cubriéndolos de Χάρις (Jaris). Y no solo sobre sus cuerpos, sino también sobre sus tumbas, sus iconos y sus templos. Es por esto que veneramos y besamos los iconos, las santas reliquias, las tumbas y los templos de los santos, ya que todo esto posee algo de la Χάρις (Jaris) de Dios que el Santo poseía en su psique-alma debido a su unión con Él, a causa de su zéosis. Por esta razón, dentro de la Iglesia, disfrutamos de la Χάρις (Jaris) de la θέωσις (zéosis) no solo con la psique-alma, sino también con nuestro cuerpo. Esto se debe a que el cuerpo, al cooperar con la psique- alma, también es divinizado o glorificado, como templo del Espíritu Santo que mora en él.

Esta Χάρις (Jaris) (energía increada), emanando del Santo Señor, el Θεάνθρωπος (Zeánzropos, el Dios-Hombre) Cristo, se derrama sobre nuestra Παναγία (Panaghía), sobre los Santos, y llega también a nosotros, los humildes.

Es importante señalar que no todas las experiencias que vive un cristiano son necesariamente experiencias auténticas de la zéosis y espirituales. Muchos se han dejado engañar por experiencias demoníacas o psicológicas. Para evitar el peligro del engaño y la influencia demoníaca, todas las experiencias deben ser relatadas humildemente al Guía confesor espiritual, quien, con la iluminación de Dios, podrá discernir la autenticidad de estas experiencias y guiará la psique-alma que se confiesa en consecuencia. De manera general, nuestra obediencia al Guía espiritual es uno de los aspectos más fundamentales de nuestro camino espiritual, a través de la cual adquirimos un espíritu eclesiástico de aprendizaje en Cristo y se garantiza nuestra legítima lucha, que nos llevará a la unión con Dios.

Un espacio particular para la zéosis, siempre dentro de la Iglesia, es el monacato, en el cual los monjes, al ser santificados, reciben altas experiencias de unión con Dios. Así, a medida que los monjes participan en la zéosis y santificación, ayudan también a toda la Iglesia. Tal como creemos los cristianos, siguiendo la antigua Tradición Sagrada de la Iglesia, la lucha de los monjes tiene una influencia positiva en la vida de cada fiel que lucha en el mundo. Por eso, en nuestra Ortodoxia, el pueblo de Dios tiene una gran devoción y respeto por el monacato y a la vida monástica.

En nuestra Iglesia, además, participamos en la comunión de los Santos, tenemos la experiencia y la alegría de la unidad en Cristo. Esto significa que, dentro de la Iglesia, no somos individuos aislados, sino una unidad, una hermandad, una comunidad fraternal. Y no solo entre nosotros, sino también con los Santos de Dios, ya sea que estén vivos hoy en la tierra o que hayan dormido en el Señor, ya que, con la muerte, los cristianos no se separan. La muerte no puede separar a los cristianos porque todos están unidos en el cuerpo resucitado de Cristo.

Es por esto que cada domingo, y cada vez que se celebra la Divina Liturgia, todos estamos presentes, junto con los Ángeles y los Santos de todos los siglos. También están allí nuestros familiares que han fallecido, si están unidos con Cristo. Todos estamos allí y en comunión mística entre nosotros, no de forma externa, sino en Cristo. Esto se hace patente en la Προσκομιδή (Proskomidia, exposición y preparación de los Santos Dones de la Eucaristía) donde en el santo Δισκάριο (Discario, patena), alrededor del Cordero de Cristo, se colocan las porciones de la Panaghía, de los Santos y de los cristianos vivos y fallecidos. Todas estas porciones, tras la consagración de los Dones Sagrados, se sumergen en la Sangre de Cristo. Esta es la gran bendición de la Iglesia, que somos miembros de ella y podemos conectar y comulgar no solo con Dios, sino también entre nosotros como miembros del Cuerpo de Cristo.

