«

»

feb 08 2014

Logos psicoterapéuticos Yérontas Porfirios el Aghiorita

Yeron Porfirios

 

Cómo afectamos a los demás con nuestros pensamientos 

Dentro de nosotros hay una parte de la psique que se llama eticólogo o moralista.

Este “moralista”, cuando ve alguien que se desvía, él se revoluciona, mientras que muchas veces el que juzga ha cometido la misma desviación. Pero no se mete contra sí mismo sino con el otro. Y esto el Dios no lo quiere.

Dice el Cristo en el Evangelio: “Tú que enseñas a otros y a ti mismo no te enseñas; tu que predicas no robar y robas”. Puede ser que no robamos, pero matamos y hacemos mal al otro y no a nosotros mismos. Decimos: ¡deberías de hacer esto, no lo has hecho y mira lo que te ha pasado! En realidad deseamos que al otro le pase algo malo.

Cuando pensamos mal, entonces realmente puede ocurrir. De una forma misteriosa reducimos del otro la potencia de su energía para ir hacia el bien y le hacemos daño (a lo mejor sin querer). Puede ser que seamos la causa de enfermar al otro, perder su trabajo, su fortuna…

De esta manera no hacemos daño sólo a nuestro prójimo, sino también a nosotros mismos, porque así nos alejamos de la jaris, la energía increada de Dios.

Entonces cuando oramos no somos escuchados.

“Pedimos y no recibimos”

¿Por qué?

¿Lo hemos pensado alguna vez esto? Pedimos mal y debemos encontrar la manera de sanar, terapiar esta tendencia que existe en nuestro interior, sentir y pensar mal y con maldad hacia el otro.

Es posible que uno diga: “de la manera que se comporta tal persona será castigada de Dios”, y que esté creyendo que lo dice sin maldad. Pero, es una cosa muy fina para uno discernir si tiene maldad o no. No se ve claro. Es una cosa misteriosa y secreta que esconde nuestra psique y cómo esto puede a afectar en personas y cosas.

No ocurre lo mismo, si decimos con temor que el otro no vive bien y oramos para que el Dios le ayude y le proporcione metania (arrepentimiento, conversión y confesión), es decir, no decir ni desear en el fondo del corazón que sea castigado por lo que está haciendo.

Entonces no sólo no hacemos mal al prójimo, sino bien también.

Cuando uno biendice y desea bien para su prójimo, una fuerza buena sale de él y va a su hermano, le sana, le fortalece y le vivifica.

Es un misterio cómo se va de nosotros esta fuerza o energía.

Pero, es real, este que tiene en su interior el bien manda su energía buena a los demás mística y suavemente.

Manda a su prójimo luz que crea un círculo de protección alrededor y le protege del mal.

Cuando para el otro tenemos buena y bondadosa disposición y oramos por él, sanamos, terapiamos al hermano y le ayudamos para ir hacia el Dios.

 

El buen loyismós (pensamiento, reflexión, idea)

El buen loyismós, de acuerdo con los Santos Padres, es fuerza y energía previsora, curativa y terapéutica. El que nos hace una injusticia es hermano nuestro que le ha apresado el “contrario”, el astuto maligno. El Yérontas Porfirios enseñaba que debemos verlos a todos como sanos y santos. Debe en nuestro interior, la fábrica de nuestra psique, fabricar “cálices, griales” y no balas, nos enseña el otro santo contemporáneo Yérontas Paísios.

Un loyismós caritativo, cariñoso y perdonador tiene un valor enorme. Trae la Divina Jaris (energía increada), que es el todo para nuestra psique. Expulsa la antipatía, el resentimiento, el enojo y el odio, que van a brotar cuando alguien nos va perjudicar y ser injusto con nosotros. Trae paz, serenidad y descanso a la psique atribulada y atormentada. El Yérontas Porfirios enseñaba: “Cuando alguien nos es injusto de cualquier forma, con calumnias, insultos y ataques, tenemos que pensar que es nuestro hermano que le ha captado el contrario (diablo). Ha caído víctima de él. Por eso, si nos enfadamos contra él, entonces el contrario saltará en nosotros y estará jugando con los dos.

El que juzga y condena a los demás, no ama a Cristo. La culpa es del egoísmo. De allí empieza el juicio condena… Sentir la maldad del otro como una enfermedad que le tortura y le hace sufrir y no puede liberarse. Por eso tenemos que ver a nuestros hermanos con simpatía y tratarlos con amabilidad diciendo en nuestro interior con sinceridad la monóloga oración “Señor Jesús Cristo, eleison-nos”, para así fortalecer con la divina jaris (energía increada) nuestra psique y no juzgar condenando a nadie. Todos tenemos que verlos como sanos y santos. Todos llevamos en nuestro interior el mismo hombre viejo.

