La Zeosis

 

Cristo Zeosis

ZÉOSIS

LA FINALIDAD DE LA VIDA DEL HOMBRE

NOTA DEL TRADUCTOR EN ESPAÑOL

Existen cinco palabras Helénicas, que provienen de la época de los grandes filósofos de antes de Cristo, y con las que los Helenos de nacimiento seguimos creciendo y educándonos, y por lo tanto tenemos bien discernidas en nuestra conciencia.

Son: Ψυχή -Psique – alma – ánima;  – Νοῦς Nus; Λόγος – Logos; Διάνοια –Diania – menteintelecto; y Θέωσις-Zéosis.

Me siento apenado al ver las traducciones que aquí en occidente, donde llevo ya 32 años, se hacen de estas divinas palabras.

Χριστός ’Αληθινός Θεός Cristo Verdadero Dios, ἕως ἄν παρέλθῃ ὁ οὐρανός καί ἡ γῆ, ἰῶτα ἕν ἤ μία κεραία οὐ μή παρέλθῃ…. mientras se mantiene y no se destruye el cielo y la tierra ni una sola i o coma  desaparecerán de la ley hasta que todo se cumpla” (Mt.5.18) Se me estremece el corazón ante esta divina parábola de nuestro Kírios. Me sobrecoge un temor sagrado, en mi guerra invisible, por si traduciendo he cambiado muchas yotas (i) en esta obra divina. En mí se hace realidad lo dicho por los latinos que la traducción es una traición de la obra original, pues llevo dos años y medio con esta obra y aún tengo mis dudas. Espero que mis queridos lectores perdonen mis faltas y me ayuden a rectificarlas.   χΧ. jJ

NOTA DEL TRADUCTOR EN INGLES

La belleza de este libro consiste en su simplicidad. En términos claros y sencillos expone la finalidad principal de la vida Cristiana, que es la Zéosis. La idea de la Zéosis resulta poco familiar en la mentalidad Occidental, aunque no resulte un concepto nuevo en el Cristianismo. La Zéosis es el principal mensaje de Cristo para la Humanidad. Cuando Nuestro Señor dijo: “Arrepentíos, porque la Realeza de los Cielos ha llegado” (Mat 4:17), no se trataba meramente de una llamada para vivir una vida virtuosa, sino más bien una vida santa, de Zéosis, para unirse y convertirse en dioses a través de la Jaris (gracia como energía increada de Dios).

La Zéosis es una comunión personal con Dios, una vivencia personal y profunda con el Mismo. Para la mente occidental esta idea puede parecer incomprensible, e incluso sacrílega, pero deriva incuestionablemente de las enseñanzas de Jesucristo. El Mesías con sus naturalezas: humana y  Divina fue la culminación del sueño mesiánico de la raza Judía. Su misión fue la de conectarnos con la Realeza de Dios la cual que no es de este mundo. Cuando Jesucristo dijo: “Vosotros sois dioses” (Jn 10:34), o “sed perfectos como vuestro Padre en el Cielo es perfecto” (Mat.5:48), o “ los justos brillarán como el sol en la Realeza de mi Padre…” (Mat 13:48), se ha de tomar literalmente. A través de la metania (arrepentimiento) y de la confesión somos llamados a convertirnos en dioses por la Jaris. Este es el mensaje primordial de Cristo para la Humanidad. Sobre este tema podemos encontrar evidencias Bíblicas en los textos siguientes: Levítico 11: 44-45; 20:7-8; Deuteronomio 18:13; Salmo 82: 1,6 ;  1ª Corintios 3:16-17; 2ª Pedro 1:2-4.

Los seguidores de Cristo, aquellos judíos con inclinación espiritual, fueron llamados más tarde Cristianos. Esto fue así porque la Iglesia, la gente propia de Dios, es el “Nuevo Israel”, el “Israel espiritual” que se afana por la Realeza de los Cielos. Aquellos primeros cristianos se dieron cuenta de que la Realeza de Dios no equivalía a un estado judío, ni a una gente elegida, sino que era algo para toda la Humanidad. A través de la metania nosotros somos llamados al verdadero Éxodo, hacia la Nueva Jerusalén, tal como Cristo dijo, “no penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas. No he venido a destruir sino a completar” (Mat:17).

Vivimos actualmente en una época donde la civilización Occidental vive y actúa contrariamente a esta herencia cristiana, aunque crea conocer a Cristo y a su Iglesia. Occidente no aprecia que 1000 años lo separan de esta Tradición. Hasta las palabras que usa han cambiado tanto de significado que ya no comunican los conceptos originales. Como resultado, la percepción y el entendimiento Occidental de Cristo y la Iglesia se han  nublado.

El mensaje de Cristo fue tan profundo y revolucionario que se podría decir que la Humanidad falló en darse cuenta de su magnitud y simplicidad. De hecho, Cristo vino a unirnos con Dios, a hacernos dioses por la Jaris (Gracia).

La Zéosis viene de esta Tradición en que la Iglesia primitiva, el Cristianismo Tradicional y la Ortodoxia resultan sinónimas. La Iglesia Ortodoxa ha retenido el mensaje original de Cristo de forma inmutable. Es por esta razón que la Iglesia Ortodoxa es a la vez el “Cuerpo de Cristo” y la Novia fiel la que así se ha mantenido a su Novio. Cristo y el Espíritu Santo están siempre presentes en la Iglesia, guiando e iluminando una Tradición siempre viva. La Iglesia Ortodoxa no es una religión, sino la auto-revelación y manifestación de Dios.

Como este libro fue inicialmente concebido para una audiencia helena, había mucho en común entre la obra y su audiencia. Esta traducción ha tratado de guardar la simplicidad presente en el original y mantener el mensaje central lo más claro posible. Poca explicación ha sido añadida para adaptarlo al pensamiento Occidental, ya que podría cambiar el verdadero contenido del mismo.

No se podría haber llegado a los conceptos cristianos tradicionales y modos de pensamiento, sólo basándose en los textos antiguos. Ello Implicaría demasiada especulación e interpretación por nuestra parte, y se acabarían proyectando nuestros propios conceptos del siglo XXI sobre la Iglesia inicial. Sin embargo, afortunadamente, Cristo ha sido fiel a su discurso: “…entonces, yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo”. (Mat. 28, 20)

Con el objetivo de entender la enseñanza central de Cristo tenemos que afrontar ciertas palabras clave y conceptos desde una nueva perspectiva, no según el uso del Español contemporáneo. Tendremos que analizarlos con mente abierta como si los examináramos por primera vez. Será necesario volver a los conceptos básicos y así ver qué significaba Cristo y su camino para los primeros cristianos. Así pues, las palabras bíblicas claves como: “psique”, “corazón”, “metania” y “nus” serán contempladas como si fuera la primera vez que las escucharas. Un ejemplo de esto es el “nus”, un órgano de la “psique”, que siendo intuitivo es capaz de aprehensiones directas de realidades espirituales que no tiene un equivalente Occidental. Por esta razón se decidió escribir las palabras y conceptos claves en Elénico y suministrar un glosario  para definirlas.

A través de los siete Concilios Ecuménicos, el de San Fotios del año 867 y los Palamitas del siglo XIV, el Cristianismo Tradicional formó la expresión y definición de su Teología. Se ha de tener bien presente que estos Concilios de la Iglesia tomaron expresiones y definiciones de una Teología ya existente que estaba totalmente presente en la misma desde el día de Pentecostés. También fueron los responsables de compilar y aprobar los diversos libros que hoy en día se conocen como el Nuevo Testamento.

A la Teología Ortodoxa le corresponden la tareas de definir y proteger las enseñanzas de Jesús Cristo referentes a Dios y el camino de la experiencia de la Zéosis para que no sean distorsionadas. Como puede verse la Teología es mucho más que el conocimiento sobre Dios adquirido mediante un estudio académico. Es la  revelación de Dios al hombre. Esto implica una participación activa y consciente en las realidades espirituales. El Cristianismo es una fe viva fundada en la Revelación nacida del Espíritu Santo dando a los estimados, dignos y merecidos, la experiencia de un Dios Trino y de realidades espirituales. Aunque es empírico no intenta definir a Dios ni el camino hacia Él con el método de las ciencias naturales. Es así porque el camino queda más allá del raciocinio y la imaginación, más allá del lenguaje intelectual y sensitivo inadecuado para esta esfera de experiencia. Todas las tentativas de entender el mensaje de Cristo desde un punto de vista puramente racional seguirán siendo parciales e incompletas.