La cabeza de este santo Cuerpo es el mismo Cristo. La vida fluye de la cabeza al cuerpo. El cuerpo por supuesto tiene miembros vivos, pero también miembros que no tienen la misma vitalidad, que no gozan de una salud perfecta. Así somos la mayoría de nosotros. Sin embargo, de Cristo mismo y de los miembros sanos de Su Cuerpo procede la vida, la sangre sana, que llega también a los miembros menos sanos, para que poco a poco se sanen y se fortalezcan. ¡He aquí, la razón por la que debemos estar dentro de la Iglesia! Para recibir salud y vida, porque fuera del Cuerpo de la Iglesia no existe esta posibilidad de psicoterapiarnos, recuperarnos y vivificarnos. Naturalmente, todo esto no llega de inmediato. A lo largo de su vida, el cristiano ortodoxo debe esforzarse para poder, poco a poco, con la Χάρις (Jaris) increada de Dios, dentro de la Iglesia, con humildad, μετάνοια (metania), oración y los santos Misterios, santificarse, divinizarse, logrando la zéosis.

Esta es la finalidad de nuestra vida, el gran objetivo final. No tiene tanta importancia hasta dónde podremos llegar exactamente. Lo que tiene valor es nuestra lucha, la cual Dios bendice abundantemente tanto en este como en el futuro siglo.

  1. Fracaso de muchos en alcanzar la θέωσις (zéosis)

Aunque hemos sido llamados a este gran objetivo, a unirnos con Dios, a llegar a ser dioses por la Χάρις (Jaris)  y a disfrutar de esta magnífica bendición para la cual el Creador nos plasmó, muchas veces vivimos como si este gran y extraordinario objetivo no existiera. Así, nuestra vida se llena de fracasos. El santo Dios nos creó para la zéosis. Si no nos divinizamos, no logramos la zéosis, toda nuestra vida es un fracaso. A continuación, mencionaremos algunas causas de este fracaso, como son el apego a las preocupaciones mundanas, el moralismo y el humanismo antropocéntrico.

 

a) La dedicación y apego a las preocupaciones mundanas.

Es posible que hagamos cosas buenas y bellas: estudios, profesión, familia, bienes, filantropías etc. Cuando vemos y usamos el mundo de manera gozosa y gratificante, como un regalo de Dios, entonces todas las cosas se enlazan y conectan con Él y se convierten en caminos de unión con el santo Dios. Sin embargo, si no nos unimos con Dios, fracasamos y todo es inútil.

Normalmente, las personas fracasan porque se dejan arrastrar por estos objetivos secundarios en la vida. No ponen la zéosis como el primer y principal finalidad de sus vidas. Se absorben y se deslumbran por las cosas bellas de este mundo y pierden las eternas. Se entregan completamente a las secundarias y olvidan que «solo una cosa es necesaria» (Lc 10, 42).

Hoy en día, especialmente, existe una ocupación constante, actividades continuas –tal vez sea una trampa del diablo para engañar incluso a los elegidos– por lo que descuidamos nuestra σωτηρία (sotiría, psicoterapia, sanación y salvación). Por ejemplo, ahora tenemos estudios, lectura, y no tenemos tiempo para orar, ir a la Iglesia, confesarnos, comulgar. Mañana tenemos conferencias, reuniones, responsabilidades sociales y personales, ¿cómo encontrar tiempo para Dios? Pasado mañana el matrimonio, responsabilidades familiares, ¡es imposible ocuparnos de los asuntos espirituales! Y constantemente repetimos también a Cristo, «no puedo ir… te ruego, deja de insistir». «Entonces Jesús le dijo la siguiente parábola: Un hombre daba una gran cena, y convidó a muchos. Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya está preparado todo. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado un terreno, y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses no puedo participar en la cena. El segundo dijo: He comprado cinco pares de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que excuses mi ausencia. Y otro dijo: Acabo de casarme, por tanto, no puedo ir». (cf. Lc 14, 16-20). Así, pierden también su valor todas estas cosas encantadoras, buenas y leales.

