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abr 11 2013

3er Domingo de Cuaresma, la veneración de la Cruz II

 

Y convocando a la muchedumbre con sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame». 35 Quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien pierde su vida a causa de Mí y del Evangelio, la salvará. (Mc 8,34-35)

Arato5-50

El verdadero hombre

Este logos de Cristo Dios, viene a supervisar y derrocar los absurdos y los desatinos del mundo actual. Y eso, porque nuestro Cristo nos invita a seguir un camino opuesto de aquel que por costumbre está empujado el hombre con las arruinadas aproximaciones racionalistas, que finalmente vemos que lo dejan abandonado a merced de formas duras y horribles de esclavitud.

Cadenas de esclavitud

Muchas veces comprobamos que el hombre se encadena dentro de los engranajes duros del egoísmo y la filaftía (egolatría, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo). Con el pecado, su corazón se cierra y se entrega al individualismo y la autodeificación. La crisis que pasa hoy la humanidad no es nada más que producto del camino autodestructivo que sigue. En una dirección así, finalmente se destaca la justicia de los fuertes y el desprecio de los débiles. Se promueve una cultura, que finalmente vemos que se construye a base del sacrificio de la persona humana en nombre de la imposición de duros intereses e indicadores económicos.

La esclavización del hombre en todos los niveles de su vida, seguro que resulta un martirio y tormento insoportable. Al contrario, la sugerencia de Cristo a negarnos a nosotros mismos, y levantar nuestra cruz y seguirle, sugiere la negación de esta esclavitud e introducción del hombre al espacio de la verdadera libertad. En realidad, el Cristo Dios con estas palabras impactantes, nos invita en un camino dentro del cual el hombre se reivindica y se dignifica   como una personalidad realmente libre. Nos invita a liberarnos de la esclavitud de nuestro mal carácter, aquel que está dominado del egoísmo y la filaftía (egolatría); y descubrir nuestro auténtico carácter o yo, que lleva al fondo el sello de la imagen de Dios.

Exactamente aquí, hay que recalcar el poder de Dios es su agapi (amor, energía increada). La ofrece generosamente a su imagen que es el hombre. Es por esto que nuestra existencia está caracterizada para ofrecer, servir y sacrificarse. Existimos para ofrecer en vez de agarrar y saquear. Además, este es el sentido de la “cruz”, que el Dios con su agapi, ha puesto como cimiento de nuestra existencia y centro de nuestra vida.

Dinamis (Fuerza, potencia y energía) vivificante 

Nuestra Iglesia, con la consolidación del Domingo de veneración de la Cruz, proyecta ante nosotros la cruz, como símbolo de poder, esperanza y vida. Nos recuerda que la sanación y salvación que podemos seguir y el camino que conduce al encuentro con el Cristo resucitado, pasa a través de nuestra crucifixión. Esta crucifixión se descodifica en la vida del hombre, como muerte vivificante y resurrección de forma crucificante, que desarrollan la autenticidad de la vida entera, su sentido y su significado más profundo.

La exhortación de Cristo en seguirle, negándonos a nosotros mismos y levantando nuestra cruz, es un indicador potente para descubrir la verdadera riqueza de nuestra vida. Sentirnos qué significa aprendizaje, enseñanza cerca de Cristo. Las condiciones degradantes que nos imponen los tipos de Troikas (los masones y mamones de Bruselas o de la CEE) de la época actual, sólo pueden dispersar entre los hombres pobreza, miseria y desgracia; pero el hombre que está dominado por el pecado, estando con Cristo Dios y negándose a sí mismo y levantando su cruz, está en situación y es capaz de sentir la mayor nobleza y grandeza que nadie se la puede arrebatar, usurpar o “cortar”.

Queridos hermanos, cada uno de nosotros que siente la necesidad de saltar y escapar de los duros engranajes de una esclavitud insoportable, no tiene más que atreverse en hacer y convertir en vivencia, experiencia de vida la sugerencia de Cristo. Negarse del sí mismo ególatra y levantar su cruz, que en la profundidad de la cruz emerge la autenticidad de la verdadera agapi (amor desinteresado). Esta abnegación está señalada de la salida de nuestro yo y la deposición de nosotros mismos con absoluta confianza a la agapi (amor, energía increada) de Dios. En esta dimensión el hombre puede descubrir la verdadera riqueza de su vida que es conectada con la perspectiva eterna como imagen de Dios. Amín. 

Jristakis Efstazíu, Teólogo-Iglesia de Chipre

Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ
Traductor: xX.jJ
 
 

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