Dentro de la Iglesia cuando hay fe, humildad,  obediencia a la Ley, oración, ascesis (ejercicio espiritual) y se combinan con la adoración se produce el acercamiento del participante a una más íntima relación con Dios. La más alta expresión de esto es la agapi (amor). Ello puede verse en los seres honrados de Dios a través de la Jaris. Los santos se parecen a Dios y muestran el amor desinteresado e incondicional tanto para Dios como para toda la creación, reflejando así su Gloria.

La Zéosis es la experiencia directa y participación en la Realeza de Dios incluso en este mundo. Es la “Perla de Gran Precio” a que se refirió Cristo (Mat. 13, 45-46). Mediante la Jaris puede convertirse en una realidad actual para aquellos que están dispuestos a seguir el camino y por lo tanto no es una experiencia postmortem. Con la Zéosis se transciende la muerte. San Pablo alude a esto cuando dice :”Ya no soy yo quien vivo, es Cristo que vive en mí” (Gal.2,20). ¡San Esteban, el primer mártir, siendo lapidado hasta la muerte, se ofreció a Cristo y rezó a Dios para que sus perseguidores fueran perdonados! También nos lo enseña el canto de la Pascua, “¡Cristo ha resucitado de los muertos, por su muerte venció la muerte, y a los que están en las tumbas les regaló la vida!”.

Espero que este pequeño libro nos ayude a todos a esforzarnos en aquella única cosa que necesitamos, aquella que no nos pueden quitar.

Padre Damianós, monje del Monasterio San Gregorio del Monte Atos, heleno nacido y educado en Inglaterra.

Es muy atrevido hablar de la zéosis, cuando uno no la ha saboreado. Nos hemos atrevido pues y nos impulsa un poder superior, esperanzados en la caridad y afecto de nuestro gran Señor Jesucristo, Dios y Salvador.

Para no ocultar a nuestros hermanos Cristianos Ortodoxos el altísimo y definitivo propósito divino para el cual hemos sido creados.

Para dejar claro que sólo la pastoral ortodoxa es pastoral que conduce a la zéosis y no lo son, en cambio, las propuestas morales de perfeccionamiento humano, sin contar con la increada energía Χάρις (jaris) de Dios, como sugieren los occidentales.

Para anhelar y luchar por conseguir todos cuotas superiores y objetivos altos, ya que sólo éstos facilitan y hacen posible el profundo descanso del alma por la sed y  el anhelo hacia el Absoluto, el Dios Trinitario.

Para inundarnos de agradecimiento hacia nuestro Hacedor y Creador por Su gran regalo, nuestra zéosis por la Χάρις (jaris).

Para percibir y sentir que nuestra Santa Iglesia, en esto insubstituible, solamente ella, sobre la faz de la tierra, es capaz de darnos a conocer y conectar con la zéosis.

Para percatarse de la grandeza y verdad de nuestra Fe Ortodoxa, que solamente ella educa y proporciona la zéosis a sus miembros.

Para que se consuelen y se alivien nuestras almas, que por muy envenenadas y nubladas que estén, por las pasiones, fracasos y errores, angustias, tormentos y defectos, ansían la luz del  rostro de Cristo.

Señor Caritativo, haznos crecer en tu inmenso amor y haznos dignos de entrar en el camino de la zéosis, antes de abandonar nuestro mundo temporal.

Señor Caritativo, guía la búsqueda de la zéosis de nuestros hermanos Ortodoxos que no están felices ni alegres, porque ignoran la grandeza de su llamada como “llamados a ser dioses”

Caritativo Señor, guía también los pasos de los Cristianos no ortodoxos al conocimiento de Tu Verdad para que no se queden fuera de tus bodas, privados de la Χάρις (jaris) de la zéosis.

Caritativo Señor, ten piedad de nosotros y de tu mundo,  Amén.

LA ZÉOSIS COMO FINALIDAD DE LA VIDA HUMANA        

El tema del destino de nuestra vida es muy serio, porque concierne al asunto más importante del hombre: saber la razón y finalidad por la cual nos encontramos sobre la tierra. Si el hombre se sitúa y se orienta bien sobre este tema, si encuentra su verdadero destino, entonces se sitúa correctamente en los objetivos parciales y en los asuntos diarios de la vida, como son sus relaciones con los demás, estudios, profesión, matrimonio, nacimiento y educación de los hijos. Pero si no se sitúa correctamente en este concepto básico, entonces fracasará en las cosas parciales del ámbito cotidiano. Pues ¿qué valor pueden tener los objetivos  parciales del hombre cuando la totalidad de la vida carece de significado?

Ya desde el primer capítulo de la Sagrada Escritura se manifiesta la finalidad de nuestra vida, cuando el autor sagrado nos dice que Dios creó al hombre como a Su “imagen y semejanza”. Comprobamos así, el gran amor que tiene el Dios de la Trinidad respecto al hombre. No lo quiere simplemente como un ser con algunos , talentos, algunas cualidades, alguna superioridad del resto de la creación, sino que lo quiere dios por la Χάρις (jaris-gracia, increada energía).

Exteriormente el hombre se ve como una simple existencia biológica, como otros seres vivos, los animales. Es ciertamente animal, pero “animal que hacia Dios inclina la cabeza por señas contemplándolo” como dice San Gregorio el Teólogo (Logos en Teofanía, MPG 36,13). Es el único ser que destaca de toda la creación, el único que puede hacerse dios.

Cuando decimos ” como imagen” significa los  o dones que ha dado Dios sólo al hombre, opuestamente al resto de los seres creados por Él, de forma que se constituye en imagen de Dios. Estos dones son: el nus, la lógica, la conciencia, autogobierno (o libre voluntad, independencia) o sea la libertad, la creatividad, el ’Ερως (eros) amor y el anhelo de lo absoluto y de Dios, la autoconciencia personal y cualquier otra cosa que hace al hombre superior al resto de la creación de los seres vivos y le convierte en ser humano con personalidad. Así pues, lo que hace al hombre prósopon, persona y rostro, son los -dones “de cómo imagen”.

Siendo “cómo imagen” el hombre es llamado a adquirir “cómo semejanza”, o sea, la zéosis.  El Creador, Dios por naturaleza, llama al hombre a  hacerse dios por la Χάρις (Jaris).

Los dones del “cómo imagen” fueron dados por Dios al hombre para llegar muy alto y conseguir así su semejanza con su Dios y Creador, para no tener una relación externa ética y moral con Él, sino una unión personal con su Creador.

Quizás sea muy atrevido aún hablar y pensar que la finalidad de nuestra vida es que nos hagamos dioses por la Jaris. Pero la Santa Escritura y nuestros Santos Padres no nos lo han ocultado.

Desgraciadamente existe ignorancia en las personas, tanto fuera como dentro de la Iglesia. Porque piensan que la finalidad de nuestra vida es, en el mejor de los casos, una sencilla mejora personal ética y moral, el hacernos mejores personas. Pero en el Evangelio, en la Tradición de la Iglesia Ortodoxa y en los Santos Padres, se nos entrega que el fin de nuestra vida no es éste, es decir, que sólo mejore todavía aquello que ya es el hombre, más ético y moral, más justo, más autocontrolado, más cuidadoso. Todo esto se debe hacer, pero no es el gran objetivo, el fin definitivo por el cual nuestro Creador y Hacedor hizo al hombre. ¿Cuál es este objetivo o fin?  La zéosis, la unión del hombre con Dios, no de una manera exterior o sensible,  o emocional, sino esencialmente, realmente, ontológicamente.

Tan alto coloca al hombre la antropología ortodoxa. Si comparamos los sistemas de todas las filosofías, sociologías, psicologías, con la antropología ortodoxa nos daremos cuenta, y acreditaremos fácilmente, qué pobres son, puesto que no se corresponden al profundo anhelo del hombre hacia  algo tan grande y verdadero en su vida.

Ya que el hombre es “llamado a ser dios”, es decir, ha sido creado para convertirse y hacerse dios, si no se encuentra en el camino de la zéosis, siente un vacío interior y que algo no anda bien. No se alegra, ni  siquiera cuando intenta tapar este vacío con otras actividades. Puede narcotizarse él mismo, construir un mundo imaginario y fantasmagórico pero a la vez pobre, pequeño, limitado, y encerrarse, enjaularse, encarcelarse a sí mismo dentro de él.  Puede organizar así su vida, de forma que nunca permanezca sereno y tranquilo, solo consigo mismo. Puede, con los ruidos, la intensidad, la televisión, la radio, la información continua sobre cualquier cosa, intentar de la misma forma que los narcóticos, las drogas, el alcohol… olvidar, no pensar, no preocuparse, no acordarse que no marcha bien, que se extravió de su propio fin.