Todas estas cosas tienen un valor real y esencial cuando se hacen con la Χάρις (Jaris) de Dios, por ejemplo, cuando intentamos hacerlas todas para la δόξα (doxa, gloria) de Dios; pero únicamente cuando no dejamos de añorar y tratar de lograr lo que está más allá de los estudios, más allá de la profesión, más allá de la familia, más allá de las buenas y santas responsabilidades y actividades; sólo cuando no dejamos de anhelar la zéosis, entonces, todas estas cosas encuentran su verdadero sentido y su perspectiva eterna, y nos benefician.

El Señor dijo: «Buscad, pues, primero el reinado de la realeza increada y la justicia (virtud) que Él quiere de vosotros, y todos estos bienes terrenales os serán añadidos junto con los incalculables bienes de la realeza increada de los cielos» (Mt 6, 33). La realeza (increada) de Dios es la zéosis, es recibir la energía increada Χάρις (Jaris) del Espíritu Santo. Cuando llega la divina Χάρις (Jaris) y reina en el ser humano, éste es gobernado por Dios. A través de los hombres que consiguen la zéosis, la Χάρις (Jaris) de Dios se extiende también a los demás y a la sociedad. Y, como enseñan los Padres, en la oración del «Padre nuestro», la petición «venga tu realeza» significa «venga la Χάρις (Jaris) del Espíritu Santo», que al venir aporta la zéosis, diviniza al ser humano.

b) El moralismo

El espíritu del moralismo, que hemos mencionado antes, lamentablemente es el intento de reducir la vida cristiana a una mejora moral; esto ha afectado muy negativamente, también en nuestra tierra, en la piedad, el respeto y en la espiritualidad de los cristianos ortodoxos. Debido a la influencia de la teología occidental, muchas veces dejamos de aspirar y pretender la zéosis.

Sin embargo, la enseñanza de la mejora moral es una enseñanza antropocéntrica, centrada en el hombre. En ella, la prioridad es el esfuerzo humano, no la Χάρις (Jaris) increada de Dios. Parece que nos salva nuestra moral y no la Χάρις (Jaris) de Dios. Por ello, en tal estado y vida, no tenemos verdaderas experiencias de Dios, y la psique-alma no descansa verdaderamente ni apaga su sed. Esta enseñanza, que, examinada, ha fallado en representar el genuino espíritu de la Iglesia de Cristo, es en gran parte responsable también del ateísmo y la indiferencia hacia la vida espiritual de muchos de nuestros semejantes, especialmente los jóvenes.

Los padres, los profesores, los clérigos y todos los servidores de la Iglesia, en lugar de hablar, en nuestras reuniones, catequesis y homilías o en cualquier parte, de una estéril mejora del hombre, conviene que eduquemos a los cristianos hacia la zéosis, como es el genuino espíritu y la experiencia de la Iglesia Ortodoxa.

Además, las virtudes, por muy grandes que sean, no constituyen la finalidad de nuestra vida cristiana, sino medios y formas que nos preparan para recibir la zéosis, la Χάρις (Jaris) increada del Espíritu Santo, como enseña de manera muy concisa San Serafín de Sarov.

c) El humanismo antropocéntrico

El humanismo autónomo, como sistema filosófico-social, separado e independiente de Dios, conduce al hombre contemporáneo a una cultura del egoísmo y del callejón sin salida. Quiere alejarnos de nuestra Fe Ortodoxa en nombre de la supuesta valorización y dignidad, desarrollo y liberación del ser humano. Pero, ¿acaso existe una mayor valorización y dignidad, desarrollo y liberación para el ser humano que la zéosis?

  1. Consecuencias de la instrucción hacia la θέωσις (zéosis)

La instrucción que nos da la Iglesia Ortodoxa, a través del Culto Divino, la Teología Patrística y el Monacato, es una instrucción hacia la zéosis, una instrucción teántropocéntrica (divinohumano-céntrica), con centro el Θεάνθρωπος (Zeánzropos, Dios-Hombre), Cristo.

