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Dic 21 2023

Logos sobre la educación de los hijos San Porfirio el Kafsokalivita

Λόγοι περί της αγωγής των παιδιών

Αγίου Πορφυρίου Καυσοκαλυβίτου – Βίος και Λόγοι

Logos sobre la educación de los hijos

San Porfirio el Kafsokalivita – Vida y Logos

 

  1. La educación de los hijos comienza desde el momento de su concepción.

La educación de los hijos comienza desde el momento de su concepción. El feto escucha y siente dentro del vientre de su madre. Sí, escucha y ve a través de los ojos de su madre. Percibe los movimientos y las emociones de ella, aunque su mente y espíritu aún no estén desarrollados. Se oscurece el rostro de la madre, también se oscurece el suyo. Si la madre está nerviosa, él también lo está. Todo lo que siente la madre, tristeza, dolor, miedo, ansiedad, etc., él lo experimenta también. Si la madre no desea al feto, si no lo ama, él lo siente, y se generan traumas en su psique-alma que lo acompañarán toda su vida. Lo contrario ocurre con los sentimientos sagrados, divinos de la madre. Cuando tiene alegría, paz y amor por el embrión, se los transmite secretamente, como sucede con los hijos nacidos.

Por eso, la madre debe orar mucho durante el período de embarazo y amar al embrión, acariciar su vientre, leer salmos, cantar troparios (cánticos ortodoxos) y llevar una vida santa. Esto incluso es para su propio beneficio, pero ella hace también sacrificios por el bien del embrión, para que el hijo se vuelva más santo, adquiriendo desde el principio fundamentos sagrados. ¿Han visto lo delicado que es para una mujer gestar y conllevar a un niño? ¡Cuánta responsabilidad y honor!

Os contaré algo relacionado con otros seres inanimados e irracionales y lo entenderán un poco. En Estados Unidos, hacen experimentos de la siguiente manera: en dos habitaciones idénticas, con las mismas temperaturas, riego y suelo, plantan flores. Sin embargo, hay una diferencia. En una habitación, ponen música suave y agradable. ¿El resultado? ¡Admirable! Las flores de esta habitación presentan una diferencia enorme en comparación con las otras. Tienen más vitalidad, sus colores son más hermosos y su crecimiento es incomparablemente mayor.

  1. Lo que salva y crea hijos buenos es la vida de los padres en el hogar.

Lo que salva y crea hijos buenos es la vida de los padres en el hogar. Los padres deben entregarse al amor de Dios. Deben convertirse en santos cerca de los hijos con su gentileza, paciencia, apacibilidad y amor. Deben poner cada día un nuevo enfoque, un nuevo estado de ánimo, entusiasmo y amor en los hijos. Y la alegría que les vendrá, la santidad que los habrá visitado, se extenderá a los hijos la divina energía χάρις jaris gracia. Para el mal comportamiento de los hijos, generalmente los padres son responsables. Ni los consejos, ni la disciplina, ni la severidad los salvan. Si los padres no se santifican, si no luchan, cometen grandes errores y transmiten el mal que tienen dentro de ellos. Si los padres no llevan una vida santa, si no hablan con amor, el Diablo fastidia, atormenta y hace sufrir a los padres con las reacciones de los hijos. El amor, la armonía y la buena comunicación, conexión entre los padres es lo que los hijos necesitan. Gran seguridad y certeza.

Los comportamientos de los hijos están directamente relacionados con la situación de los padres. Cuando los hijos o niños son heridos por el mal comportamiento entre sus padres, pierden las fuerzas y el deseo de avanzar en el progreso. Se edifican mal y la construcción de sus psiques-almas está en peligro de derrumbarse en cualquier momento. Permítanme contarles dos ejemplos.

Habían venido dos hermanitas a verme, y una de ellas tenía experiencias muy desagradables y me preguntaban a qué se debían. Y les dije:

-Es de la casa, es de vuestros padres.

Y mientras «veía» a una de ellas, dije:

-Tú todas estas cosas las has heredado de tu madre.

-Y sin embargo, ella dice, nuestros padres son personas tan perfectas. Son cristianos, se confiesan, comulgan, diría que vivimos inmersos en la Religión. Al no ser… que sea culpa de la Religión, responde ella.

Les digo:

-No creo nada de lo que me dicen. Solo «veo» una cosa. Vuestros padres no viven la alegría de Cristo.

Sobre esto, la otra dijo:

-Escucha, María. Tiene razón el papulis ancianito o abuelito (nombre cariñoso a un ancianito sabio e iluminado). Nuestros padres van al guía espiritual, al confesor, a la Comunión Divina, sí… Pero, ¿alguna vez tuvimos paz en casa? Papá siempre refunfuña, riñe y se queja con mamá. Siempre uno de ellos no comía, otro no quería ir a algún lugar juntos. Entonces, el ancianito o abuelito tiene razón.

Le pregunto: ¿Cómo se llama tu padre?

Me lo dijo.

-¿Cómo se llama tu madre?

Me lo dijo.

-Bueno, digo, en tu interior no te llevas bien con tu madre.

Ahora escúchame, por favor. En el momento en que me decían el nombre, «veía» al padre, «veía» su psique-alma. En el momento en que me decían el nombre de la madre, «veía» a la madre y «veía» cómo la hija miraba a su madre.

(¡El santo yérontas Porfirio «veía» o “proveía” en Espíritu Santo proféticamente!)

Otro día, vino una madre con su hija y me visitaron. Estaba triste. Lloraba con sollozos. Se sentía muy infeliz y desgraciada.

-¿Qué tienes, qué te pasa? le pregunto.

-Estoy desesperada con mi hija mayor, que echó a su esposo de la casa y nos engañaba diciendo muchas mentiras.

-¿Qué mentiras? le pregunté.