Finalmente no descansará el hombre contemporáneo pobre y fatigado, hasta que no encuentre ese  algo más, lo superior que existe realmente en su vida, lo verdaderamente bello y creativo.

¿Puede el hombre unirse con Dios? ¿Puede entrar en comunión, conectar, comunicarse con Él? ¿Puede hacerse dios por la increada energía Χάρις (Jaris)?

LA HUMANIZACION DE DIOS, CAUSA  DE LA ZEOSIS  DEL HOMBRE    

Dicen los Padres de la Iglesia que Dios se hizo hombre para convertir y hacer al hombre en dios. El hombre por si solo no podría conseguir la zéosis si Dios no hubiera tomado cuerpo humano.

En los tiempos que precedieron a la venida de Cristo aparecieron muchos hombres sabios y virtuosos. Por ejemplo, los antiguos Helenos habían llegado a un nivel muy elevado de filosofía sobre el bien, la bondad y sobre Dios. Su filosofía contenía semillas, gérmenes de verdad, el llamado “logos espermático, principio, raíz” *  Además eran hombres muy religiosos, no eran en absoluto ateos, como algunos  contemporáneos intentan presentarlos al no conocer bien las cosas. Ciertamente no conocían al verdadero Dios, eran idólatras, pero muy devotos, temerosos y respetuosos con dios o los dioses. Por eso algunos educadores, maestros, políticos, gobernadores, intelectuales, irrespetuosos con las memorias y origen de la raza Helénica, se empeñan en sacar de las entrañas de la psique de nuestro respetuoso pueblo su fe en Dios, particularmente sin el consentimiento del pueblo, ellos tienen el valor de cometer la  ”hibris” (injuria) * con el significado antiguo de la palabra. Esencialmente se atreven a la desehelenización del pueblo, si la Tradición de los Helenos, de nuestra antigua y nueva historia, es Parádosis (Entrega y Tradición) de devoción y respeto a Dios, sobre la cual se basó y sigue basándose, toda la cultura universal, que es una aportación del Helenismo.

En la filosofía de los antiguos Helenos se distingue una nostalgia para el Dios desconocido, para la experiencia de Dios. Eran devotos, creyentes, dios-céntricos pero no tenían el correcto e íntegro conocimiento de Dios,  faltaba la κοινωνία (kinonía) – comunión con Dios. No era posible la zéosis.

En el Antiguo Testamento también aparecen hombres justos y virtuosos. Pero la completa unión con Dios, la zéosis, se hace posible con la encarnación del Logos de Dios.

Este es el propósito de la Humanización de Dios. Si la finalidad de la vida del hombre hubiera sido solamente la mejoría ética o moral, no sería necesaria la venida de Cristo al mundo ni toda la historia de la divina Economía de la encarnación de Dios, su crucifixión, su muerte, la resurrección del Señor, todo en cuanto creemos los Cristianos que se hizo a través de Cristo. Porque también los Profetas, los hombres justos, los  filósofos y los maestros podrían enseñar a la raza humana para que se hiciera mejor éticamente.

Sabemos como Adán y Eva fueron engañados por el diablo y quisieron hacerse dioses, pero sin la colaboración de Dios, sin humildad, amor, ni obediencia, sino basándose en su propia voluntad y fuerza egoísta y autónoma. Es decir, que la esencia de la caída es el egoísmo. Así adoptando el egoísmo y la autosuficiencia se separaron de Dios y en vez de conseguir la zéosis, lograron justo lo contrario:  la muerte espiritual.

Tal como dicen los Padres de la Iglesia, Dios es vida. Quien se separa de Dios, se separa de la vida. Entonces, la muerte y la necrosis espiritual, es decir, la muerte espiritual y natural, fue el resultado de la desobediencia de los primer creados.

Todos conocemos las consecuencias de la caída. La separación de Dios arrojó al hombre a la vida materialista, animal o carnal y demoníaca. La brillante creación de Dios, cayó enferma de gravedad, casi muerta. Lo de “como imagen” se oscureció. El hombre después de la caída no tiene los fundamentos y premisas que tenía antes de errar, pecar, para avanzar hacia la zéosis.  En esta situación de grave enfermedad cercana a la muerte, ya no puede reorientarse hacia Dios. Se necesita una nueva raíz en la humanidad. Se necesita un hombre nuevo que sea sano y que pueda orientar otra vez la libertad humana hacia Dios.

Esta nueva raíz, el hombre nuevo es el Zeánzropos, (Dios – hombre), es Jesucristo, el Hijo y Logos de Dios, que se encarna para constituir la nueva raíz, el nuevo comienzo, el nuevo alimento de la humanidad.

Con la encarnación, sárkosis del Logos, como escribe san Gregorio el Teólogo, se realiza una segunda comunión de Dios y los hombres. La primera comunión fue la del paraíso. Ésta se malogró. El hombre se separó de Dios. Dios, la suprema bondad, propuso una segunda comunión, o sea una unión de Dios con los hombres, para que no pudiera desunirse más. Porque esta segunda alianza de Dios con los hombres se hace en el prósopon, la persona y rostro de Cristo.

El Zeánzropos Cristo, el Hijo y Logos de Dios  y del Padre, tiene dos naturalezas perfectas: la divina y la humana. Estas dos naturalezas se unen, “inmutablemente, inconfundiblemente, indivisiblemente, inseparablemente” en la Persona de Cristo, según el ilustre canon del 4º Santo Sínodo Ecuménico de Calcedonia, que en sinopsis, constituye la armadura teológica de nuestra Iglesia Ortodoxa contra todo tipo de sectas Cristológicas de todos los tiempos. Así pues tenemos un Cristo, con dos naturalezas: la divina y la humana.

Ahora ya la naturaleza humana y la naturaleza divina, por la unión hipostática (base fundamental, esencial, subsistencial) de ambas naturalezas en el prósopon rostro y persona de Cristo quedan definitivamente unidas para siempre, porque Cristo es eternamente Zeánzropos (Dioshombre). Como Zeánzropos ascendió a los Cielos. Como Tal se sienta a la derecha del Padre y vendrá a juzgar el mundo en su segunda Venida. De esta manera la naturaleza humana está entronizada en el seno de la Santa Trinidad. Nada puede separar ya la naturaleza humana de Dios. Por eso ahora con la Encarnación del Señor, por mucho que los hombres fallemos, erremos y pequemos, por mucho que nos apartemos de Dios, si queremos, mediante la μετάνοια (metania) podemos unirnos de nuevo con Dios, unirnos junto a Él, hacernos dioses por medio de la Χάρις (jaris).

* Logos espermático: Semilla, germen de verdad que sembró Dios en todos los hombres, en cambio toda la verdad la dio con el Cristo.

Hibris: Para los antiguos Griegos era, injuria contra la voluntad divina y el orden natural.

LA CONTRIBUCION DE LA ZEOTOKOS  EN LA ZEOSIS DEL HOMBRE        

El Señor Jesús nos da esta posibilidad para unirnos con Dios y retornar al objetivo inicial que había prometido para el hombre. Por eso se anuncia en la Sagrada Escritura como el Camino, la Puerta, el Buen pastor, la Vida, la Resurrección y la Luz. Es el nuevo Adán que rectifica el error del primer Adán: el primero nos apartó de Dios con su desobediencia y su egoísmo; el segundo Adán, Cristo, nos reintegra de nuevo a Dios con Su Amor y Su obediencia al Padre, obediencia hasta la muerte, “muerte en la cruz”. Orienta otra vez nuestra libertad hacia Dios, de manera que ofreciéndola a Él nos vamos uniendo con Él.

Pero la obra del nuevo Adán presupone la obra de la nueva Eva, la Παναγία (Panayía) Todasanta María,  quien también rectificó el error de la antigua Eva. Ella indujo a Adán a la desobediencia. La nueva Eva la Todasanta contribuye a la encarnación del nuevo Adán, quien conducirá a la raza humana a la obediencia de Dios. Por eso nuestra Señora Madre de Dios –  Zeotokos – aparece como la primera persona y rostro humano que consiguió la zéosis – de forma excelente e irrepetible- y jugó un papel en la obra de la salvación, no simplemente un papel básico, sino necesario e insustituible.