Esta instrucción trae gran alegría a nuestras vidas, cuando conocemos qué gran destino tenemos, qué beatitud, felicidad y bienaventuranza nos espera. Endulza el dolor en cada prueba, angustia y dificultad de la vida, al ofrecernos la perspectiva de la zéosis.

Cuando luchamos con la perspectiva de la zéosis, también cambia nuestra actitud hacia nuestros semejantes. Es decir, cuando vemos a los demás como futuros dioses. ¡Cuánto se profundiza y se hace más significativa la educación que damos a nuestros hijos! ¡Cuán agradables a Dios son entonces el amor y el respeto que el padre y la madre tienen por sus hijos, sintiendo la responsabilidad y la misión sagrada que tienen frente a ellos, ayudándoles a alcanzar la zéosis, la finalidad por la que con la Χάρις (Jaris) de Dios los trajeron al mundo! Y, naturalmente, ¿cómo los van a ayudar si no están ellos mismos orientados hacia este objetivo, la zéosis? ¡Y cuánta autoestima tendremos hacia nosotros mismos, sin egoísmo ni orgullo antidivinos, cuando nos damos cuenta y sentimos que estamos creados para esta gran finalidad!

Los Santos Padres y Teólogos de la Iglesia dicen que, al superar la filosofía antropocéntrica del egoísmo y de la φιλαυτία (filaftía), nos convertimos realmente en personas, en verdaderos seres humanos. Nos encontramos con Dios con respeto y αγάπη (agapi), y también con el prójimo con estima y verdadera dignidad, viéndolo no como un instrumento de placer y explotación, sino como una imagen de Dios destinada a la zéosis. Mientras estamos encerrados en nosotros mismos, en nuestro «yo», somos individuos, pero no personas. En el momento en que salimos de nuestra existencia cerrada e individual y comenzamos –con la instrucción hacia la zéosis, con la Χάρις (Jaris) increada de Dios y nuestra sinergia, cooperación– a amar y a entregarnos cada vez más a Él y a nuestro prójimo, nos convertimos en verdaderas personas. Es decir, cuando nuestro «yo» se encuentra con el «Tú» de Dios y el «tú» del hermano, comenzamos a encontrar nuestro yo perdido, nuestro verdadero ser. Ya que dentro de la comunión de la zéosis para la cual fuimos plasmados, podemos abrirnos, comunicarnos y alegrarnos verdaderamente unos con otros, no de forma ególatra y egoísta.

Este es también el espíritu de la Divina Liturgia, en la que aprendemos a superar nuestro estrecho interés individual, al que nos empuja el diablo, el pecado y nuestros πάθος (pazos), y abrirnos a una comunión de sacrificio y αγάπη (agapi) en Cristo. Esta percepción y sentimiento de tan magnífica llamada, es decir, la zéosis, es la que realmente descansa, consuela y completa al hombre.

El humanismo ortodoxo de nuestra Iglesia se basa en esta gran llamada del hombre, por eso desarrolla, valora y aprovecha al máximo todas sus fuerzas. ¿Qué otro humanismo, por muy progresista y liberal que parezca, es tan revolucionario como el humanismo de la Iglesia Ortodoxa, que puede hacer al hombre Dios? ¡Realmente tal humanismo elevado y magnífico solo lo tiene la Iglesia Ortodoxa! Por eso, especialmente hoy en día, cuando muchos intentan engañar a las personas, principalmente a los jóvenes, presentándoles sus falsos humanismos, que en realidad mutilan al hombre y no lo completan, es de gran importancia y valor especial destacar esta instrucción de la Iglesia

