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sep 15 2014

El Icono Heleno-bizantino

pantocrator

 

Con Alejandro Magno y sus sucesores se extendió el arte al Oriente, Siria, Asia Menor, etc.  Más tarde con la iluminación cristiana se desarrolló la pintura de la Iglesia y, con Bizancio, ésta llegó a su pleno esplendor.

El icono imagen, es un objeto funcional.  Incluye en sí la expresión y la contemplación.  Quiere tender un puente desde el mundo sensible al mundo espiritual. El icono es el idioma común de todos los cristianos del universo.

El tema fundamental del icono, es el hombre, el hombre redimido, no el terrenal.  De ahí que su expresión y representación ha de ser equilibrada, armoniosa, ligera y luminosa.  Se aleja así del retrato, pues no pretende mostrar el rostro cotidiano del hombre, sino su rostro glorioso y eterno.

La frontalidad es un rasgo esencial del arte iconográfico. Significa que el que lo contempla entra en comunión directa con el personaje celestial.

Las representaciones occidentales del Salvador, desde finales de la Edad Media, representan su naturaleza mortal. En este sentido el arte occidental nos conduce a una visión bipolar de igualdad entre la luz y la obscuridad. En cambio entre los helenos el arquetipo o el original es el bien, la luz increada mientras que el mal, las tinieblas es un trastorno del bien. “Todo está lleno de luz increada, el cielo, la tierra, el infierno”, cantan las Iglesias Helenas en la noche de Pascua.

El icono Heleno-Bizantino representa a Cristo resucitado, en la Metamorfosis del Monte Tabor, con toda la luz increada y la belleza divina. Por eso los santos son representados en el paraíso. Esta luz increada y belleza divina, a menudo viene expresada mediante el color dorado de los fondos.

 

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Por eso el arte Heleno-Bizantino nos conduce, por excelencia, a la luz increada y al bien.  En este arte no hay sombras. Los seres no están iluminados por uno u otro lado, sino que la luz divina penetra en todo. El icono transmite una fuerza beatífica. La expresión, la mirada, la visión, es un modo de conocimiento directo e intuitivo. El icono, por eso, se convierte en un canal privilegiado de despertar e iluminación espiritual.

El iconógrafo solía ser un monje. Se preparaba con un período de ayuno y oración para ser merecedor de la inspiración divina. Pintaba con materiales humildes, renunciando a su propia personalidad artística. Sigue los cánones establecidos por la tradición. El artista no es más que un vínculo a través de cuyo talento se hacen tangibles las ideas trascendentales y espirituales. Por esta razón la inmensa mayoría de iconos son anónimos. A través del anonimato, al no firmar sus obras, los iconógrafos expresan la auténtica virtud de la humildad, .

Grecia está llena de estas obras anónimas de gran valor artístico y espiritual.  Theófanes el Eleno, uno de los grandes iconógrafos del siglo XIV fue el maestro de los rusos y su gran discípulo fue Andrei Rublev. En la Santa Montaña, Athos,  quedan obras de incalculable valor, también en los Monasterios de Meteoros y muchos otros monasterios ortodoxos.  Los iconos más antiguos, que conservan estos monasterios, son anteriores al año 1000. Desde hace muchos siglos en el monasterio Íviron están representados también Sócrates, Platón y Aristóteles.

Un icono imagen vale más que mil discursos y millones de palabras de tecnólogos “tiólogos”.

(Entresacado de los libros de los Padres Cristianos Helénicos)

Traducción de xX.jJ

 

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