Si la Panayía, la Todasanta, con su obediencia, no hubiera ofrecido su libertad a Dios, según San Nicolás Cabásilas, el gran teólogo del siglo XIV, y no hubiera dicho “sí ” a Dios, Dios no hubiera podido encarnarse. Porque Dios, que dio libertad al hombre, no podría forzarla ni encarnarse si no se encontraba una mujer tan pura y casta, Todasanta, con psique sin manchas, como la Zeotokos, que ofreciese su voluntad, su libertad y todo su propio ser a Dios, de manera que Le atrajera hacia sí y hacia nosotros.

Debemos mucho a nuestra Panayía, Todasanta. Por eso la Iglesia la honra y es tan respetuosa con la Zeotokos. Por eso, San Gregorio Palamás, resumiendo la Teología Patrística, nos dice que la Panayía, nuestra Señora ocupa el segundo lugar después de la santa Trinidad, que es dios después de Dios, frontera entre lo creado y lo increado. “Preside a los salvados” como dice otro teólogo de nuestra Iglesia. San Nicodemo el Ayiorita, la nueva estrella inconfundible y maestro de la Iglesia, nos informa que las mismas legiones angelicales se iluminan con la luz que reciben de la Panayía.

Por eso nuestra Iglesia la alaba como “más honorada que los Querubines y más glorificada que los Serafines”. Por eso la encarnación del Logos y la zéosis del hombre es un gran Misterio de nuestra Fe y de nuestra Teología. Cada día lo vive nuestra Iglesia Ortodoxa con sus misterios, su himnología, sus iconos, con toda su vida. También la misma disposición arquitectónica de un Templo ortodoxo, lo testifica. La cúpula de las Iglesias, en la cual está pintado el Pantocrátor (Todopoderoso), simboliza el descenso del Cielo a la tierra y que el Señor “inclinó los cielos y bajó”, que Dios se hizo hombre y “habitó entre nosotros” (Juan 1,14).

  Puesto que se hizo hombre a través de la Zeotokos, la pintamos en la cavidad de la cúpula santa, para indicar que a través de ella Dios viene a la tierra y a los hombres. Ella es el “puente mediante el cual descendió  Dios” y “La que nos conduce de la tierra al Cielo”, la más Amplia de los cielos, el lugar de lo incontenible, inabarcable, que acogió dentro de sí misma al Dios incontenible para nuestra sanación y salvación.

A continuación nuestra Iglesia muestra las personas que adquirieron la zéosis, aquellos que se han hecho dioses por la Χάρις (Jaris), porque Dios se hizo como nosotros. Por eso en nuestras Iglesias ortodoxas podemos pintar no sólo a Dios encarnado, a Cristo y a su Madre Inmaculada, la Señora Zeotokos, sino también a todos los Santos alrededor y por debajo del  Pantocrátor. Todas las paredes están llenas de los efectos de la encarnación de Dios: los hombres santos y glorificados que consiguieron la zéosis.

Así pues, entrando en un templo ortodoxo y viendo las bellas hagiografías, iconografías, enseguida recibimos una experiencia: aprendemos cual es la obra de Dios para el hombre, cual es la finalidad de nuestra vida.

Todo en nuestra Iglesia habla de la Encarnación de Dios y de la zéosis del hombre.

LA  IGLESIA,  ESPACIO DE LA ZEOSIS DEL HOMBRE    

Los que  quieren unirse con Cristo y por Jesucristo con Dios Padre, conocen que esa unidad puede realizarse a través del cuerpo de Cristo que es nuestra Santa Iglesia Ortodoxa. Unión, evidentemente no con la divina esencia, sino con la glorificada naturaleza humana de Cristo. Esta unión con Él no es externa, ni tampoco  moral.

No somos seguidores del Cristo, quizás como muchos hombres lo son de un filósofo o de un maestro doctor o gurú. Somos miembros del cuerpo del Cristo, de la Iglesia. La Iglesia con toda verdad, es el cuerpo del Cristo, y no  lo moral o ético, como equivocadamente han escrito algunos teólogos que no han profundizado en el Espíritu de la Santa Iglesia. El Cristo nos toma y acepta, a los cristianos, a pesar de nuestras  incapacidades, faltas y pecados y nos incorpora a Su cuerpo. Nos convierte realmente en miembros de Su cuerpo, no moralmente. Como dice San Pablo “miembros somos de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Ef.5,30).

De acuerdo con su estado espiritual los cristianos, algunas veces, son miembros vivos del cuerpo de Cristo y otras veces muertos. Pero aún  muertos no dejan de ser miembros de Su cuerpo. Por ejemplo, un hombre que está bautizado se ha convertido en miembro del cuerpo de Cristo. Si no se confiesa, si no comulga, si no vive una vida espiritual, es un miembro muerto del cuerpo del Cristo. Cuando asume metania introspección, confesión y  arrepentimiento, enseguida recibe la vida divina. Ella lo penetra y lo hace miembro vivo del Cuerpo de Cristo. No necesita bautizarse de nuevo. En cambio el no bautizado no es miembro del cuerpo del Cristo, aunque viva una vida moral según la vida de los hombres. Necesita bautizarse para ser miembro vivo del cuerpo de Cristo, para incorporarse a Cristo.

Puesto que somos miembros del cuerpo del Cristo, se ofrece la vida del Cristo y se hace  nuestra vida. Así nos vivificamos, nos sanamos, nos salvamos y nos hacemos con la zéosis. No podríamos hacernos con la zéosis si Cristo no nos hiciera miembros de Su divino y santo cuerpo.

No podríamos sanarnos y salvarnos de no existir los divinos y santos Misterios de nuestra Iglesia, que nos incorporan a Cristo, y según los Santos Padres, nos hacen partícipes del mismo cuerpo de Cristo y Sus consanguíneos, esto es, que seamos un mismo cuerpo y una misma sangre con Cristo.

¡Que bendición tan grande, comulgar los inmaculados Misterios!  Cristo se hace nuestro, Su vida es nuestra, Su sangre es nuestra sangre. Por eso dijo San Juan Crisóstomo que Dios no da al hombre nada mejor que la divina Eucaristía. Tampoco el hombre puede pedir más a Dios que lo que recibe de Cristo en la divina – Εὐχαριστία(Efjaristía Comunión).

Así pues bautizados, crismados o iniciados y confesados, comulgamos el Cuerpo y Sangre del Señor, también  nos hacemos dioses por la Χάρις (Jaris) la energía increada, nos unimos con Dios, ya no somos más extranjeros, sino Sus familiares.

Dentro de la Iglesia, en la cual nos unimos con Dios, vivimos esta nueva realidad que trajo el Cristo al mundo: la nueva creación, la nueva obra. Ésta es la vida de la Iglesia, del Cristo, que se hace también nuestra como regalo y don del Espíritu Santo.

Todo dentro de la Iglesia conduce a la zéosis. La Divina Liturgia, los Misterios, la divina Adoración, la proclamación del Evangelio, el ayuno, todos conducen allí. La Iglesia es el único lugar de la zéosis.

La Iglesia no es un establecimiento cultural, histórico, semejante a otras entidades sociales del mundo. Ni tampoco es como otras instituciones que existen en él. El mundo, quizá tenga bellas instituciones, organizaciones, entidades y otras muchas cosas bellas. Pero nuestra Iglesia Ortodoxa es irrepetible, único lugar de conexión y comunión de Dios con el hombre y de su zéosis. Sólo dentro de la Iglesia puede el ser humano convertirse en dios, en ningún otro sitio. Ni en las  Universidades, ni en las entidades de servicios sociales, ni en cualquier otro lugar por muy bueno y bello que tenga el mundo. Todas estas cosas por muy buenas que sean, no pueden ofrecer lo que da la Iglesia.

Por eso aunque progresen mucho las instituciones mundanas y sus sistemas, nunca podrán substituir en esta labor a la Iglesia.

Es posible que nosotros, débiles, pecadores y falibles humanos, pasemos por crisis y dificultades en un momento determinado dentro de la Iglesia. Podría ser que ocurriesen escándalos en el seno de la misma. Todo esto sucede porque en la Iglesia estamos en el camino de la zéosis y es natural que existan debilidades humanas. Nos estamos haciendo dioses pero todavía no lo somos. Mientras tanto, si ocurren estas cosas, nosotros no abandonamos la Iglesia donde tenemos la única posibilidad de unirnos con Dios.