  1. Consecuencias de la instrucción que no conduce a la θέωσις (zéosis)

Hoy en día, los jóvenes buscan experiencias. No se conforman con una vida materialista ni con una sociedad racionalista –llena de egoísmo y orgullo intelectual– como la que les entregamos los mayores. Nuestros hijos, que son imágenes de Dios, «llamados a ser dioses», buscan algo más allá de los esquemas lógicos de la filosofía materialista y la educación atea que les ofrecemos. Buscan experiencias de vida verdadera. Ni siquiera les basta escuchar sobre Dios. Desean experimentarlo, ver Su luz, experimentar Su energía increada Χάρις (Jaris). Y como muchos de ellos no saben que la Iglesia Ortodoxa tiene la capacidad de consolarlos y ofrecerlos este descanso, y que tiene la experiencia que ansían, en vano buscan y recurren a diversos otros substitutos baratos, con la esperanza de encontrar algo más allá de lo lógico, algo sobrenatural. Algunos son atraídos hacia los misticismos orientales, tipo yoga. Otros hacia el ocultismo o el gnosticismo y, últimamente, por desgracia, abiertamente en el satanismo.

Pero incluso en la ética no conocen barrera alguna, ya que esta, separada y privada de su esencia y de su finalidad, que es unirnos con el santo Dios, se convierte totalmente en algo sin ningún sentido. Así, proliferan fenómenos trágicos como el anarquismo y el terrorismo, en los cuales muchos jóvenes, que en el fondo desean satisfacer un dinamismo que llevan en su interior, -y cuyo anhelo profundo no se cumple porque no han recibido esa educación de la zéosis-, recurren a actos de violencia contra sus semejantes.

La mayoría de los jóvenes, y no solo ellos, derrochan y malgastan el valioso tiempo de sus vidas y sus energías, que Dios otorgó para alcanzar con éxito el objetivo y finalidad de la zéosis, despilfarrándolos en el estilo de vida consumista, en el culto al cuerpo y el hedonismo; muchas veces por desgracia, con la tolerancia del propio estado, se convierten en los ídolos modernos, los «dioses» actuales, causando así una gran destrucción en sus cuerpos y psiques-almas. Otros, viviendo sin ideales, se consumen en actividades innecesarias, inútiles, dañinas y sin objetivo; otros buscan placer corriendo de manera desmesurada a grandes velocidades por las carreteras, con trágicas consecuencias en muchos casos, de heridos y muertes; y otros, tras sus peripecias, se entregan sin reservas a la dependencia demoníaca del alcohol y de las drogas, la nueva plaga y látigo de nuestro tiempo. Finalmente, muchos, después de una vida relativamente corta, llena de fracasos y decepciones, conscientemente o inconscientemente, ponen fin al martirio de su búsqueda vana, recurriendo lamentablemente a la última forma de desesperación, el suicidio.

No son gamberros ni vagos todos estos jóvenes que recurren a estas decisiones irracionales, absurdas y trágicas. Son jóvenes, hijos de Dios e hijos nuestros, que, decepcionados por la sociedad materialista, autosuficiente y egocéntrica que les entregamos, no encuentran aquello para lo que fueron creados, lo verdadero, lo eterno, lo que no les hemos dado y por eso lo ignoran. Desconocen la gran finalidad de la vida del hombre, la zéosis. Por eso, al no encontrar descanso en nada, huyen y se refugian en la desesperación en las formas antes mencionadas.

Hoy en día, muchos pastores de nuestra santa Iglesia, arzobispos, sacerdotes, guías espirituales, y también hermanos laicos, con agapi, amor desinteresado, se entregan cada día en guiar a nuestros jóvenes hacia la finalidad de sus vidas, a que alcancen la θέωσις (zéosis). Les estamos agradecidos por su sacrificio y entrega, por esta obra piadosa con la que, por la Χάρις (Jaris), la increada energía de Dios, se psicoterapian, se divinizan y se salvan psiques-almas por las que Cristo murió.

