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mar 30 2015

San Juan el Sinaita: La vanagloria y la soberbia u orgullo

 

 

 

 

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Sobre la vanagloria

 

  1. Algunos cuando tratan de hablar sobre los pazos y los loyismí, suelen clasificar la vanagloria separada de la soberbia u orgullo. Por eso son ocho los capitales loyismí malignos. Pero san Gregorio el Teólogo y otros muchos maestros, nos describen siete.

Yo también me inclino sobre estos siete. Porque, ¿quién puede tener soberbia u orgullo, si ha vencido la vanagloria? La diferencia que hay entre estos dos pazos, es la que hay entre un niño y un hombre, o entre el trigo y el pan; porque la vanagloria es el principio, y la soberbia es el fin. En esta ocasión, pues, hablaremos brevemente sobre el principio y el final de la impía vanagloria (o arrogancia, engreimiento). Digo brevemente, porque el que quisiere filosofar sobre ella en extenso, se parece aquel que trata vanamente pesar el viento.

  1. La vanagloria sobre su forma es cambio del orden natural, corrupción de buenas costumbres, perversión de los buenos caracteres y las buenas conductas, mas descubridora de cosas ajenas reprochables; los vanagloriosos hacen estragos con sus “buenas obras” y acusan a los otros de sus defectos para engrandecerse ellos. Sobre su cualidad es disipación de los trabajos, perdida de sudores, falsa ladrona de los tesoros, descendiente de la infidelidad, precursora de la soberbia u orgullo, naufragio en el puerto, hormiga en la era, aunque es pequeña, sin ruido amenaza en robar todos los frutos y el trabajo del labrador.
  2. La hormiga espera que se haga el trigo; y la vanagloria cuando ve crecer y amontonarse la riqueza espiritual; y la hormiga corre para robar; y la vanagloria goza porque esparcirá y destruirá. El espíritu de la desesperación o depresión cuando ve que se multiplica el mal, mientras que el espíritu de la vanagloria se alegra cuando ve se multiplica la virtud. La puerta de lo primero es la multitud de las heridas, y la puerta del segundo es la riqueza de los trabajos.
  3. Observa y verás que la repugnante vanagloria incluso está entera hasta la tumba. La verás en las vestiduras, en los ungüentos, en las pompas fúnebres, en las fragancias y en muchas más cosas.
  4. El sol resplandece en abundancia en todo; y en todas partes, en cada obra la vanagloria se alegra. Por ejemplo, cuando ayuno, me vanaglorio; y cuando disimulo para que no se me vea una virtud también me vanaglorio con la idea de que soy prudente. Si me visto bien, me venzo de ella, y si pongo ropa humilde, barata también me vanaglorio. Cuando hablo, ella me vence, pero cuando callo, también me vence. Es como un abrojo, de cualquier manera que le tires, siempre se queda con una punta hacia arriba.
  5. El vanaglorioso aparentemente muestra que es creyente, pero es idólatra. Aparentemente respeta y venera a Dios, pero en realidad busca ser gustado y complacer a los hombres y no a Dios. El vanidoso es un hombre ostentoso; su ayuno no tendrá recompensa, ni su oración tendrá fruto, porque lo hace para ser elogiado de los hombres. El practicante vanidoso es doblemente perjudicado, ya que tortura su cuerpo, y no recibe recompensa alguna.
  6. Quién no se reirá del servidor de la vanagloria, el cual se presenta para cantar o psalmodiar y a veces influenciado por ella, se ríe y otras veces llora ante todos.
  7. El Dios algunas veces esconde a nuestros ojos los bienes que hemos adquirido. Pero llega ese que acostumbra halagarnos o mejor dicho, nos engaña y con sus alabanzas abre nuestros ojos. Y apenas se abran los ojos se disipa de nuestro interior el tesoro espiritual.
  8. Aquel que halaga es un servidor de los demonios, conductor hacia la soberbia u orgullo, destructor de la compunción y recogimiento, ruina de las buenas obras y desviador del camino correcto. “Los que nos llaman bienaventurados son los que nos engañan” (Is 3,12).
  9. Cualidad de los avanzados espiritualmente en la virtud es que soportan con coraje, paciencia y alegría las injurias. Pero cualidad de los sanados y santos es salgan intocables e imperturbables de los elogios y alabanzas.
  10. He visto hombre que estaban en luto por sus pecados, y al ser elogiados, enfadarse por eso. Así como sabios comerciantes cambiaron el pazos de la vanagloria por el pazos de la ira.
  11. “Nadie conoce las cosas y los pensamientos de un hombre sino su propio espíritu que está dentro de él” (1Cor 2,11). Por esto tienen que avergonzarse y cerrar su boca los que alaban y elogian a los demás en la cara.
  12. Cuando escuchas que tu prójimo o amigo, estando o no tú presente, que te ha criticado o se ha burlado de ti, has de mostrar cariño sobre él y elogiarle.
  13. Es una cosa grande expulsar de tu psique la alabanza de los demás. Pero mucho más grande es expulsar los elogios de los demonios que intentan meternos la vanagloria.
  14. No ha mostrado humildad el que se ha despreciado a sí mismo, sino aquel que al haber sido despreciado e injuriado por otro, y a pesar de eso, no ha reducido su agapi al otro.
  15. Cierta vez noté que el demonio de la vanagloria sembrando loyismí a un hermano y a la vez estos mismos loyismí revelarlos a otro. Y a continuación hacer al segundo que revele al primero los secretos de su corazón, de manera que este le alabe como profeta con el carisma de adivino previsor o como si tuviera el don de predicción. Algunas veces el sucio demonio de la vanagloria hasta en los miembros de nuestro cuerpo puede provocar movimientos y titilaciones.