Cuando por ejemplo, vamos al Templo para asistir a las Divinas Liturgias y encontramos a algunos que no prestan atención y conversan entre ellos y nos distraen momentáneamente, nos viene como un λογισμός (loyismós, pensamiento, reflexión) como bondadoso, que nos dice: “en definitiva ¿qué ganas con venir a la Iglesia? Es mejor que te quedes en tu casa que tienes más tranquilidad y comodidad exterior para hacer la oración”

Pero nosotros debemos con prudencia, rechazar este sospechoso loyismós:

- Quizás tenga más tranquilidad exterior en mi casa, pero no tendré la jaris de Dios para que me haga la zéosis y me santifique. No tendré al Cristo, que está presente en Su Iglesia. No tendré  Su Santo Cuerpo y Su honrada Sangre que está en Su Templo Sagrado, sobre el Santo Altar. No participaré en el banquete Místico de la Divina Liturgia. Estaré separado de los hermanos del Cristo con los que, juntos, formamos Su Cuerpo.

Así pues, pase lo que pase, nosotros no nos iremos de la Iglesia, porque solamente en ella encontramos el camino de la zéosis.

LA ZEOSIS ES POSIBLE  POR LAS INCREADAS ENERGÍAS DE DIOS        

En la Iglesia Ortodoxa de Cristo el hombre puede conseguir la zéosis, porque la jaris de Dios, de acuerdo con la enseñanza de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia, es increada. Dios no es sólo sustancia o esencia como creen los occidentales, sino también energía. Si Dios fuera sólo esencia, no podríamos unirnos y comunicarnos con Él, porque la esencia de Dios es terriblemente poderosa e inaccesible para el hombre, “porque no puede verme el hombre y seguir viviendo” (Ex.33,20).

Pongamos un ejemplo relativo a lo que acabamos de decir. Si cogemos un cable eléctrico pelado, de alto voltaje, moriremos, pero si lo unimos a una bombilla nos iluminará. La energía de la corriente eléctrica la vemos, nos alegra, nos ayuda. La esencia no la podemos tocar. Algo semejante, si nos permiten la comparación, ocurre con la increada energía jaris  de Dios.

Si pudiéramos unirnos con la οὐσία (usía, esencia, sustancia) de Dios, también nos haríamos dioses en esencia. Es decir, todo resultaría ser dios, la confusión sería total, y nada sería esencialmente dios; en pocas palabras, lo que creen las religiones orientales, por ejemplo el Hinduismo, donde dios no es una existencia personal sino, una fuerza confusa y dispersa por el cosmos – universo, así en las personas como en los animales y en las cosas, (Panteísmo-tododios).

Además si Dios tuviera sólo la divina esencia incomunicada e increada sin Sus energías, quedaría en un dios autosuficiente, un dios encerrado en si mismo e incomunicado con sus criaturas.

Dios, según la contemplación teológica ortodoxa, es Unidad en la Trinidad y Trinidad en la Unidad. Como dicen especialmente San Máximo el Confesor y San Dionisio el Aeropayita y otros Santos Padres, Dios está lleno de un Santo Amor, un divino eros – enamoramiento por Sus criaturas. De este inmenso y extático amor Suyo sale de Si mismo y busca la unión con ellas. Esto se manifiesta y se realiza con su energía o mejor con Sus energías.

Con éstas energías increadas, Dios creó el cosmos y sigue manteniéndolo. Da contenido e hipóstasis (fundamento básico subsitencial) a todo nuestro cosmos-mundo, con Sus esenciadoras, generadoras energías. Está presente en la naturaleza y mantiene el universo con Sus energías de mantenimiento. Ilumina al hombre con Sus energías iluminadoras. Lo santifica con Sus energías santificadoras. Finalmente le hace con la zéosis con Sus  energías glorificadoras. Así pues con Sus energías increadas el santo Dios entra en la naturaleza, en el cosmos, en la historia, en la vida de los hombres.

Las energías de Dios son energías divinas. Son también Dios sin ser Su esencia. Son Dios, por eso glorifican al hombre. Si las energías de Dios no fueran divinas, increadas energías, entonces no serian Dios, ni podrían hacernos la zéosis y unirnos con Él. No existiría un puente de la distancia entre Dios y los hombres. Pero por tener Dios divinas energías y con ellas unirse a nosotros, podemos comunicarnos y comulgar con Él uniéndonos con su Jaris, sin identificarnos con Dios tal como sería, si nos uniéramos con Su οὐσία (usía, esencia, sustancia)   .

Nos unimos a Dios, pues, a través de las energías divinas e increadas y no por Su esencia. Éste es el gran misterio de la Fe Ortodoxa y de nuestra vida.

Esto no pueden aceptarlo los herejes occidentales. Como son racionalistas no distinguen, no hacen discernimiento entre οὐσία (usía, esencia, sustancia) y energías de Dios, y dicen que Dios es sólo esencia. Por eso no pueden hablar sobre la zéosis del hombre. Porque para ellos, ¿cómo se hará la zéosis en el hombre, si no aceptan las energías divinas increadas y las califican de construidas o creadas las divinas energías? Y ¿cómo puede algo construido, creado,  es decir, fuera del mismo Dios, hacer la zéosis o glorificar al creado hombre?.

Para no caer en al panteísmo (todo-dios) no hablan nada de la zéosis. Y entonces, para ellos ¿cuál es la finalidad de la vida del hombre? Simplemente, un mejoramiento moral. Es decir, que si el hombre no puede adquirir la zéosis por la divina Jaris, por estas energías divinas, ¿qué finalidad tiene su vida? Simplemente que sea moralmente mejor. Pero el perfeccionamiento moral es muy poco para el hombre. No basta que nos hagamos mejores que antes y realizar acciones moralmente buenas. Nosotros tenemos como objetivo y meta final la unión con el santo Dios. Esta es la finalidad de la creación del universo. Eso queremos. Ésta es nuestra alegría, felicidad, integridad y perfeccionamiento progresivo e interminable.

La psique del hombre creado como imagen y semejanza de Dios anhela y ansía a Dios, así como la unión con Él. Por muy moralista que sea el hombre, por muy bueno que sea, por muy buenas acciones que haga, si no encuentra a Dios, si no se une a Él, no descansa. Porque el mismo Buen Dios puso dentro de él esa divina sed, el divino amor – eros, el anhelo de unión con Él, la zéosis. Tiene la fuerza, energía amorosa dentro de sí mismo, que recibe de su Creador, para amar y enamorarse de verdad, con fuerza, sin buscar el provecho propio, desinteresadamente de la misma manera que su Santo Creador ama y se enamora de Su mundo, de todos Sus seres. Que ame y se enamore con este santo ímpetu y fuerza amorosa a Dios. Si el hombre no tuviera dentro de él la imagen de Dios, no podría buscar su prototipo o modelo (primera imagen, el original). Cada uno de nosotros somos imagen de Dios, y Él es el prototipo. La imagen necesita y busca su prototipo y sólo cuando lo encuentra descansa en él.

En el siglo XIV hubo una gran perturbación en la Iglesia que provocó el escolástico monje occidental Barlaam. Supo lo que los monjes de la Santa Montaña Azos hablaban y predicaban acerca de la zéosis. Se enteró que después de muchos sufrimiento y lucha, después de mucha – catarsis – de las  pasiones – pazos – y de mucha oración, llegaban a ser merecedores de la unión con Dios, de vivir la experiencia de Dios, de contemplar a Dios (con el ojo psíquico: nus). Oyó que veían la luz  increada que vieron los Santos Apóstoles durante  la Metamorfosis – Transfiguración – del Salvador Jesucristo en el monte Tabor.

Pero Barlaam, siguiendo el espíritu occidental, francolatino, racionalista, desviado, no podía concebir y percibir la auténtica realidad de esas divinas experiencias de los humildes monjes, y así empezó a acusar a los monjes del Monte Azos de equivocados, herejes e idólatras. Decía que era imposible que uno viera la jaris de Dios, porque él no conocía nada sobre el discernimiento entre la esencia y la energía increada de Dios.

Entonces la χάρις (jaris) de Dios destacó un gran e iluminado maestro de nuestra Iglesia, el Ayiorita  San Gregorio Palamás, Arzobispo de Salónica. Él con mucha sabiduría e iluminación de Dios y también con su experiencia personal, dijo y escribió mucho y enseñó según la Santa Escritura y la Divina Tradición de la Iglesia, que la luz de la Χάρις (Jaris) de Dios es increada energía divina. Que efectivamente, ven esta luz los hombres que adquirían la zéosis, como experiencia altísima y superior de la zéosis  y son vistos dentro de esta luz de Dios. Esto es la gloria de Dios, Su esplendor, luz del Tabor, luz de la Resurrección del Cristo y de Pentecostés, la nube luminosa del Antiguo Testamento. Realmente luz increada de Dios y no simbólica, como fraudulentamente creía y predicaban Barlaam y sus colegas

A continuación, toda la Iglesia, con tres grandes Sínodos en Constantinopla, dio la razón a San Gregorio Palamás y proclamó que la vida en Cristo no es simplemente educación ética y moral del hombre sino zéosis, que significa participación en la Δόξα (Doxa-Gloria)  de Dios, visión, expectación, contemplación de Dios, de Su Χάρις (Jaris), de Su Luz increada.