Si tu hermano te molesta y te agobia, decía el Yérontas, piensa que: ahora me duele el ojo, la mano, el pie, debo cuidarlo con todo mi amor y cariño. (Ver 1ª Cor 1.12-21). Y no pensar nunca que vamos a ser recompensados por el supuesto bien, ni que seremos castigados por algunos males que hemos cometido. Llegas al reconocimiento de la verdad, cuando amas con la agapi (amor desinteresado) de Cristo. Entonces no buscarás que te amen, esto es malo. Depende de nosotros para salvarnos. El Dios lo quiere. Tal como dice la Santa Escritura: “…todos quiere que sean salvos y vengan al reconocimiento de la verdad” (1ªTim 2,4).

A creer que todos son buenos. Esto es humildad. No creer el mal y negativo que escuchamos para los demás. Si quieres filosofear, meditar, echa toda la culpa en tu mal carácter y así siempre estarás convirtiéndote en humilde. Todos tienes que amarlos y no pensar mal y negativamente para nadie y orar para todos. No te hace falta otra filosofía.

 

«Βίος καὶ Λόγοι», Vida y logos

Una monja que quería mucho orden, muy enfadada e indignada, dijo a su Yérontas (anciano guía experimetado, en este caso, Porfirios):

-Tal hermana nos revoluciona el monasterio con sus dificultades y su carácter. No podemos soportarla.

Y el Yérontas contestó:

-Tú eres peor que ella.

La monja al principio reaccionó y se sorprendió, pero después de las explicaciones del Yérontas entendió y se agradó mucho. El Yérontas la dijo:

-Mientras aquella la conquista el espíritu malo y se comporta mal, esto te conquista también a ti que supuestamente estás en mejor estado que ella, y juega con las dos.

La hermana llega a esta situación sin quererlo, pero tú también con tu reacción y la falta de tu agapi haces lo mismo. Así que ella no se beneficia y tú te perjudicas.

 

Cuando vemos a nuestros prójimos no amar a Dios, nos entristecemos. 

Con silencio, aceptación, tolerancia y oración beneficiamos al otro místicamente, secretamente.

Cuando vemos a nuestros prójimos no amar a Dios, nos entristecemos. Con la tristeza no hemos hecho absolutamente nada. Ni con los buenos consejos. Esto tampoco es correcto. Hay un secreto, si llegamos a entenderlo, ayudaremos. El secreto es nuestra oración y nuestra dedicación a Dios, de modo que Dios actúe, energice su jaris (energía increada). Nosotros con nuestra agapi=amor desinteresado, con nuestro anhelo a la agapi (amor, energía increadα) de Dios, de modo que bañe a los demás y los que están cerca de nosotros a despertarlos y excitarlos hacia el divino eros=amor. O más bien, el Dios mandará Su agapi para despertarlos todos. Lo que nosotros no podemos, lo hará Su jaris increada.

Con nuestras oraciones haremos dignos a todos de la agapi de Dios.

 

No guerreamos el mal. Nos dirigimos hacia Cristo.

El Yéronas enseñaba que, para sanarse el hombre, debe dirigir su fuerza o energía, la que ha metido Dios en su psique, hacia el bien, hacia Cristo. No debemos ocuparnos  con “las espinas” de nuestro jardín psíquico, pero sólo de las flores. El mejor tratamiento del mal es el desprecio. Si es posible olvidarlo totalmente hasta su misma existencia; no querer saber nada, ni siquiera como “noticia” simple.  No hace falta… que os ocupéis de las espinas. No os ocupéis de la persecución del mal. Así nos quiere el Cristo, que no nos preocupemos de los pazos y con el contrario (el demonio). Dirigir el agua, es decir, con toda la fuerza y energía de vuestra psique hacia las flores y estaréis disfrutando de la belleza, la fragancia y la frescura de ellas.

El mal, según la enseñanza del Yérontas, no lo guerreamos directamente, no lo resistimos cara a cara, pero lo despreciamos.`La “vista” hacia el Cristo, nos hace caminar por encima de las “olas” de los pazos y no hundirnos en ellos. Decía que: No os hacéis santos persiguiendo el mal. Dejad el mal. Mirar hacia el Cristo y él os sanará y salvará. En vez de estar fuera de la puerta expulsando el enemigo, despreciadlo. ¿Viene el mal de allí? Dejaos de manera suave y sencilla por acá. Es decir, el mal viene a atacaros, vosotros entregad vuestra fuerza y energía interior al bien, a Cristo. Rogad con contacto consciente al corazón: “Señor Jesús Cristo, eleisón-nos”. Él sabe como y de que manera os ayudará. Y cuando os llenéis del bien, no os dirigís más hacia el mal. Haceos buenos solos con la jaris increada de Dios. Entonces, ¿dónde va a encontrar sitio el mal? ¡Desaparece!