-Hace tiempo echó a su esposo de la casa y no nos dijo nada. Le preguntábamos por teléfono: ‘¿Cómo está Stelios?’ ‘Bien, nos respondía, en este momento ha ido a comprar el periódico’. Cada vez encontraba una excusa para que no sospecháramos nada. Esto duró dos años. Nos lo ocultaba, que lo había echado. Hace unos días lo supimos de él mismo, que casualmente nos encontramos con él.

Entonces le digo:

-Tú y tu marido son los culpables, y más tú.

-¡Yo! que tanto amaba a mis hijos, que no salía de la cocina, que no tenía vida personal, que los conducía a Dios y a la Iglesia, que los aconsejaba para su bien. ¿Cómo es que soy culpable?

Me dirigí a la otra hija, que estaba presente:

-Tú, ¿qué dices?

-Sí, mamá. El papulis ancianito (anciano sabio en plan cariñoso) tiene razón. Nunca, pero nunca comimos tranquilos en paz, ni disfrutamos de nada debido a las peleas que tenías con papá.

-¿Ves que tengo razón? Ustedes son los culpables, ustedes lastiman y crean traumas a los hijos o  niños. No son ellos los culpables, pero sufren las consecuencias.

Se crea una situación en la psique-alma de los hijos debido a sus padres, que deja huellas en ellos para toda la vida. Su comportamiento en la vida posterior, su relación con los demás, tienen una dependencia directa de las experiencias que llevan de su infancia. Crecen, estudian, se forman, pero en el fondo no cambian. Esto se ve incluso en los pequeños acontecimientos de la vida. Por ejemplo, te sucede tienes ansia o glotonería, antojo, quieres comer. Tomas, comes, ves algo más, lo quieres también, quieres más y más. Sientes que tienes hambre, un antojo que si no comes, te da una ansiedad, un temblor. Tienes miedo de que vas adelgazar y enfermar. Es algo psicológico, que tiene explicación. Puede ser, por ejemplo, que no conocieras a tu padre, que no conocieras a tu madre, que estés privado y hambriento, pobre y débil. Y esto que es un hecho espiritual se refleja y se manifiesta automáticamente como una debilidad del cuerpo.

En la familia, hay una gran parte de la responsabilidad de la situación espiritual de la persona. Para liberar a los hijos de varios problemas internos, no son suficientes los consejos, las coacciones o imposiciones, la lógica o razón y las amenazas (o moralismo seco racional sin jaris)). Probablemente empeoran las cosas. La corrección se logra con la (praxis, acción) de santificación de los padres. Hazte santo (ten la jaris) y no tendrás ningún problema con tus hijos. La santidad de los padres libera a los hijos de los problemas. Los hijos quieren cerca de ellos personas santas, con mucho amor, que no los aterren ni se limitarán en la enseñanza, sino que den un ejemplo santo y oración. Los padres deben orar en silencio y con las manos levantadas hacia Cristo, y abrazar a sus hijos en secreto, místicamente. Y cuando hagan travesuras, tomen algunas medidas educativas, pero no los presionen. Sobre todo, oren.

Muchas veces, los padres, y especialmente la madre, lastiman al hijo por un desorden que hizo y lo regañan injustamente. Entonces el hijo se lastima. Incluso si no lo regañas externamente, pero lo regañas internamente, te enojas o lo miras mal de manera salvaje, el niño lo entiende. Piensa que su madre no lo ama. Pregunta a la madre:

-¿Me amas, mamá?

-Sí, hijo mío.

Pero eso no lo convence. Ha sido herido. La madre lo ama, después lo acariciará, pero él inclinará la cabeza hacia atrás no cede. No acepta la caricia, lo considera hipocresía, porque se ha sentido herido.

  1. La sobreprotección deja inmaduros a los hijos.

Otro factor que perjudica a los hijos es la sobreprotección, es decir, el cuidado excesivo, la exagerada preocupación, la ansiedad y el estrés de los padres. Escuchad un incidente.

Una madre se quejaba de que su hijo de cinco años no obedecía. Yo la decía: «Es tu culpa», pero no lo entendía. Una vez fuimos con esta madre a dar un paseo por el mar en su automóvil. Tenía consigo al niño. En un momento, el pequeño se soltó de su mano y corrió hacia el mar. Había incluso un montón de arena y desde la parte trasera de éste se extendía abruptamente el mar. La madre se angustió, estaba lista para gritar, correr, porque vio al niño en la cima del montón de arena con los brazos extendidos haciendo equilibrio. Yo la tranquilicé, le dije que volviera su espalda hacia el niño y lo observara un poco de lado, de reojo. Cuando el niño se cansó de provocar a su madre, para asustarla y hacerla gritar como de costumbre, bajó tranquilamente y se acercó a nosotros. ¡Eso fue todo! Entonces la madre aprendió la lección de la crianza adecuada.

Otra madre se quejaba de su hijo único que no comía todas las comidas y especialmente el yogur. El niño tendría alrededor de tres años y fastidiaba y molestaba la madre todos los días. Le dije:

«Harás lo siguiente. Vaciarás la nevera de todos los alimentos. La llenarás con una cantidad específica de yogur. Los padres tendréis que fastidiarse durante algunos días. Cuándo es hora de comer, darás a Petros-Pedro yogur. No lo comerá. Por la noche lo mismo, al día siguiente lo mismo. Bueno, después tendrá hambre, probará algo. Llorará, gritará. Lo sufrirán. Después lo comerá con gusto».

Así sucedió y el yogur se convirtió en la mejor comida para Petros.

No son difíciles estas cosas. Y, sin embargo, muchas madres no lo logran y dan una educación muy negativa a sus hijos. Las madres que se sientan constantemente encima de sus hijos y los presionan y los aplastan, es decir, los sobreprotegen, han fracasado en su tarea. Debes dejar al hijo solo para que se preocupe por su propio progreso. Entonces tendrás éxito. Cuando te sientas constantemente encima de ellos, los hijos reaccionan. Desarrollan pereza, desgana, apatía, debilidad y generalmente fracasan en la vida. Es una especie de sobreprotección que deja a los hijos inmaduros.