No lo aceptes este demonio cuando te susurra obispados, magisterios o doctorados de teólogo. Ten cuidado porque es difícil expulsar el perro que está en la mesa de la carnicería. Apenas este perciba que estamos en una paz y tranquilidad, nos incita abandonar el desierto, el ejercicio y volver al mundo. Nos dice: “¡Ves para salvar las psiques que se están perdiendo!”.

  1. Una es la forma de los Etíopes y otra las formas de las estatuas de piedra; de la manera semejante es la forma de la vanagloria de los cenovitas (los de vida común en los monasterios) y de otra de los eremitas.
  2. Las visitas de la gente del mundo en el monasterio, primero las percibe la vanagloria e incita a los monjes más livianos salir a recibir los visitantes. Les hace caer en los pies de ellos, y así se pone el careto de la humildad, esta que se derrama del orgullo. Y comportándose de manera tímida, humilde y con tono de voz baja, mira las manos de los visitantes para tomar los regalos. Además, los llama señores y defensores y que en ellos, después de Dios, deben sus vidas los monjes.

A continuación mientras han sentado en la mesa, les sugiere que sean abstinentes y contenidos, fingiendo que ellos lo son. Y cuando viene la hora de la psalmodía, a los perezosos o negligentes les hace bien dispuestos, los que no tienen voz buena les convierte en calífonos, y a los soñolientos, despiertos con ganas de velar. Incluso les incita a lisonjear al que preside en el coro a que les ponga primeros en la psalmodía. Les hace llamarle maestro y padre. Y todo esto hasta que se marchen los visitantes. A los que son alabados y preferidos, los ha conducido al orgullo y a los que son subestimados, los ha conducido al resentimiento.