Debemos un grandísimo agradecimiento a San Gregorio Palamás, porque con la iluminación que recibió de Dios, con su experiencia y su teología nos entregó la enseñanza y la eterna experiencia de la Iglesia respecto a la zéosis  del hombre. El Cristiano no es Cristiano porque sencillamente pueda hablar de Dios. Es Cristiano porque puede tener experiencia de Dios. Y tal como cuando amas de verdad a una persona conversas y compartes con ella, la sientes, te alegras, así ocurre también  en la comunión del hombre con Dios. No hay simplemente una relación exterior, sino  una unión mística de Dios y el hombre en el Espíritu Santo.

Hasta hoy los Occidentales consideran creada la divina Jaris, la energía de Dios. Esto también, desgraciadamente, es una de las muchas diferencias nuestras, que se debe de tener en cuenta seriamente, en el diálogo teológico con los Romano – católicos. No son sólo el filioque, la jefatura del poder, la “infalibilidad” del papa y el celibato sacerdotal, las diferencias básicas entre la Iglesia Ortodoxa y los Papistas. Es también todo lo anterior. Si los Romano – católicos no aceptan que la Jaris de Dios es increada no podemos unirnos con ellos, aunque acepten todo lo demás. Porque si no fuera así, ¿quién efectuaría, energizaría la zéosis, si la divina Jaris es obra, creación y no energía increada del Espíritu Santo?

REQUISITOS Y PREMISAS PARA  LA ZEOSIS   

Dicen ciertamente los santos Padres que dentro de la Iglesia podemos conseguir la zéosis. Pero la zèosis es don y regalo de Dios. No es algo que lo conseguimos nosotros solos. Naturalmente debemos querer luchar y prepararnos, así nos haremos dignos, merecedores y receptivos para recibir y guardar este gran regalo y don de Dios, puesto que Él no quiere hacer nada sin nuestra libertad. Sin embargo, la zéosis es regalo de Dios. Por eso los santos Padres dicen que nosotros por un lado la anhelamos y por otro Dios energiza, opera la  zéosis.

Distinguimos unos indispensables requisitos en el camino del hombre hacia la zéosis.

  a)   LA HUMILDAD

Según los Santos Padres el primer requisito para la zéosis es la humildad. Sin la bendita humildad el hombre no puede ponerse en la órbita de la zéosis, aceptar y recibir la divina χάρις (jaris), unirse con Dios. Y sólo con reconocer que la finalidad de su vida es la zéosis, se necesita humildad. ¿Por qué, cómo sin la humildad reconocerás que la razón y finalidad de tu vida está fuera de ti mismo, es decir, está en Dios?

Mientras el hombre vive de manera autónoma, egocéntrica, antropocéntricamente, y se coloca a si mismo como centro y finalidad de su vida, cree que puede autoperfeccionarse, autodefinirse, autoglorificarse. Además éste es el espíritu de la actual civilización, filosofía y política contemporánea. Que hagamos un mundo que sea mejor, más justo, pero autónomamente. Un mundo que tendrá al hombre como centro, sin ninguna mención y relación con Dios, sin reconocer que Él es la fuente de cada bien. Ese error también lo cometió Adán, que creyó que con sus propias fuerzas podía hacerse Dios, perfeccionarse y completarse solo. El error de Adán lo cometen todos los humanismos de todos los siglos. No consideran indispensable la comunión y la unión con Dios para la integración completa del hombre.

Todo lo ortodoxo es Zeoantropocéntrico, tiene como centro al Θεάνθρωπος (Zeánzropos, Dios-hombre) Cristo. Todo lo no ortodoxo, papismo, protestantismo, masonería, milenarismo tipo testigos de Jehová, ateísmo o cualquier otra cosa, fuera de la ortodoxia tiene este denominador común: el centro es el hombre. En nosotros el centro es el Zeántropos Cristo, Χριστός (Jristós). Por eso es fácil convertirse uno en hereje, sectario, milenarista, masón, o cualquier otra cosa, pero es difícil hacerse Cristiano Ortodoxo. Para hacerse Cristiano Ortodoxo tienes que aceptar que el centro del mundo no eres tú, sino Cristo.

Por consiguiente, el principio del camino para  la zéosis es la humildad, es decir, reconocer que el propósito y finalidad de la vida está fuera de nosotros mismos, está en nuestro Padre, nuestro Hacedor y Creador.

Se necesita aún mucha humildad para ver que somos enfermos, llenos de pazos-debilidades e impotencias, pasiones y apegos.

       Por otro lado, aquel que empieza el camino de la zéosis, debe de tener la humildad continua para mantenerse continuamente en esta vía. Porque si acepta el pensamiento de que con sus propias fuerzas se las arregla bien y progresa, entonces se introduce dentro de él el orgullo. Pierde lo que ha ganado y otra vez necesita empezar de nuevo, aceptar la humildad, ver su debilidad e impotencia, su enfermedad humana y no basarse y fiarse de si mismo. Necesita basarse en la Jaris la increada energía de Dios, para poder encontrarse continuamente en el camino de la zéosis.

Por eso en la vida de los Santos nos impresiona su gran humildad. Mientras estaban cerca de Dios, brillaban dentro de la luz de Dios, eran milagrosos, mirovlitas-perfumadores, al mismo tiempo se creían de ellos mismos que estaban muy abajo, muy lejos de Dios, que eran los peores de los hombres. Esa humildad era la que los hacia dioses por la Jaris.

  B)  ÁSKISIS

Nos dicen también los Padres, que la zéosis tiene etapas.  Empieza de lo más bajo y avanza hacia lo más alto. Teniendo la humildad, empezamos por aceptar la metania (μετάνοια) y mucha paciencia en la lucha diaria en Cristo, en el ejercicio de aplicación de sus santos mandamientos, para limpiarnos - katartizarnos – de los pazos. Dicen los santos Padres que dentro de Sus mandamientos se esconde el mismo Dios, y cuando el Cristiano por amor y fe al Cristo los aplica,  practica y cumple, entonces se une a Él.

Ésta, según los santos Padres, es la primera etapa de la zéosis o glorificación, la cual se llama también “praxis” (acción, hecho). Es la educación práctica, el principio del camino hacia la zéosis.

Naturalmente esto no es nada fácil, porque la lucha es grande para desarraigar los pazos de nuestro interior. Es necesaria mucha labor, así poco a poco nuestro árido campo  interior se irá limpiando de las espinas y piedras de las pasiones y se cultivará espiritualmente, de forma que pueda caer la semilla del  logos de Dios y fructifique. Se requiere un grande y continuo ímpetu por nuestra parte, en  nosotros mismos, para conseguir todo esto. Por eso el Señor dijo que “la realeza de Dios se fuerza y los hombres que lo fuerzan, los rebeldes, la arrebatan”. (Mateo11, 12). Y de nuevo los santos Padres nos enseñan: “Da sangre y recibe Espíritu”, es decir, no puedes recibir el Espíritu Santo si no das la sangre de tu corazón en la lucha por katartizarte, limpiarte de los pazos, pasiones y apegos, para realmente confesarte (metania), arrepentirte y de verdad  adquirir los dones y las virtudes.

Todas las virtudes, son aspectos de una gran virtud, la ἀγάπη agapi-amor. Cuando el Cristiano adquiere esta agapi tiene todas las virtudes. Este  amor es el que expulsa la causa de todos los males y las pasiones pazos de la psique, y según los Padres es la causa de la φιλαυτία (filaftía, excesivo amor a uno mismo y al cuerpo, egolatría). Todos nuestros males interiores se originan por ella, que es un amor enfermizo de nosotros mismos. Por eso nuestra Iglesia tiene la áskisis. Sin ella, no hay vida espiritual, ni lucha, ni prosperidad. Obedecemos, ayunamos, nos cansamos en penitencias, nos agotamos, para poder alcanzar la limpieza de nuestras pasiones y apegos, los pazos. Si la Iglesia Ortodoxa deja de ser ascética, deja de ser Ortodoxa (Verdadera), deja de ayudar al hombre a liberarse de sus pazos pasiones y apegos, y a convertirse y hacerse dios por la Χάρις (Jaris).