De manera humilde, el Monte Athos también ayuda y colabora en este gran dolor de la Iglesia. El Jardín de nuestra Παναγία (Panaghía) , siendo un lugar especial de santificación y de ησυχία (hisijía)  según Dios, disfruta de la bendición de la zéosis, vive en la comunión con Dios, y tiene una experiencia viva y clara de su Χάρις (Jaris), de su Luz increada. Por ello, muchos de nuestros semejantes, la mayoría jóvenes, se benefician, se fortalecen y se renuevan en Cristo con alguna peregrinación al Monte Athos o incluso manteniendo vínculos más estrechos con él. Así, disfrutan y se alegran de Dios en sus vidas y comienzan a entender qué es la Ortodoxia, la vida Cristiana ortodoxa, la lucha espiritual, y ¡qué alegría y gran sentido dan estas cosas a sus existencias! Experimentan y saborean algo de este gran regalo y don de Dios al hombre: la zéosis.

No olvidemos, por tanto, todos los pastores de la Iglesia, los teólogos, los catequistas, la instrucción hacia la zéosis, mediante la cual los jóvenes, pero también todos nosotros los humildes, con la Χάρις (Jaris)  de Dios y en nuestra lucha diaria, la lucha de μετανοία (metania) y de aplicar y cumplir y aplicar sus santos mandamientos (αγίων εντολών, logos, principios espirituales) adquirimos la posibilidad de disfrutar de esta bendición de Dios, de unión con Él, de alegrarnos y gozar intensamente en esta vida, pero también de ganar la eterna felicidad y bienaventuranza.

Demos gracias continuamente al santo Señor por el don de su αγάπη (agapi). Respondamos a su agapi con nuestra propia agapi. El Señor quiere y desea que seamos deificados. Además, ese fue el propósito y la finalidad por la cual se hizo hombre y murió en la cruz. Para brillar como el sol entre los soles, como Dios en medio de dioses. Así sea. Amén.

+Archimandrita Gheorgios Kapsanis, Yérontas del Monasterio de San Gregorio, Monte Athos

Glosario

Extraido del Gran Léxico Alfaωmega de: https://www.logosortodoxo.com/alfa%CF%89mega-gran-lexico-ortodoxo/

Ver también  https://www.logosortodoxo.com/12-lexis-apocalipticas/

Logos Λόγος:

«Ἐν ἀρχῇ ἦν Λόγος…» (en arjí in o logos) «Junto con el principio era y siempre es el Logos eternamente e infinitamente…» (Jn 1,1); «Está vestido con un manto teñido de sangre, de su propia sangre que derramó en la cruz; y su nombre, que ha sido dado, y llamado desde la perpetuidad, la pre-eternidad, y es: el Logos de Dios» (Ap 19:13).

Cuando este término está escrito con la “L” mayúscula alude a Jesús Cristo. Logos significa el desarrollo del pensamiento expresado con la voz propia del lenguaje. Logos también significa causa, razón, motivo, relato, opinión, dicho, discurso, expresión, intelección y tratado. De logos provienen los términos: λογική (lógica) y λογισμοί (los loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía).

En la Iglesia Ortodoxa, Apostólica y Católica, el Logos es la Segunda Persona e Hipóstasis de la Santísima Trinidad. El Logos como principio cósmico unificador, contiene todos los logos, que son los principios, las esencias interiores y los pensamientos de Dios con los cuales todas las cosas se crean y desarrollan en el tiempo y el espacio.

San Juan escoge el término Logos para combinar conceptos, nociones e imágenes que se habían formado en el pensamiento judaico con términos filosóficos de su época provenientes de la filosofía Helénica. Es sabido que en la antigua filosofía helénica, y también en la presocrática, el logos no es la lógica, la razón, sino aquella fuerza que, en el universo, dirige y coloca en armonía la multiplicidad de las cosas creadas en toda la naturaleza. Sobre este concepto se denominó Logos a la Segunda Persona de la Santa Trinidad, como Aquél que expresa la voluntad de Dios, como Aquél que ha creado el mundo.