  1. La vanagloria muchas veces en vez de honor provocó deshonra. Porque ocurrió que se enfadasen a causa de ella sus alumnos, y así les hizo pasar mucha vergüenza delante de los demás. La vanagloria a los irascibles en presencia de hombres los convirtió en apacibles. Y a los que tienen carismas naturales con un ataque sorpresa, utilizando estos carismas, muchas veces los ha conducido a la caída los miserables.
  2. ¡He visto un demonio que afligió y expulsó a su hermano! Es decir, un monje que estaba iracundo y cuando llegaron los visitantes del mundo se cambió el miserable y de la ira pasó a la vanagloria, es decir, apareció como apacible en los visitantes. Por supuesto que no podía trabajar a la vez con los dos pazos, la ira y la vanagloria.
  3. Aquel que se ha vendido a la vanagloria hace doble vida. Exteriormente con el hábito vive como monje, pero interiormente con sus pensamientos y disposiciones vive como mundano.
  4. Esforcémonos por lograr la jaris (gracia, energía increada) de arriba y mucho más por saborear la doxa (gloria, luz increada) soberana. Porque el que ha saboreado esta doxa, despreciará toda doxa y alabanza terrenal. Y yo me sorprendo cómo uno podría despreciar la segunda sin haber saboreado la primera.
  5. Muchas veces mientras nos había robado la vanagloria, volvimos nosotros y la hemos robado de una forma inteligente. He visto algunos que comenzaron un intento espiritual por vanagloria y, a pesar de que el comienzo era reprochable, el final fue bueno y elogiable, ya que modificaron el mal pensamiento.
  6. El que se jacta de carismas naturales, es decir, perspicacia, facilidad en el aprendizaje, en la lectura y la pronunciación, ingenio y otros parecidos, éste nunca logrará bienes sobrenaturales. Porque el infiel en lo poco también en lo mucho será infiel y vanaglorioso.
  7. Para la adquisición de la perfecta agapi (amor desinteresado), de los ricos carismas y de la fuerza previsora y milagrosa, muchos castigan injustamente sus cuerpos. Se han olvidado los miserables que estos dones se logran con la humildad que es la madre de todos estos, y no de los esfuerzos y castigos al cuerpo. El que exige regalos espirituales a cambio de sus esfuerzos, este ha puesto un cimiento endeble. Pero el que se considera a sí mismo siervo deudor, éste de repente recibirá de Dios riqueza espiritual que no esperada.
  8. Nunca dejes ser convencido del demonio, el que balancea y destruye, cuando te aconseja que manifiestes tus virtudes para supuesta edificación de los que te escucharán. “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su psique-alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su psique- alma?” (Mt 16, 26). Ninguna cosa hay que tanto edifique a los que nos ven, que el comportamiento humilde, sincero y logos sin fingimientos. Así se da el ejemplo a los demás para que no se enorgullezcan, cosa que es más beneficiosa e útil para edificar que cualquier otra cosa.
  9. Un Padre que tenía el don de prever o predicción, observó las siguientes cosas y las contaba: “Mientras estaba sentado en una reunión de monjes, vinieron los demonios de la vanagloria y de la soberbia (u orgullo) y se sentaron a mi derecha y a mi izquierda. Y el primer demonio me picó en la costilla con el dedo y me sugería decir una visión, contemplación que tuve en el desierto. Pero apenas que le rechacé, diciéndole: “Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi vida; sean vueltos atrás y avergonzados los que mi mal desean” (Sal 69, 3), inmediatamente el segundo desde mi izquierda me susurró en el oído: “¡Bravo, felicidades, has hecho muy bien! ¡Te has hecho grande porque has vencido mi desvergonzada madre!”

Entonces yo utilizando acertadamente el siguiente versículo del Salmo dije: “que vuelvan la espalda avergonzados los que me alaban diciendo: ¡bien felicidades, qué bien lo has hecho! (Sal 69, 4). Cuando pregunté, a este Padre con el don de prever: ¿cómo ocurre que la vanagloria sea la madre de la soberbia (u orgullo)?, él me respondió: “Las alabanzas envanecen e inflan la psique; y cuando la psique está ensalzada e inflada, entonces la arrebata la soberbia y “la sube hasta los cielos y de allí la tira a los abismos” (cf. Sal 96, 6).