Hace unos días vino desesperada una madre por los continuos fracasos de su hijo en los exámenes de ingreso a la universidad. Un estudiante sobresaliente en la escuela primaria, sobresaliente en la secundaria, sobresaliente en la preparatoria. Luego, fracasos, falta de interés del hijo y reacciones extrañas.

«Tú eres la culpable», le dije a la madre, y eres también formada con estudios. ¿Qué haría el hijo? Presión, presión, presión todo el tiempo, todos los años, «sé el primero, no nos avergüences, conviértete en alguien grande en la sociedad…». Ahora lo ha dado una patada a todo, ha rechazado todo, no quiere nada. Debes detener esta opresión y la sobreprotección y verás que el hijo entonces se equilibrará. Entonces avanzará cuando lo dejes libre.

  1. El hijo quiere tener cerca a personas de oración ferviente.

El hijo quiere tener cerca a personas de oración ferviente. No es suficiente que la madre le dé caricias sensibles, perceptibles, sino que también debe ofrecerle al mismo tiempo la caricia de la oración. El hijo siente en lo más profundo de su psique-alma la caricia espiritual que envía su madre secretamente, místicamente y es atraído hacia ella. El hijo experimenta y siente seguridad y certeza cuando su madre, con oraciones constantes, persistentes y cálidas, abraza secretamente al hijo y lo libera de lo que le oprime y aprieta.

Las madres saben cómo preocuparse, aconsejar y decir muchas cosas, pero no aprendieron a orar. Muchos consejos, indicaciones y sugerencias hacen mucho daño. No muchas palabras a los hijos y los  niños. Las palabras golpean los oídos, mientras que la oración va al corazón. Se necesita oración, con fe, sin ansiedad, pero también un buen ejemplo.

Un día vino aquí al Monasterio una madre desesperada por su hijo, Georgios/Jorge. Estaba muy «confundido». Volvía tarde por la noche con compañías no buenas. Su situación empeoraba cada día. Ansiedad, llantos y lágrimas de la madre.

Le digo:

-No digas nada, tú solo oración.

Establecimos a las diez y cuarto de la noche una hora común de oración. Le dije que no hable y deje que su hijo haga lo que quiera, que no pregunte «¿a qué hora viniste?» etc., sino que le diga así, con mucho amor: «Come, Georgios mío, en la nevera tenemos comida». Y que no le diga nada más. En general, que lo trate con amor y que no deje la oración.

La madre comenzó a aplicar esto, pasaron alrededor de veinte días y le dice:

-«Madre, ¿por qué no me hablas?

-Georgios mío, ¿cómo que no te hablo?

-«Madre, te pasa algo conmigo. No me hablas».

-Es algo extraño lo que me dices, Georgios. ¿Cómo que no te estoy hablando? Mira, ahora mismo te estoy hablando. ¿Qué quieres que te diga?

-Y Georgios no le respondió. Luego la madre vino al Monasterio y me dice:

«Yéronta, ¡hay que ver lo que me dijo el niño!»

¡Nuestro método tuvo éxito, ha triunfado! ¿Qué método? , le digo;

-Lo que te dije, no le hables, solo ora secretamente y el hijo se volverá en sí, en su sano juicio y se corregirá.

¿Crees que es eso?

Eso es, le digo. Quiere que le preguntes y le llames la atención: «¿Dónde estabas, qué estabas haciendo?». Y él debe gritar, reaccionar y venir aún más tarde.

-¡Oh, Dios mío! dice. ¡Cuántos misterios escondidos hay!

-¿Lo entendiste? Ya que te está hablando la situación, los hechos. Ahora te habla bien y está mejor. Él te atormentaba porque quería pelear contigo, para hacer sus travesuras. No lo regañas, ni lo reprimes y se siente triste. En lugar de sentirte triste tú cuando él hace sus cosas, ahora, que tú no te sientes triste y demuestras indiferencia, él se siente triste.

Un día, Georgios les anunció en casa que se iba, dejaba su trabajo e iba a Canadá. Les dijo a sus jefes: «Me voy, encuentra a alguien más para reemplazarme en este trabajo».

Yo, mientras tanto, les dije a los padres:

-Nosotros haremos oración.

-Pero él está listo… ¡Lo cogeré del cuello!», dice el padre.

-No, no lo molestes, le digo.

-Pero se va mi hijo, Yéronta.

-Déjalo ir, le digo. Ustedes dedíquense a la oración y yo también oraré con ustedes.

Después de dos o tres días, era domingo por la mañana, Georgios les dice:

-Me voy, iré con mis amigos.

-Bien, como quieras, le dicen.

Se fue. Tomó a sus amigos, dos chicas y dos chicos, alquilaron un auto y se fueron a la Jalkida capital de la isla Évia (de donde es san Porfirio). Fueron de aquí para allá… Luego fueron a San Juan el Ruso y de allí se dirigieron a Mantoudi, Santa Ana, más allá a Vasiliká. También fueron y se bañaron en el Mar Egeo, comieron, bebieron, se divirtieron. Luego tomaron el camino de regreso. Ya era de noche. Georgios conducía. Allí, en Santa Ana, el automóvil golpeó el codo de una casa. Lo chocaron. ¿Qué iban a hacer ahora? Lo levantaron era de noche y poco a poco lo trajeron a Atenas.

Llegó de madrugada a casa. Sus padres no le dijeron nada. Él se desplomó y se durmió. Después de dormir, se levantó y dijo:

Padre, esto y aquello… Ahora tenemos que arreglar el auto y cuesta mucho dinero.

El padre le dijo:

-Hijo mío, tú sabes. Tengo deudas, tengo a tus hermanas… ¿Qué haremos?».