Los Padres de la Iglesia desarrollan una gran y profunda enseñanza antropológica sobre la psique y los pazos del hombre. Para ellos, la psique se distingue en la parte logística y la parte pasional. La parte pasional contiene la parte irascible o afectiva (ira, enojo, odio, amor) y lo volitivo o anhelante (ansia, ilusión, deseo). En la parte logística están las energías lógicas de la psique, o sea los loyismí, los pensamientos. A la irascible corresponden los positivos y negativos sentimientos, emociones, el amor y el odio. En la parte anhelosa o volitiva están los buenos deseos de las virtudes y los malos deseos de las voluptuosidades, diversiones, avaricia, gula, culto al cuerpo, apegos materiales en general, los pazos carnales del cuerpo. Si estas tres partes de la psique, la logística, la irascible y la anhelante no se limpian o catartizan, no puede el hombre recibir en su interior la Jaris de Dios y conseguir la zéosis. Lo logístico se katartiza con la sobriedad (νήψις nipsis), que es continua vigilancia y examen de los loyismí del nus, aceptando y guardando los buenos, y rechazando los malos. La parte irascible se katartiza con la agapi-amor. Y la anhelante con la ἐγκράτεια (engratia, contención, autodominio y ayuno). Todas se catartizan o se limpian y se santifican con la oración.

   C)   LOS SANTOS MISTERIOS Y LA ORACIÓN

 Cristo se instala en el corazón del hombre a través de los santos Misterios con el Bautismo, la Crismación,  el Perdón por la confesión o Metania, la Divina Eucaristía. En los Cristianos Ortodoxos que están en comunión con Cristo, Dios y Su Χάρις (Jaris) está en su interior, en sus corazones, porque están bautizados, crismados, confesados y comulgados.

Pero los pazos cubren la divina Jaris como la ceniza cubre la chispa de la brasa. Con el ejercicio ascético y la oración el corazón se limpia o catartiza de los pazos y la chispa de la Jaris se reanima y el creyente siente a Cristo en su interior en el corazón que es el centro de su existencia.

Cada oración de la Iglesia ayuda a la kázarsis interior del corazón. Y particularmente ayuda mucho la oración de bendición u oración noerá, también llamada oración de corazón “Jesús Cristo Señor, Hijo de Dios, compadécete de mí, o de nosotros,”. Esta oración que desde siempre nos la entrega el Santo Monte Azos, tiene la siguiente ventaja: como es monóloga, es  decir, sólo una frase, nos ayuda a concentrar nuestro nus fácilmente. Así pues, concentrando nuestro nus,  lo sumergimos  interiorizándolo en nuestro corazón y cuidamos que allí no se ocupe ni preocupe de otras cosas y pensamientos, ni buenos, ni malos, sólo de Dios.

El ejercicio ascético de esta oración de corazón, que con la Jaris de Dios se puede hacer con el tiempo de manera continua, es toda una ciencia sencilla, un arte sagrado que los Santos de nuestra Fe describen detalladamente en sus escritos, como también en una gran colección de textos patrísticos,  la  Filokalía  (Amistad a la bondad y la belleza).

Esta oración, pues, ayuda y alegra mucho al hombre. Cuando el Cristiano avanza en esta  oración y a la vez su vida está de acuerdo con los santos mandamientos del Cristo y la Iglesia, entonces se hace digno de recibir la experiencia de la divina Jaris. Empieza a saborear la dulzura de la comunión con Dios, conocer por experiencia el “saboread y ved qué bondadoso es el Señor” (salmo, 33,9). Para nosotros los Ortodoxos, Dios no es una idea, algo que sólo pensamos o sobre lo que opinamos, discutimos o leemos, sino también es Prósopon Persona y Rostro, con el Cual entramos en comunión viva y personal, algo que vivimos y del Cual recibimos experiencia.

Entonces comprendemos la grande e inefable felicidad que es tener a Cristo en nuestro interior y ser Cristianos Ortodoxos.

A los Cristianos que estamos en este mundo, es de gran ayuda, en medio de los trabajos y preocupaciones de cada día, encontrar al menos unos minutos de serenidad y tranquilidad para ejercitarse en esta oración.

Por supuesto santifican a las personas también los actos y las obligaciones hacia Dios, cuando se hacen con humildad y amor. Pero también se necesita la oración. En una habitación tranquila (quizás sería mejor después de una lectura espiritual, tras haber encendido incienso y una  candil con aceite delante de un icono ortodoxo), cuanto más lejos posible de ruidos y ocupaciones, mientras nos serenamos y tranquilizamos el nus de  pensamientos ajenos, sumergiéndonos en lo más hondo de nuestro corazón diciendo: “Jesús Cristo Señor, Hijo de Dios, compadécete de mí, o de nosotros,”. ¡Cuánta  paz y fortaleza absorben y reciben las psijes con esta serenidad y tranquilidad en Dios! ¡Cuánta fuerza en el resto de las horas del día para que se mantengan pacíficas sin tensiones, sin nervios, ni ansiedad y tengan así todas sus fuerzas en unión y armonía!

Algunos buscan un poco de tranquilidad y serenidad psíquica, con medios artificiales y dentro de otros campos engañosos y demoníacos, como las llamadas religiones orientales. Intentan encontrar una tranquilidad y serenidad con ejercicios externos, dialogismos – yogas meditaciones, etc. para conseguir algo de equilibrio en su  psique y en su cuerpo. El error es que con todo esto el hombre, al esforzarse por dejar de lado diversos pensamientos y el mundo  material, esencialmente no dialoga con Dios sino que mantiene un monólogo consigo mismo. Y vuelve pues otra vez al antropocentrismo – egocentrismo y fracasa.

EXPERIENCIAS DE LA ZEOSIS    

Las experiencias de la zéosis son análogas a la  kázarsis del hombre. Cuanto más se katartiza éste de los pazos pasiones y apegos, mayor experiencia recibe de Dios, contempla a Dios porqué como se dijo “Bienaventurados los καθαροί (kazarí, catartizados, limpios) de corazón, porque ellos verán (contemplarán con el nus) a Dios” (Mt´5,4).

Cuando el hombre empieza en la μετάνοια  (metania) a arrepentirse, a confesarse- y a llorar por sus errores y angustias, recibe las primeras experiencias de la χάρις (jaris) de Dios. Tales experiencias son primeramente las lágrimas de metania, que traen a la psique una inexplicable continua alegría, después sigue una paz profunda. Por esto, esta pena aflicción por nuestros errores, debilidades y fallos, los pecados, se llama “pena – alegre”, como también dijo el Señor en Sus Bienaventuranzas “Bienaventurados los afligidos (apenados por sus pecados y el mal que reina en el mundo) porque ellos serán consolados por Dios” (Mt. 5,4).

Después avanza a etapas superiores, como es la divina iluminación, en la cual se ilumina el nus y ve con otra gracia al mundo, y a las personas.

Entonces el Cristiano ama más a Dios. Y vienen otras lágrimas superiores, que son las de agapi-amor a Dios, el divino eros – amor. No por los pecados, porque tiene ya la certeza que Dios los perdonó. Estas lágrimas que traen mayor felicidad, alegría y paz a la psique, son una mayor experiencia de la zéosis.

Después el hombre obtiene la apácia, impasibilidad, sin pazos, el desapego, la imperturbabilidad o ataraxia, la vida sin pazos perversos, sin debilidades que inducen a errores y pecados. Así se convierte en pacífico e imperturbable ante los ataques u ofensas exteriores, liberado del orgullo, odio, ira, resentimientos, apetencias corporales y materiales.

Ésta es la segunda etapa de la zéosis del hombre, llamada θεωρία (zeoría), visión de Dios, contemplación en la cual el hombre catartizado ya de los pazos las pasiones y apegos se ilumina por el Santo Espíritu, se alumbra y se hace con la zéosis, se glorifica. Sin embargo, para que uno pueda ver a Dios tiene que ser hombre con zéosis. Entonces zeoría de Dios significa también zéosis.

Sobre todo, cuando el hombre se ha catartizado completamente y se entrega totalmente a Dios recibe la mayor experiencia de la divina Jaris, que para los santos Padres es la vista de la luz increada de Dios. Esta luz la ven los que van muy adelantados en la zéosis, muy pocos en cada generación. La ven los santos de Dios y se ven dentro de esta luz, tal como figuran en sus santos iconos con las aureolas.