  1. Hay alabanza y honra que viene del Señor: ”Yo honro y alabo a los que me alaban y honran” (1 Re 2,30). Y hay alabanza que es consecuencia por obra y engaño diabólico. Porque dice: “hay de vosotros cuando os elogien y alaben todos los hombres” (Lc 6,26).
  2. Percibirás y conocerás claramente la primera alabanza o gloria cuando la consideres peligrosa, cuando la evites de cualquier manera y cuando escondes tu buena vida a donde sea que te encuentres. Al contrario, la segunda gloria o alabanza la percibirás y conocerás cuando hicieres alguna cosa por muy pequeña que sea, “a fin de ser visto de los hombres” (Mt 23,5). Este maldito demonio nos incita a una vanagloria impía, profana en hacer alarde y fingir que tenemos virtudes que no tenemos, engañándonos con el lema: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras” (Mt 5,16). Muchas veces el Señor condujo a los vanagloriosos en caer y quedar sin vanagloria por un acontecimiento deshonroso que permitió ocurrir.
  3. El principio de la no vanagloria es proteger la boca de palabras y aceptar y amar los descréditos; el medio, es cortar y no aceptar toda obra que nos proponen los loyismí de la vanagloria; y el último, si es que se puede hallar fin en el abismo, es hacer cosas involuntarias o inconscientes en presencia de la multitud que nos pueden poner en evidencia.
  4. No escondas tu vergüenza con el pensamiento de no convertirte motivo de escándalo. Pero quizás no se debe usar siempre el mismo fármaco, sino que se tenga en cuenta el tipo de enfermedad o error.
  5. Cuando nosotros buscamos la gloria y cuando ella sin ser llamada nos viene por si sola de los otros y cuando buscamos algo gracias a la vanagloria, acordémonos entonces de nuestro luto (según Dios), de la oración con temor a Dios y contrición o quebrantamiento, y así expulsaremos la desvergonzada vanagloria; por supuesto también si cultivamos la oración realmente. De otra manera, pongamos en nuestro pensamiento la memoria de nuestra muerte. Y si aún persiste, tengamos miedo por lo menos de la vergüenza y el descrédito que sigue esta gloria, puesto que: “cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lc 18,14). “Será humillado” no sólo en la otra vida sino seguro también en la presente.
  6. Cuando los alabadores o mejor dicho, los engañadores empiezan a alabarnos, recordémonos inmediatamente la multitud de nuestros pecados, y seguro que veremos que somos indignos de tales alabanzas y honores.
  7. Hay también algunos vanagloriosos que consideran que el Dios está obligado a escuchar y realizar algunas de sus peticiones; y el Señor acostumbra a concedérselos antes que se lo pidan por sus oraciones; y eso para que no vengan a ensoberbecerse y envanecerse, creyendo que lo alcanzaron por su oración.
  8. Por regla general, los sinceros y sencillos de corazón y no viles, no caen en este venenoso pazos; puesto que la vanagloria es de comportamiento falso y destierra la sencillez.
  9. Hay un gusano que después de crecer saca alas y vuela a las alturas. De la misma manera cuando la vanagloria ha crecido pare la soberbia (u orgullo) que es el jefe guía y el principio y fin de todos los males.

¡Escalón vigésimo primero! 

La vanagloria es la cabeza de la soberbia u orgullo, y el que no se ha cautivado por ella, no caerá en la enemiga de Dios que es la descabezada soberbia.

 