En los escritos patrísticos, los λογισμós/οί loyismós/i, son los pensamientos simples o compuestos, buenos o malos, unidos a la fantasía, a razonamientos, meditaciones…, a las tendencias conscientes e inconscientes de la psique o a las vivencias en las que actúan todas las fuerzas de la psique. En este último caso tenemos la forma total de los loyismí. Los loyismí entran en la psique y activan los pazos por el siguiente proceso: choque del nus y el loyismós; conversación del nus con él; aceptación por la psique; cautiverio de la psique por el loyismós; deseo, ansia y caída en el pecado, pazos.

 

Psique, Ψυχή psijí alma, ánima:

En el Nuevo Testamento y en los santos Padres, se usa a menudo en lugar de la palabra anzropos, hombre, ser humano (Rm 13, 1). A veces en la Sagrada Escritura significa simplemente la vida (Mt 2, 20; Jn 10, 11; Rm 16, 4). Pero psijí se dice sobre todo del elemento espiritual, no material de nuestra existencia (Mt 10, 28); es uno de los dos componentes de nuestra naturaleza física; el otro es el cuerpo. Es la parte que anima el cuerpo y le da vida; es nuestra naturaleza inmaterial, creada pero eterna, que comprende nuestros aspectos cognitivo, volitivo y afectivo, incluidos tanto el consciente como el inconsciente.

El propósito de la Iglesia es sanar, sanar y salvar (psicoterapiar) la psique-alma; y, así, de enferma hacerla saludable. Σωτηρία (sotiría –sanación, redención y salvación–) proviene de σώος (soos sano, entero, salvado), y significa que el hombre permanece sano, es decir, entero y en plenitud, no separado ni dividido.

La energía de la psique se llama νοερὰ ἐνέργεια (energía noerá). Cuando se encuentra dentro del corazón de la psique del hombre, los santos Padres la denominan νούς (nus) o espíritu humano; pero cuando está y funciona en el cerebro la llaman lógica o διάνοια (diania), inteligencia, intelecto, mente o energía lógica.

 

Nus Νοῦς o νοερά ενέργεια, noerá ο energía espiritual:

Los Padres la usan con varios significados. El verbo de donde proviene es: νοῶ (noó) que quiere decir entender, significar, percibir y concebir. Nοερá ενέργεια (noerá energía) significa la energía humana espiritual, perceptiva y conductiva del corazón espiritual o psicosomático.

El nus constituye la fuerza más alta del hombre, es el principal ojo de la psijí (psique-alma), que cuando está sano ve la Luz divina. El estado natural del nus en el hombre, tal como fue creado por Dios, es la permanencia por medio de la oración y de la alabanza en la memoria de Dios, con la expulsión de los loyismí del corazón. Y esta es exactamente la práctica ascética ortodoxa (la áskisis  ‘`ασκησις): el regreso y permanencia en el  corazón del nus, el cual, por causa de la caída del hombre, se pierde y se esclaviza, se convierte en idólatra o se autodeifica y alaba sus propias creaciones en vez de agradecer y alabar a Dios. El punto culminante de la akisis es la isijía (serenidad mental y paz cordial), a través de la cual se van alcanzando los grados de la zéosis.

Νo debe confundirse el nus con la διάνοια diania, la facultad de formalizar conceptos abstractos para llegar a conclusiones mediante argumentaciones y silogismos.

La diania coopera con la fantasía en la creación de los loyismí compuestos, es como una fantasía del logos, puesto que da forma a las meditaciones sin hipóstasis (base substancial) que se extienden en las opiniones incorrectas y el mal uso de las cosas.

 

Pazos πάθος:

Pasión, padecimiento, o también emoción, hábito, adicción, mala costumbre, vicio, patología, o también fervor, manía u obsesión según el contexto.

En la terminología patrística se llama así a todo movimiento anormal, en el sentido de no natural, de las fuerzas y energías de la psique. Los pazos son fuerzas que con su energía o voluntad han tomado el camino equivocado. Nos referiremos a ellos como pazos negativos.