-¿Qué puedo hacer, padre?

-Haz lo que quieras. Eres mayor, tienes cerebro. Ve a Canadá a ganar dinero, ve a donde quieras, a…

-No puedo, le dice. Tenemos que arreglarlo ahora.

-No sé, le dice. Arregla eso.

Entonces, al ver al padre así, se marchó. Fue y encontró a su jefe y le dijo:

-Jefe, esto y aquello me pasó. No me iré, me quedo. No tomes a otro a trabajar.

Le dice el jefe:

-Bueno, bien, hijo mío.

-Sí, pero necesito dinero.

-Sí, pero tú quieres irte. Tu padre debe firmarme.

-Yo te firmaré. Mi padre no se mezcla. Me lo dijo. Yo trabajaré y te daré el dinero.

¿No es esto un milagro de Dios? Cuando volvió, la madre, le dije:

-Tuviste éxito con la forma en que lo manejaste y nuestra oración fue escuchada por Dios. Y el accidente fue de Dios y ahora el hijo se quedará en casa y se corregirá.

Así fue con nuestra oración. Se hizo el milagro. Oración, ayuno y silencio, y los padres lo lograron y triunfaron. Después de un tiempo, vino el hijo y me encontró, sin que ninguno de los suyos le dijera algo. Georgios se volvió muy bueno y ahora está en la Fuerza Aérea. También formó una hermosa familia.

  1. Mucha oración y pocas palabras a los hijos.

Todo proviene de la oración, el silencio y la agapi amor desinteresado. ¿Habéis entendido los resultados de la oración? La agapi-amor en la oración, el amor en Cristo. Esto beneficia realmente. Cuanto más ames a los hijos con el amor humano, que a menudo es patológico, más se confundirán y su comportamiento será negativo. Pero cuando tu amor sea cristiano y sagrado, tanto entre ustedes y los hijos, entonces no tendréis ningún problema. La santidad y la jaris de los padres salvan a los hijos. Para que esto se realice, la jaris gracia divina debe influir en las psiques-almas de los padres. Nadie se santifica solo. La misma divina energía jaris luego iluminará, calentará y dará vida a las psiques-almas de los hijos.

Muchas veces me llaman desde el extranjero y me preguntan sobre sus hijos y otros temas. Hoy me ha llamado una madre desde Milán, Italia  y me preguntó cómo debe comportarse con sus hijos. Le dije lo siguiente:

«Ora, y cuando sea necesario, habla a los hijos con agapi-amor y cariño. Es mejor hacer mucha oración y pocas palabras por todos. No debemos hacernos molestos, pero oremos místicamente, en secreto y luego hablar y conversar con ellos, y Dios nos irá confirmando en nuestro interior si nuestra homilía, conversación o nuestras palabras son aceptadas por los demás. Si no es así cortemos, no hablaremos de nuevo. Solo oraremos místicamente, en secreto. Porque al hablar, nos volvemos molestos y hacemos que los demás reaccionen y, a veces, se molesten, se enfaden y se rabien. Por eso es mejor que uno diga las cosas en secreto en el corazón de los demás a través de la oración secreta, mística y cordial, en vez en sus orejas u oídos.

»Escucha, déjame decirte: ora y luego habla. Así debes hacer con tus hijos. Si constantemente les das consejos, te volverás aburrida y, cuando crezcan, estarán sintiendo una especie de opresión. Por lo tanto, que prefieras la oración. Háblales con oración. Diga las cosas a Dios y Dios les estará hablando en el interior de ellos. Es decir, no debes aconsejar a tus hijos así, con una voz que puedan escuchar sus oídos u orejas. Puedes hacer también esto, pero sobre todo debes hablar por tus hijos a Dios. Que digas: «Señor Jesús Cristo, ilumina a mis hijos. Te los encomiendo. Tú me los diste, pero yo soy débil, no puedo guiarlos; por eso, te ruego, ilumínalos». Y Dios les hablará e irán pensando y diciendo: “¡Oh, no debería entristecer o fastidiar a mi madre con esto que he hecho!” Y esto sale desde el interior de ellos por la energía divina jaris gracia de Dios.»

Eso es lo perfecto. Que la madre hable con Dios y Dios estará hablando al hijo. Si no sucede así, di, di, di… todo «por el oído», al final se convierte en una especie de opresión (o de rayadura, “no rayes” como dicen, ellos). Y cuando el hijo crece, comienza a reaccionar, es decir, empieza a vengarse, de alguna manera, de su padre, su madre que lo oprimieron. Mientras que uno es lo perfecto: que la oración sea agapi-amor en Cristo y la santidad de los padres. La radiación de la jaris, santidad y no del esfuerzo humano hace que los hijos estén bien. (Santidad es que los padres estén en el camino de la Jaris y la busquen evitando lo que la quita y obstruye)

Cuando los hijos están heridos, afectados y trastornados por un problema grave, no te afectes ni te enojes si reaccionan y dicen cosas feas, desagradables. En realidad, no lo quieren, pero no pueden hacerlo de otra manera en momentos difíciles. Después se arrepienten. Pero si te irritas y te enojas, te vuelves uno con el Maligno y él entra en juego y os manipula y revoletea a todos.

  1. La santidad de los padres es la mejor educación en el Señor.

Debemos ver a Dios en el rostro de los hijos y darles la agapi-amor de Dios. También los hijos deben aprender a orar. Para que los hijos oren, deben tener la sangre de padres que oran. Aquí es donde algunos fallan y dicen: si los padres oran, son piadosos, estudian las Sagradas Escrituras y han criado a los hijos “en la disciplina y en la instrucción del Señor” (Efesios 6:4), entonces naturalmente los hijos serán buenos». Sin embargo, vemos resultados opuestos debido a la opresión y el agobio a los hijos.