La Escalera: Logos vigésimo segundo

Sobre la soberbia u orgullo

  1. La soberbia (u orgullo) es negación de Dios, una invención de los demonios, el desprecio de los hombres, la madre de la crítica maligna, descendiente de los elogios y las alabanzas, demostración de esterilidad (espiritual), alejamiento de la ayuda de Dios, precursor de la incoherencia, productor de caídas, causa de la epilepsia, fuente de ira y rencor, puerta de la hipocresía, sostén de los demonios, guardián de los pecados, creadora de falta de misericordia, ignorancia de la simpatía y compasión, amargo inquisidor, juez despiadado, adversario de Dios y raíz de la blasfemia.
  2. El comienzo del orgullo es la vanagloria consumada; su estado intermedio es el desprecio al prójimo, la ostentación descarada de sus propias obras, la autoalabanza interior y el odio a los controles y los reproches. Y por último la negación de la ayuda de Dios, la exaltación de su capacidad propia y el comportamiento demoníaco o conducta demoníaca.
  1. Escuchemos, pues, los que no queremos caer en una fosa profunda: muchas veces este pazos ama alimentarse de las alabanzas que hacemos a Dios. Porque no se presenta tan descarado desde el principio de modo de incitarnos negar a Dios.
  2. He visto personas que con la boca daban gracias a Dios, pero interiormente se glorificaban a sí mismos. Sobre esto es testigo aquel fariseo que decía a Dios con jactancia: “¡Dios, gracias! (Lc 18,11).
  3. Allí donde sobrevino una caída, antes había habitado el orgullo. Porque lo segundo es un preaviso de lo primero.
  4. Escuché una vez a un hombre venerable decir: “Supongamos que existieran doce pazos deshonrosos. Si amas excesivamente uno de ellos, por ejemplo, la jactancia o presunción, entonces este pazos ocupará el lugar también de los otros once.
  5. El monje altanero contradice con vehemencia, en cambio el humilde no conoce ni mira al otro con mirada opuesta. El ciprés no se inclina hacia el suelo para caminar; ni el monje altanero puede adquirir la obediencia.
  6. El hombre altanero desea gobernar y dominar. De otra manera, en efecto, no puede, o mejor aún, no quiere, perderse a sí mismo enteramente.
  7. “El Señor resiste y aborrece a los orgullosos” (1Ped 5,5), entonces, ¿quién va a compadecerles? “El Señor aborrece a los de corazón altivo” (Pr 16,5); entonces, ¿quién podría volver limpios y puros a semejantes hombres?
  8. Lo que instruye y corrige a los orgullosos es la caída. Quien los aguijonea es el demonio. El abandono de Dios es pérdida de lógica o locura de la mente. Y los dos primeros males muchas veces fueron curados por hombres, pero el último es humanamente incurable.
  9. Aquel que rechaza los reproches y controles ha manifestado que tiene este pazos, en cambio el que los acepta, se ha liberado de las cadenas del pazos.
  10. Si con este único pazos, sin tener ningún otro, pudo hacer caer a uno de los cielos, debemos examinar si no sería posible sólo mediante la humildad podemos subir a los cielos.
  11. La soberbia u orgullo es la pérdida de toda nuestra riqueza espiritual y de todos nuestros sudores espirituales. “Han clamado pero no hay salvación” (Sal 17,42), sin duda porque han clamado con orgullo; y “se volvieron hacia el Señor pero él no los escuchó” (Sal 17,42); seguramente porque no cortaban las causas de los pecados por los cuales pedían ayuda en la oración.
  12. Un yérontas (anciano sabio) dotado de gran conocimiento espiritual aconsejó a un hermano orgulloso; y este le respondió: “Perdóname Padre. No soy orgulloso”. El sapientísimo yérontas le dijo: “¿Qué mejor muestra nos darías sobre este pazos que padeces de lo que nos acabas de decir, “de que no soy orgulloso?”. A tales hombres conviene mucho la práctica de la sumisión y obediencia, una vida más rigurosa y más humillante y también la lectura de las hazañas sobrenaturales de los Padres. Posiblemente así puede ser que en estos enfermos haya una pequeña esperanza de sanación y salvación.
  13. Es ridículo que uno presuma de un adorno prestado por otro. Igualmente es la locura extrema que uno presuma de los dones de Dios. Enorgullécete solamente de las hazañas que poseías antes de nacer, porque todo que te vino después de tu nacimiento te lo ha regalado el Dios, incluso tu nacimiento.
  14. Solamente las virtudes que has logrado sin tu nus (espíritu) y sin tu lógica (intelecto) son tuyas, puesto que el nus y la lógica te las ha regalado el Dios. Las victorias que has conseguido sin tu cuerpo sólo ellas son tuyas y se deben a tu esfuerzo, ya que el cuerpo no es creación tuya sino de Dios.
  15. No tengas confianza antes de haber recibido tu sentencia definitiva del Juez, pensando en aquel invitado de la parábola evangélica, que entró en la sala de bodas, fue atado de pies y manos y echado a las tinieblas exteriores (cf Mt 22,13).
  16. No levantes la cabeza altivamente, puesto que estás formado de tierra. Pues, muchos que eran santos e inmateriales fueron expulsados del cielo.