Muchos Padres Helenos consideran los pazos como males negativos por naturaleza, una enfermedad y defecto de la psique. Otros Padres, sin embargo, los consideran como instintos que Dios sembró en el hombre y que por naturaleza son bienes positivos, aunque pueden deformarse por los pecados. Distinguen así entre los pazos nobles u honestos e indignos o deshonestos. Pazos nobles son el hambre, la sed…; indignos, los ocho pazos capitales: gula, lujuria, avaricia, ira, acedia, pena o aflicción o depresión, soberbia u orgullo y vanagloria. De acuerdo con esta segunda consideración, los pazos deberán reeducarse y no desarraigarse. Es preferible volver a educarlos y transformarlos que oprimirlos, para finalmente usarlos de forma fructífera y no negativa.

El tema de los pazos negativos de la psique es ignorado por muchos, al considerarlos naturales, es decir, elementos congénitos de la φύσις fisis (naturaleza); sin embargo, se trata de situaciones parafísicas (contra naturales, anormales) cuyo punto de partida son los loyismí. Es ciertamente un fenómeno sorprendente que la psique-alma, que es una sustancia noerá (espiritual) bondadosa y creada por Dios «a su imagen y semejanza», adquiera estos pazos tiránicos a causa del mal uso de su libertad.

Todos los pazos negativos nacen de algún pecado que se repite, de manera que una tendencia pecadora compulsiva y adictiva llega a consolidarse en la psique y, que con el tiempo, llega a ser una segunda naturaleza, influyendo así en los pensamientos y las decisiones, dominando la voluntad y sellando todo el estado psíquico.

La palabra pecado es la traducción de la griega αμαρτία (amartía), del antiguo verbo ἀμαρτάνω (amartano) pecar, que es fracasar, errar, fallar el blanco.

Cuando decimos absolución de los pecados principalmente lo debemos de comprender como terapia de los pazos, las patologías, producidos a causa del pecado repetido.

 

Metania, Μετάνοια:

Del verbo μετάνοώ, metá (después de) y noó (comprender, concebir o percibir con el nus (energía o espíritu del corazón). El Nuevo Testamento empieza y acaba con la metania, «…μετανοεῖτε (metanoíte)» que define un tiempo continuo, sin interrupción. «Cambiad de actitudes, conductas y modo de vivir porque la Realeza increada de los Cielos se ha acercado» (Mt 3, 2); y termina con: «y se proclamará en su nombre la mετάνοια (metania), la absolución y perdón de los pecados, faltas y errores en todos los pueblos…» (Lc 24, 47).

Μetania significa arrepentimiento, penitencia, introspección, renovación, cambio, conversión, metamorfosis, renacimiento, despertar espiritual e injerto del Espíritu Santo en el nus; giro del nus, conversión de la conducta del hombre y sobre todo giro, cambio de actitud de la vida en el pecado y en el mal por la vida en Cristo. La metania en la Tradición Ortodoxa no proviene de una percepción psicológica de culpabilidad, sino de la apocálipsis-revelación de la deformación de la psique, apocálipsis-revelación que se manifiesta por la energía increada de la divina Luz en el corazón psicosomático del hombre.

Metania se llama también a uno de los Misterios de nuestra Iglesia Ortodoxa con el cual se facilita la absolución y perdón de los pecados. La metania es confesión, aceptación, arrepentimiento, rectificación, psicoterapia y sanación.

Sólo con la metania un gran ladrón “robó” hasta el paraíso

[1] Cf. Συγκριτικὴ μελέτη μεταφράσεως ὅρων τῆς Ὀρθοδόξου θεολογίας ἀπὸ τὴν ἑλληνικὴ στὴν ἀγγλικὴ γλῶσσα, (Un estudio de los términos ingleses teológicos ortodoxos comparados con el original griego), Monasterio de san Gregorio, Athos, julio 2004

[2] Semilla, germen de verdad que sembró Dios en todos los hombres, en cambio, toda la verdad la dio con el Cristo.

[3] Para los antiguos helenos griegos la hybris era injuria contra la voluntad divina y el orden natural.

Depósito legal: B-51864 – 2004