No es suficiente que los padres sean piadosos. No deben agobiar y oprimir a los hijos para hacerlos buenos por la fuerza. Es posible que expulsemos y alejemos a los hijos de Cristo cuando seguimos las cosas religiosas y espirituales de la Ortodoxia con egoísmo. Los hijos no quieren opresión ni agobio. No los obliguéis que os sigan a la Iglesia. Podéis decir: «Quien quiera puede venir conmigo ahora o más tarde». Dejad que Dios hable a sus psiques-almas. La causa de que algunos hijos de padres piadosos, cuando crecen y son mayores, se vuelvan desobedientes, rebeldes y abandonen la Iglesia y todo y corren a buscar satisfacción en otros lugares, es ese agobio, esa presión ejercida por los «buenos» padres. Los supuestos padres «piadosos» que se esforzaron por hacer de sus hijos «buenos cristianos», con este amor humano, los agobiaron, los oprimieron y ocurrió lo contrario. Se sienten oprimidos cuando son pequeños, y cuando tienen dieciséis, diecisiete u dieciocho años, reaccionan y llegan al resultado contrario. Comienzan por reacción a frecuentar con malas compañías y a decir cosas necias y palabras feas.

En cambio, cuando se desarrollan en libertad, viendo al mismo tiempo el buen ejemplo de los mayores, nos alegramos al verlos. Ese es el secreto, ser bueno, ser santo, tener la jaris para inspirar e irradiar. La vida de los hijos se que es influenciada por la radiación de los padres. Los padres insisten: «Ve a confesarte, ve a comulgar, ve a hacer esto…». Pero nada sucede. Mientras te ven a ti, lo que vives, eso es lo que irradias. Cristo irradia en tu interior; eso va a tu hijo. Ahí está el secreto. Y si eso sucede, cuando el hijo es pequeño, no necesitará esforzarse mucho cuando crezca. Sobre este tema exactamente, el sabio Salomón utiliza una hermosa imagen, enfatizando la importancia de un buen comienzo y una buena base. Dice en un versículo: “Aquel que, al despuntar el día o desde el amanecer, desde los primeros destellos de su vida se acerca a la sabiduría (divina), no se fatigará, porque ella erigirá su trono en las puertas de su hogar y tendrá el consuelo de él” (Proverbios 6:14). «Al despuntar el día o desde el amanecer» es el compromiso desde una edad temprana con ella, la sabiduría. La sabiduría es Cristo.

Cuando los padres son santos, poseen la divina jaris y transmiten esto a sus hijos, y los educan en el Señor, entonces el hijo, a pesar de las malas influencias del entorno, no se ve afectado, porque «junto a la puerta» se encontrará la Sabiduría divina, el Cristo. No se esforzará por obtenerla. Parece muy difícil  hacerse y ser bueno, pero en realidad es muy fácil cuando comienzas desde pequeño con buenas experiencias. Al crecer no necesitas esforzarte, tienes el bien dentro de ti, lo vives. No te esfuerzas, lo has vivido, es tu fortuna, tu patrimonio, que lo conservas, si prestas atención, durante toda tu vida.

  1. Con la oración y la santidad los maestros, pueden ayudar a los hijos en la escuela.

Lo que sucede con los padres también puede suceder con los educadores, los maestros. Con la oración y la santidad, pueden ayudar a los hijos en la escuela. La divina energía jaris gracia de Dios puede cubrirlos y hacer que prosperen. No intentéis corregir situaciones difíciles de manera o modos humanos. No se obtiene ningún buen resultado. Solo a través de la oración lograréis resultado bueno. Invocad la divina jaris gracia para todos. Que la gracia divina entre en sus psiques-almas y los transforme. Esto es lo que significa ser cristiano.

Ustedes, los educadores, inconscientemente, transmiten ansiedad a los hijos sin darse cuenta. La fe elimina la ansiedad y la depresión. ¿Qué decimos? «Encomendemos toda nuestra vida a Cristo nuestro Dios» (Divina Liturgia).

Correspondan al amor de los hijos con discernimiento. Así, si los hijos os aman, podréis guiarlos hacia Cristo. Ustedes serán el medio. Que vuestra agapi-amor sea genuina. No los amen de manera humana, como suelen hacer los padres; eso no ayuda. Agapi-amor en oración, en amor en Cristo. Eso es lo que verdaderamente beneficia. Recen por cada niño que ven, y Dios enviará Su energía jaris gracia y lo unirá a Él. Antes de entrar a la clase, especialmente en secciones difíciles, oren la oración cordial: «Señor Jesús Cristo…». Al entrar, abarquen a todos los hijos con la mirada, oren y luego hablen ofreciendo todo lo bueno de ustedes mismos. Haciendo esta ofrenda en Cristo, estaréis alegres. Así serán santificados, ustedes y los estudiantes. Viviréis en el amor de Cristo y en la Iglesia, porque os convertiréis en personas buenas a través de vuestro trabajo.

Si algún estudiante causa problema, hagan primero una observación general diciendo:

-«Hijos, estamos aquí para estudiar, para trabajar seriamente. Estoy aquí para ayudaros. Ustedes se esfuerzan para tener éxito en la vida, y yo, que os quiero mucho, también me esfuerzo y me canso. Por eso, les pido que hagan silencio para que logremos todos nuestro propósito de estar aquí».

No miren al que se comportó mal; si continúa, diríjanse a él no con enojo o enfado, sino seriamente y firmemente. Asegúrense de mantener la disciplina y el orden para poder influir también en sus psiques-almas. Los estudiantes difíciles no son culpables; los mayores son responsables, sus padres, a ellos se debe.

No hablen mucho sobre Cristo y Dios a los alumnos, pero oren a Dios por ellos. Las palabras caen en oídos sordos, mientras que la oración llega al corazón. Escuchad un secreto: el primer día que entren a la clase, no den lecciones. Háblenles amablemente. Una por una las palabras. Ámenlos con cariño. Al principio, no les habléis en absoluto sobre Dios ni sobre la psique-alma. Eso vendrá más tarde, otro día.