  17. Cuando el demonio ha ocupado su lugar en la psique de aquellos que son sus seguidores, entonces se les aparece, tanto durante el sueño, como cuando están despiertos, bajo la apariencia de un ángel santo o de algún mártir y les revela misterios o los gratifica con carismas con el propósito que estos desdichados sean engañados y pierdan completamente la razón.
  18. Incluso si hubiéramos sufrido miríadas de muertes, no podríamos pagar nuestra deuda. Porque una es la sangre de Cristo y otra la sangre de los servidores, por supuesto que no sobre su sustancia sino sobre el valor.
  19. No dejemos nunca de escrutar y estudiar los Padres y los ilustradores que nos precedieron, comparándonos siempre con ellos; entonces descubriremos que no seguimos de ninguna manera las huellas de su forma monástica real de vivir, y que no mantuvimos sagradamente las promesas, sino que nos encontramos aún en un estado de vida completamente mundana.
  20. Monje verdadero por excelencia, significa ojo de la psique totalmente sin levitar y sentidos corporales inmóviles. Monje es aquel que provoca contra suyo los demonios como bestias salvajes y los aleja cuando se aproximan. Monje significa éxtasis (extensión) incesante del nus y pena incesante sobre la vida actual. Monje significa hombre que se ha hecho uno con las virtudes, igual que aquel que se ha hecho uno con el hedonismo o placeres. Monje significa luz inextinguible al ojo del corazón de la psique. Monje significa abismo de humildad que ha derrumbado y ahogado en su interior todo espíritu malvado.
  21. El olvido de los pecados provoca orgullo, pero el recuerdo provoca humildad.
  22. Soberbia u orgullo significa extrema pobreza de nuestra psique que se presenta en la fantasía como rica y cree que vive en la luz, mientras se encuentra en la oscuridad. Este miserable pazos (patología, pasión, vicio) no sólo no deja que uno progrese sino que le precipita desde las alturas.
  23. El orgulloso es una granada que está podrida en su interior, aunque reluce exteriormente de belleza. El monje orgulloso no necesita del demonio; él ha llegado a ser para sí mismo un demonio y un enemigo.
  24. La oscuridad no es compatible con la luz; igual el orgulloso no es compatible con las virtudes. En el corazón de los orgullosos germinarán loyismí de blasfemias, en cambio en las psiques de los hombres humildes contemplaciones celestes. El ladrón se esconde de la luz del sol y el orgulloso desprecia los hombres apacibles.
  25. Muchos orgullosos, no sé cómo, se han autoengañado y creyeron que han llegado a la altura de la apacia (sin pazos, impasibilidad). Pero a la hora de la muerte vieron su pobreza. Aquel que ha sido capturado por el orgullo, sólo con la ayuda del Señor puede tener esperanza, porque para él es vano esperar la sanación y salvación de los hombres.
  26. Sorprendí y capturé una vez este descabezado engaño, es decir, la soberbia (u orgullo), cuando se acercaba para entrar en mi corazón, subido a la espalda de su madre, la vanagloria. Las dos las até con las cadenas de la obediencia, las azoté con el látigo de la humildad y así les interrogué con qué manera se introducen en mi interior. Y ellas mientras les estaba dando latigazos, me decían: “Nosotras no tenemos ni comienzo ni nacimiento; porque somos el principio y la generación de todos los pazos y vicios. A nosotras nos combate excesivamente la contrición del corazón, fruto de la obediencia; no podemos soportar y aceptar que alguien, no importa quién, nos gobierne y nos dé órdenes; por eso, cuando recibimos autoridad de los cielos, desertamos de allí. Nosotras con una palabra parimos todos los pazos y vicios que son contrarios a la humildad, porque todas las cosas que son favorables a ella, son contrarias a nosotras. Puesto que en el cielo hemos conseguido la victoria, ¿cómo tú podrás escaparte de nosotras?”.

Nosotras acostumbramos aparecer muchas veces después de muchas deshonras y después de la obediencia, de la tranquilidad y cuando no hay resentimientos, después de la mansedumbre y el servicio al prójimo. Nuestros hijos son las caídas de hombres espirituales, la cólera, la maledicencia, la ira, el rencor, el resentimiento, la amargura, los gritos, la blasfemia, la hipocresía, el odio la envidia, la autosuficiencia, la contradicción y la desobediencia.

Sólo existe una cosa contra la cual no podemos vencer y te la decimos, presionados por tus látigos: si incesantemente te reprendes y te repruebas sinceramente ante el Señor, nos encontrarás tan débiles como una tela de araña. Pues, tú lo ves, el caballo del orgullo o soberbia es la vanagloria; está montado sobre ella. Pero la santa humildad y la reprobación de sí mismo se burlan tanto del caballo como del jinete, cantando melódicamente el himno de la victoria: «Cantemos a Señor, pues, se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y jinete» (Ex 15, 1), y en el abismo de la humildad.”

Escalón vigésimo segundo: ¡el que lo ha subido, ha vencido! Por supuesto que, si lo ha logrado subir. San Juan el Sinaíta o el Clímaco

Traducido por: χΧ jJ

 

 

 

 

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