Decía el Yérontas: los pazos desaparecen cuando el Cristo entra al corazón del hombre. Entonces se supera el miedo a la muerte. El hombre que entra en la tumba de la metania (conversión, arrepentimiento y confesión) y de la humildad con Cristo, éste también co-resucita con Él. Entonces puede sostener que “ha visto” verdaderamente la Resurrección de Cristo dentro de su existencia. Entonces lo “La Resurrección de Cristo hemos contemplado” (tropario de la Pascua) se convierte en vivencia personal. Entonces el hombre a través de divino eros=amor “pisotea la muerte”, esto ocurre porque ve a Cristo y a su prójimo ya no como “amenaza”, sino como “hermano” y como “amigo”. Decía el resucitado Yérontas: “Cuando entra al corazón el Cristo, los pazos desaparecen”. No puedes insultar, ni odiar, ni vengar, ni, ni, ni…¿Dónde se encontrarán los odios, las antipatías, los juicios, las angustias, los egoísmos, las depresiones, etc? Domina el Cristo. Y el anhelo de la luz increada sin crepúsculo. Este anhelo te hace sentir que la muerte es un puente que lo pasarás en un momento, para continuar en la vida de Cristo.

Enseñaba que no hace falta cansancio para lo bueno. Basta que nos dirijamos a Cristo y viene inmediatamente Su jaris (energía increada). La apertura continua de nuestra existencia hacia el Cristo Dios, con esto basta para que venga Aquel que nos ama infinitamente; cuando viene, nos inunda incansablemente con Su jaris (energía increada). Decía el querido Yérontas: Todo en Cristo es posible. ¿Dónde está el esfuerzo y cansancio para convertirte en bueno? Las cosas son muy sencillas. Llamad a Dios y Él cambiará las cosas hacia el bien. Si entregáis vuestro corazón a Él, no quedarán márgenes para otras cosas. Cuando os revestís a Cristo, no haréis ningún esfuerzo para la virtud. Aquel os la dará. ¿Os viene fobia y frustración? Dirigíos a Cristo. Dirigíos a Cristo sencillamente, humildemente y sin requisitos y el mismo os librará. Dirigiros hacia el Cristo Dios y decir con humildad y esperanza como el apóstol Pablo: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Rom 7,24». Os moveréis, pues, hacia el Cristo Dios y Aquel vendrá enseguida. Inmediatamente energizará, actuará Su jaris (gracia, energía increada).

Exhortaba que, no debemos pensar en nuestros pazos y debilidades. Los pazos y los distintos pecados no deben ocupar nuestro pensamiento. El mal no lo guerreamos directamente con loyismí (pensamientos, reflexiones) contrarios, lo despreciamos. No nos “interesa” espiritualmente perder tiempo en pensamientos y reflexiones que tarde o temprano nos “ahogarán” si no los despreciamos dedicados a la oración y al Divino eros=amor. Las debilidades y los pazos se irán por sí solos, cuando hayamos amado verdaderamente a nuestro Cristo Dios.

Decía el Yérontas: El propósito es que viváis, estudiéis y oréis para que progreséis en la agapi de Cristo, en la agapi de la Iglesia. Esto es lo sano, santo y bello que goza y libera la psique de cualquier mal, el intento de uno unirse con Cristo. Amar a Cristo, anhelar a Cristo y vivir en Cristo, como el apóstol Pablo que decía: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gal 2,20). Esto que sea nuestro objetivo. Los otros intentos deben ser ocultos, místicos. Aquello que debe predominar es la agapi a Cristo Dios. Esto debe existir dentro al cerebro, al pensamiento, a la fantasía, al corazón y a la voluntad. Este intento que sea lo más intenso: cómo encontraréis a Cristo Dios, cómo os uniréis junto a Él y cómo Le introduciréis en vuestro interior. Las debilidades dejarlas todas, para que el espíritu opuesto no tenga ninguna noticia que pueda captaros, inmovilizaros y meteros en preocupaciones, tristezas y aflicciones.

Decía también el níptico Yérontas: El esfuerzo que necesitamos hacer es que intentemos a entender y hacer nuestras las cosas que estudiamos. Cuando amas a Cristo, te esfuerzas, pero este esfuerzo es bendito, sufres pero con alegría. Haces penitencias, y oras, porque esto es un anhelo, anhelo divino… Hace falta atención e intento para comprender uno lo que estudia y apropiarse de ello. Este es el esfuerzo que debe hacer el hombre».

 

No se separa la agapi a Cristo con la agapi al hombre 

No se separa la agapi a Cristo con la agapi al hombre, por eso san Juan el evangelista, dice: el que sostiene que ama a Cristo y no ama a su hermano, es matador del hombre y mentiroso. Porque no es posible amar a Cristo y no amar al hombre o los hombres.

San Simeón el nuevo Teólogo, dice que, si crees que amas a todos los hombres y tienes enemistad o antipatía o alguna distancia o algunas dudas sobre algún hombre y solamente hacia uno, esto significa que si los otros te dan las correspondientes causas, te comportarás igual. Entonces la agapi hacia Cristo y la agapi hacia el hombre son deficitarias, no es agapi correcta.
Γέροντος Πορφυρίου,

ΒΙΟΣ ΚΑΙ ΛΟΓΟΙ 

Traducido por: χΧ jJ

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*