Pero el día que les hablen sobre Dios, prepárense bien y díganles:

-Hay un tema sobre el cual muchos dudan. Es el tema de “Dios”. ¿Qué opinan ustedes?

Luego, tengan una discusión, un diálogo. Otro día, el tema será la «psique-alma»;

¿Existe la psique-alma?

Luego, hablen sobre el mal desde el punto de vista filosófico. Díganles que tenemos dos seres o dos yo, el bueno y el malo. Debemos cultivar el bueno. Esto necesita el progreso, la bondad y la agapi-amor; a este debemos despertarlo para convertirnos en personas correctas en la sociedad. Recuérdenles esto: «Mi psique-alma, mi alma, despierta, ¿por qué duermes?» (Gran Canon, san Andrés de Creta). No se los digan así, pero con otras palabras, más o menos así: «Hijos míos, estén despiertos para la educación, para el bien, para el amor. Solo el amor hace que todo sea hermoso y llena nuestra vida de significado. El yo malo quiere la pereza, la indiferencia. Pero eso hace la vida aburrida, sin sentido y fea».

Sin embargo, todas estas cosas requieren preparación. El amor exige sacrificios y, a menudo, sacrificio de tiempo. Den prioridad a la formación para estar listos para ofrecerse a los estudiantes. Sean ustedes siempre sinceros y, sobre todo, alegres. Muestren todo su amor y sepan lo que quieren y lo que dicen. Pero también se necesita habilidad y arte en cómo comportarse con los estudiantes. Sobre esto, escuché algo divertido. Presten atención.

Un maestro, satisfecho con todos los alumnos, sufría por la indisciplina de un estudiante y quería expulsarlo de la escuela. Mientras tanto, llegó un nuevo maestro y tomó la clase. Para obtener información sobre ese estudiante en particular, el nuevo maestro, al enterarse de que le gustaban las bicicletas, el segundo día, cuando entró en la clase, dijo:

«Hijos míos, tengo una tristeza. Vivo lejos de aquí y mis pies me duelen cuando camino. Quiero usar una bicicleta, pero no sé cómo manejarla. ¿Alguien sabe enseñarme?»

Entonces, el estudiante indisciplinado se levanta y dice:

-«Yo, puedo enseñarte».

-Tú sabes?

Sí sé perfectamente.

Desde entonces, se hicieron muy buenos amigos, al punto de que el antiguo maestro, que lo observaba, se entristeció. Sintió que él mismo no era digno de imponerse al estudiante.

A menudo, hay hijos huérfanos en la escuela. La orfandad es difícil. Quien pierde a sus padres, especialmente a una edad temprana, se vuelve desdichado en la vida. Sin embargo, si ha adquirido como padres espirituales a Cristo y nuestra Virgen Panaghía, se vuelve santo. A los huérfanos trátenlos con amor y comprensión, pero sobre todo, conéctelos con Cristo y la Iglesia.

  1. Enseñen a los hijos a buscar y pedir la ayuda de Dios.

El remedio y el gran secreto para el progreso de los hijos es la humildad. La confianza en Dios proporciona seguridad absoluta. Dios es todo. Nadie puede decir que yo soy todo. Esto refuerza el egoísmo. Dios quiere que guiemos a los hijos hacia la humildad. No podemos hacer nada, ni nosotros ni los hijos o  niños, sin humildad.

Tengan mucho cuidado al animar y elogiar a los hijos. No deben decirle al hijo:

«Tú lo lograrás, eres grandioso, eres joven, eres valiente, eres perfecto…».

No están beneficiando al hijo de esa manera.

Sin embargo, podéis decirle que haga oración a Dios. Podéis decirle:

«Hijo mío, los dones que tienes, Dios te los dio. Ora para que Dios te dé fuerzas para cultivarlos y tener éxito. Que Dios te dé Su Jaris Gracia (energía increada)».

Esto es lo perfecto. En todos los aspectos, los hijos deben aprender a pedir la ayuda de Dios.

El elogio perjudica a los hijos hace daño. ¿Qué dice el Logos de Dios? «Pueblo mío, aquellos que, con adulación y por motivos egoístas, os elogian y os desean buena fortuna, os engañan. Además, agitan y crean confusión en el camino de vuestra vida y comportamiento» (Is 3,12). El que nos alaba, nos engaña, nos extravía y estropea nuestro camino en la vida. ¡Qué sabias son las palabras de Dios! El elogio no prepara a los hijos para ninguna dificultad en la vida, y salen inadaptados, los pierden y finalmente fracasan. Ahora el mundo está estropeado, arruinado. En el pequeño niño, todos hablan palabras elogiosas. No lo regañemos, no nos opongamos a él, no lo presionemos al niño. Pero aprende de esta manera y no puede reaccionar correctamente ante la menor dificultad. Tan pronto como alguien se le opone, se rompe, no tiene fuerza.

Los padres son los primeros responsables del fracaso de los hijos en la vida, y los maestros y profesores después. Los elogian constantemente. Les dicen palabras egoístas. No los acercan al Espíritu de Dios, los alejan de la Iglesia. Cuando los hijos crecen un poco y van a la escuela con ese egoísmo, se alejan de la fe, de la religión y la menosprecian, pierden el respeto por Dios, por los padres, por todos. Se vuelven desobedientes, duros y crueles, sin respetar ni la religión ni a Dios. Hemos creado egoístas en la vida y no cristianos.

  1. Los hijos con elogios constantes no se construyen.

Los hijos con elogios constantes no se construyen. Se vuelven egocéntricos y vanidosos. Querrán que todos los elogien constantemente durante toda su vida, incluso si les dicen mentiras.

Desgraciadamente, hoy todos aprenden a decir mentiras y los vanidosos, aduladores los aceptan, eso es su alimento. «Dilo, aunque sea mentira, aunque sea sarcasmo e ironía», dicen. Pero Dios no lo quiere. Dios quiere la verdad. Desgraciadamente, no todos entienden esto y actúan completamente al revés.

Cuando elogias constantemente a los hijos sin discernimiento, los tienta y los molesta el opuesto (el demonio, afectándolos negativamente). Les despierta el molino de pensamientos egoístas en sus mentes y, acostumbrados a los elogios de padres y maestros desde pequeños, pueden avanzar en los estudios, pero ¿cuál es el beneficio?

En la vida, saldrán egoístas y no cristianos ortodoxos. Los egoístas nunca pueden ser cristianos. Los egoístas quieren que todos los elogien constantemente, que todos los amen, que todos hablen bien de ellos, algo que Dios, nuestra Iglesia y nuestro Cristo no lo quieren.

Nuestra Fe Ortodoxa no quiere ese enfoque, esa crianza, esta filosofía de vida. En cambio, quiere que los hijos desde pequeños aprendan la verdad. La verdad de Cristo enfatiza que al elogiar constantemente a una persona, la conviertes en egoísta.

El egoísta está «confundido», guiado por el diablo y el mal espíritu. Así que, creciendo en el egoísmo, su primera tarea es negar a Dios y ser un egoísta inadaptado en la sociedad.

Debes decir la verdad, que la aprenda el hombre. De lo contrario, lo estás apoyando en su ignorancia. Cuando al otro le dices la verdad, se orienta, presta atención, escucha también a los demás, se modera y se controla.

Lo mismo se aplica al hijo, debes decirle la verdad, lo reprenderás para que entienda que lo que hace no está bien. ¿Qué dice el sabio Salomón? «Quien se niega a castigar a su hijo, lo odia, pero quien lo ama, lo instruye con cuidado, disciplina y esmero» (Proverbios 13, 24). Pero no debes golpearlo con un palo. Entonces, nos sobresaltamos de los límites y sucede lo contrario. Con el elogio constante desde la infancia, dirigimos a nuestros hijos hacia el egoísmo. Y al egoísta incluso puedes burlarte de él, siempre que le digas que es bueno, que hinches su ego. Y así piensa y dice: «Ah, aquel que me elogia, es bueno». Estas no son cosas correctas. Porque a medida que una persona crece con egoísmo, comienzan los «problemas» dentro de él, sufre él, y hace sufrir sin darse cuenta y no sabe qué hace.

La causa del desorden psíquico y mental es el egoísmo. Esto es algo que los propios psiquiatras admitirán cuando lo estudien, verán que el egoísta es un enfermo.

Nunca debemos alabar a nuestros semejantes y adularlos, sino guiarlos hacia la humildad y la agapi (amor incondicional) de Dios. Y no debemos buscar que nos amen, diciendo elogios a los demás.

Debemos aprender amar y no buscar y pedir que nos amen. Amar y hacer sacrificios, grandes si es posible, por todos los hermanos en Cristo desinteresadamente, sin esperar alabanzas y amor de ellos. Ellos harán por nosotros lo que Dios les diga. Si son cristianos también, darán doxa gracias y gloria a Dios por encontrarnos y ayudarnos o que le hemos dicho una palabra amable y buena.

Así es como debéis guiar a los hijos de la escuela. Esta es la verdad. De lo contrario, se vuelven inadaptados. No saben lo que hacen ni a dónde van, y nosotros somos la causa de esto, porque los hicimos así. No los guiamos hacia la verdad, la humildad y a la agapi-amor de Dios. ¡Los hicimos egoístas y ahora vemos el resultado!

Pero también hay hijos que provienen de padres humildes y desde pequeños, cuando son regañados, los orientan hacia Dios y la santa humildad. Estos hijos no causan problemas a sus semejantes. No se enojan cuando señalas sus errores, sino que tratan de corregirlos y oran para que Dios los ayude a no volverse egoístas.

Yo, ¿qué queréis que os diga? Cuando fui al Monte Athos, fui a algunos Padres o Yérontas muy santos. Ellos nunca me dijeron ‘bravo, bien hecho’. Siempre me aconsejaron sobre cómo amar a Dios y cómo ser siempre humilde.

Orar a Dios para que fortalezca mi psique-alma y amarlo mucho. Ni siquiera sabía de este ‘bravo o bien hecho’, nunca lo busqué no lo pedí. Por el contrario, me entristecía cuando mis Yérontas o Padres espirituales no me reprendían. Decía:

‘Vaya bendición, no encontré buenos Padres’. Quería que me disciplinaran, me reprendieran, me trataran duro. Estas cosas que os digo ahora, si un cristiano las escucha, ¿qué dirá? Se perderá, se extrañará y lo rechazará. Pero esto es correcto, humilde, auténtico.

Mis padres naturales o carnales nunca me elogiaban, yo tampoco deseaba el “bravo o bien hecho” de ellos. Por eso lo que hacía, lo hacía desinteresadamente. Ahora que la gente me elogia, me siento muy mal. Qué les puedo decir… Me revuelco por dentro cuando los demás me dicen ‘bien hecho’. Pero no me ha perjudicado haber aprendido la humildad. ¿Y ahora por qué no quiero que me elogien? Porque conozco que el elogio hace que el hombre vuelva vano, vacío, y expulsa la jaris gracia, la energía increada de Dios. Y la gracia de Dios viene solo con la santa humildad. El hombre humilde es el hombre perfecto.

¿No son bellas estas cosas? ¿No son verdaderas?

Quien escuche esto dirá: ‘¿Qué estás diciendo, amigo? Si no alabas al niño, ni siquiera puede estudiar, ni esto ni aquello…’. Pero sucede eso porque así somos nosotros y también hacemos a nuestro hijo así. Es decir, hemos abandonado la verdad. El egoísmo ha sacado al hombre del Paraíso. Esto es un mal muy grande. Los primeros hombres, Adán y Eva, eran sencillos y humildes, por eso vivían al Paraíso. No tenían egoísmo. Tenían, como se dice en el lenguaje teológico, “lo original”. Cuando decimos, “lo original”, entendemos los carismas que dotó Dios al hombre inicialmente, cuando lo creó, es decir, la vida, la inmortalidad, la conciencia, la independencia, la libertad, la agapi (amor desinteresado.) la humildad, etc… Luego el diablo logró por el elogio a engañarlos. Se llenaron de egoísmo. Pero lo natural del hombre, tal y como lo creó Dios, es la humildad. En cambio, el egoísmo es algo anormal no natural, es enfermedad, es contranatural.

Por tanto, cuando nosotros con nuestros elogios creamos al hijo o niño este “súper-ego”, le inflamos de egoísmo y lo hacemos mucho daño. Lo hacemos ser más propenso a las cosas diabólicas. Así conforme va creciendo, lo alejamos de todos los valores de la vida. ¿No creéis que estas cosas son las causas que se pierden los jóvenes, que los hombres se hacen rebeldes? Es el egoísmo que los padres desde temprana edad han sembrado a los hijos. El diablo es el gran egoísta, es gran Lucifer. Es decir, vivimos al Lucifer dentro de nosotros, vivimos al diablo. No vivimos la humildad. La humildad es de Dios, es algo necesario para la psique-alma humana. Es algo orgánico. Y cuando falta, es como si faltara el corazón en el organismo. El corazón da vida al organismo y la humildad da vida a la psique-alma. Con el egoísmo, el hombre está ya del lado del espíritu maligno, es decir, se desarrolla con el espíritu malo y no con el bueno.

Esto es lo logró hacer el diablo. Hizo que la tierra fuera un laberinto para que no pudiéramos entendernos entre nosotros. ¿Qué es lo que nos pasó y no lo entendimos? ¿Ven cómo hemos sido engañados? Hemos convertido nuestra tierra y nuestra era en un psiquiátrico correcto. Y no entendemos lo que nos pasa. Todos nos preguntamos: ‘¿Qué nos pasó, a dónde vamos, por qué nuestros hijos tomaron malos caminos, por qué se van de sus hogares, por qué abandonan la vida, por qué abandonan sus estudios, porqué caen en las adicciones, a las drogas…? ¿Por qué está pasando esto?’. El diablo logró hacerse como desaparecido, hacer ver que no existe y hacer que las personas usen otros nombres. Los médicos y los psicólogos a menudo dicen, cuando alguien está sufriendo: ‘¡Oh, tienes nervios! ¡Oh, tienes ansiedad!’ y cosas así. No admiten que el diablo incita y estimula el egoísmo en el hombre. Y, sin embargo, el diablo existe, es el espíritu del mal. Si decimos que no existe, es como negar el Evangelio que habla de él. Este es nuestro enemigo, nuestro adversario en la vida, el contrario u opuesto de Cristo, y se llama anticristo. Cristo vino a la tierra para liberarnos del diablo y regalarnos la psicoterapia espiritual y la salvación.

Pero los hijos de hoy, qué aprenden?

Aprenden a insultar y despreciar a los maestros. Esta es la enseñanza de hoy. Incluso insultan a sus padres. Hoy, ¿quién ama a su padre y madre? ¿Quién se preocupa por ellos? Es triste decirlo, pero los hijos los insultan y los padres dicen: ‘Mi hijo me insultó’. Bueno, entonces, ¿por qué te sorprende? Porque hiciste eso, lo hiciste así. Estos son los resultados que ves hoy. Hoy, todo es una tragedia. Cuando escucho sobre los acontecimientos actuales, me pongo triste. Me duele mucho. Pero hago la pregunta: ‘¿Estamos hablando, estamos haciendo lo que deberíamos hacer, para que cambien las cosas? ¿O estamos adoptando la psicología del mundo de hoy?’.

¡No tenemos derecho a hacer esto! Debemos ser inquebrantables en nuestra Fe, en nuestra verdad, en nuestra Ortodoxia. ¡No debemos ser dobles y mezclarnos con el mundo! Porque perderemos todo, no ganaremos nada. En cambio, predicaremos lo que es correcto y lo que siempre ha sido correcto, como lo enseñaron los Padres.

La conclusión es que debemos enseñar a los hijos a vivir humildemente y sin buscar elogios y ‘bien hecho o bravo’. Debemos enseñarles que existe la humildad, que es la salud de la vida.

La mentalidad de la sociedad actual hace daño a los hijos o  niños. Tiene una psicología diferente, una pedagogía diferente, que se dirige a hijos ateos. Esta mentalidad conduce a la anarquía, al desmán… Y veis los resultados de los jóvenes. Gritan hoy los jóvenes y dicen: ‘¡Deben entendernos!’. Pero no debemos ir nosotros hacia ellos. Por el contrario, oraremos por ellos, diremos lo correcto, lo viviremos, lo predicaremos, pero no nos adaptaremos a su espíritu. No debemos arruinar la grandeza de nuestra Fe Ortodoxa. No puede ser que, para ayudarlos, adoptar la mentalidad de ellos. Debemos ser quiénes somos y predicar la verdad, la luz.

Los hijos, los jóvenes aprenderán de los santos Padres. La enseñanza de los santos Padres enseñará a nuestros hijos sobre la confesión, la humildad, sobre los pazos perversos, sobre las malicias y el mal en general y cómo los Padres vencían su yo malo, el egoísta. Y nosotros que estemos orando y suplicando que Dios se asombre y entre en sus corazones.

Traducción xX Χρῆστος Χρυσούλας, jJ Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com, 21-12- 2023

 

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