Por ejemplo, en la vida de san Basilio el Magno, se nos dice que cuando rezaba en su celda los demás le veían – naturalmente los que podían verle – que resplandecía todo él y su celda dentro de esta luz increada de Dios, la luz de la divina Jaris. En las vidas de muchos Neomártires Santos de nuestra Fe, leemos que cuando los turcos, después de horrorosos tormentos y castigos, colgaban sus cuerpos en las plazas de las ciudades para asustar al resto de los Cristianos, muchas veces por las noches aparecía una luz a su alrededor. Y tan clara e intensamente brillaba esta luz, con tanta grandeza se manifestaba nuestra Fe, que los mismos enemigos ordenaban bajar los cuerpos por la vergüenza que sentían ante los Cristianos, los cuales veían como Dios glorificaba Sus Santos Mártires.

La Jaris de la zéosis también mantiene incorruptibles los cuerpos de los Santos, sus santas reliquias siguen perfumando y haciendo milagros. Como dice San Gregorio Palamás, la Jaris de Dios cuando se une primero a las psijes de los Santos, después vive en sus Santos cuerpos y los llena de Jaris. Y no sólo en sus cuerpos sino en sus sepulcros, en sus iconos y en sus templos. Entiéndase pues, porqué rezamos, nos prosternamos, peregrinamos y besamos los iconos, las reliquias, las tumbas, los templos de los Santos. Porque todos tienen algo de la Jaris de Dios que poseía el Santo en su psique, debido a su unión con Dios, a causa de su zéosis.

Por esto dentro de la Iglesia disfrutamos de la Jaris de la zéosis, no sólo con la psique sino también con nuestro cuerpo, el cual además colabora con la psique y se co-jarifica, co-glorifica con ella como templo que es del Santo Espíritu.

Ella, la Jaris, emanando del Santo Señor, el Zeántropos Cristo, se desborda en nuestra Παναγία (Panayía, Todasanta María), en los Santos y llega también a nosotros los humildes.

Vale la pena señalar, claramente, que todas las posibles experiencias del Cristiano, no son con seguridad vivencias de zéosis y espirituales. Muchos se han engañado con experiencias psicológicas y demoníacas. Por eso, para que no exista peligro de errores, autoengaños y efectos demoníacos, debemos comentarlas todas, humildemente, a nuestro Yérontas-Guía espiritual quien, con la iluminación de Dios, distinguirá la autenticidad o no de dichas experiencias, y de esta manera guiará la psique que le ha consultado y  confesado. Además la obediencia a nuestro Guía del espíritu es el factor más importante  y del todo imprescindibles en el camino espiritual, porqué de esta manera, adquirimos espíritu eclesiástico, de aprendizaje en Cristo y aseguramos así el legítimo ejercicio que nos conducirá a la unión con Dios.

Un elemento muy particular de la zéosis, siempre dentro de la Iglesia, es la vida monástica, donde los santificados monjes reciben altas experiencias de unión con Dios.

De esta manera los desapegados monjes que participan de la zéosis y de la santificación, ayudan también a toda la Iglesia. Tal como creemos los Cristianos siguiendo a lo largo de los siglos la Santa Tradición de la Iglesia, la lucha de los monjes liberados tiene influencia positiva en la lucha de la vida de cada creyente que está dentro del mundo. Por esto en nuestra Ortodoxia el pueblo de Dios tiene gran respeto y devoción a la vida monástica.

En nuestra Iglesia, además coparticipamos en la comunión de los Santos, tenemos la experiencia y la alegría de nuestra unión con Cristo. Por esto entendemos que dentro de la Iglesia no somos personas aisladas sino una unidad, una hermandad, una comunión de hermanos. Y no sólo entre nosotros sino también con nuestros Santos de Dios que viven aún entre nosotros o con los que ya duermen el sueño eterno, ya que con la muerte los Cristianos no se separan. La muerte no los puede separar porque están unidos todos  al cuerpo resucitado de Cristo.

Por esto cada domingo, cada vez que se oficia la Divina Litúrgia, estamos en ella todos presentes, junto con los Ángeles y los Santos de todos los siglos. Están también nuestros parientes que ya murieron, evidentemente si están unidos con Cristo. Todos estamos juntos y en comunión mística entre nosotros, no de manera exterior sino en Cristo.

Y esto también se manifiesta en la Exposición de los Santos Dones de la Eucaristía, los Santísimos Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Cristo, cuando, alrededor del Cordero de Dios se colocan unas formas significando, una la Panayía, otra los Santos y otra los Cristianos vivos y difuntos. Todas las formas han sido bautizadas, en sagrado sacrificio, en la sangre de Cristo, después de la santificación de los Santos Dones.

Ésta es la magnífica bendición de la Iglesia, de la que somos sus miembros y podemos comunicarnos y comulgar no sólo con Dios, sino también entre nosotros como miembros del Cuerpo de Cristo.

La cabeza de este Cuerpo Sagrado y místico es el mismo Cristo. La vida viene de la cabeza al cuerpo. El cuerpo naturalmente, tiene miembros, de ellos unos están sanos, otros, en cambio, no tienen la misma vitalidad, no todos poseen una salud perfecta. Así somos la mayoría de nosotros. Pero del mismo Cristo y sus miembros  sanos procede la vida, la sangre sana, de forma que los miembros que tienen poca salud se recuperen y se fortalezcan también poco a poco. ¡He aquí, porque hemos de estar dentro de la Iglesia! Para recibir salud y vida, ya que fuera del cuerpo de la Iglesia no existe la posibilidad de recuperarnos y vivificarnos.

Todo esto naturalmente, no sucede enseguida. Toda la vida tiene que practicar y luchar el Cristiano Ortodoxo para poder con la Jaris de Dios, dentro de la Iglesia, con la humildad, con el arrepentimiento, la oración, los santos Misterios, santificarse, glorificarse y conseguir la zéosis.

Esta es la finalidad de nuestra vida, el gran objetivo y meta. No tiene demasiada importancia donde podremos llegar exactamente. Nuestro esfuerzo tiene valor, Dios bendice abundantemente el tiempo actual, nuestro siglo y el venidero.

EL FRACASO DE MUCHOS PARA LLEGAR A LA ZEOSIS  

Mientras hemos sido llamados a este gran propósito de unirnos con Dios, hacernos dioses por la increada energía Jaris y disfrutar de esta magnífica bendición que nos ha hecho nuestro Creador, muchas veces vivimos como si no fuera cierto este gran y extraordinario objetivo. De esta manera llenamos de fracasos nuestra vida.

Dios Santo nos creó para la zéosis. Entonces, si no hacemos la zéosis, toda nuestra vida será un fracaso.

Vamos a referirnos a algunas causas de éste fracaso:

A)  DEDICACION Y APEGO A LAS PREOCUPACIONES MUNDANAS

Puede ser que hagamos cosas buenas y bellas: estudios, profesión, familia, fortuna, filantropías, caridades, etc.  Si miramos y tratamos el mundo con gratitud, como regalo de Dios, entonces todas las cosas se enlazan y conectan con Él y nacen los caminos de unión junto con el Buen Dios. Pero si no nos unimos con Dios, fracasamos y todo es inútil.

Normalmente los hombres fracasan, porque son arrastrados por estos fines secundarios. No ponen como primera y principal finalidad la zéosis de su vida. Se absorben y deslumbran por las cosas bellas de este mundo, se olvidan y pierden las eternas. Se entregan totalmente a las secundarias y olvidan que “sólo una es necesaria” (Luc.10, 42).

Existe, sobre todo hoy, una continua ocupación, continuas  actividades – quizá se trate de un truco y manejo del diablo para engañar incluso a los elegidos – a causa de las cuales descuidamos nuestra sanación y salvación. Por ejemplo, en este momento hemos de estudiar, hacemos un curso, hemos de leer, no tenemos tiempo de orar, ir a la Iglesia, confesar, comulgar. Mañana tendremos reuniones, congresos,  responsabilidades personales y sociales, ¿cómo encontrar tiempo para Dios? Pasado mañana boda, obligaciones y ocupaciones familiares; imposible ocuparnos de lo espiritual. Continuamente repetimos también a Cristo: “No puedo ir; dispénsame por favor…”(Luc.14, 19-20).

De esta manera también pierden su merecido valor estas bellezas encantadoras y leales. Todo esto tiene valor real y esencial cuando se hace con la Jaris de Dios, o sea cuando intentamos hacerlo todo para la gloria de Dios. Pero cuando no dejamos de añorar y tratar de lograr lo que está más allá de los estudios, más allá de la profesión, más allá de la familia, más allá de cualquier responsabilidad, o actividad buena y sagrada, tenemos que anhelar la zéosis. Entonces todas estas cosas encuentran su significado real, sus eternas perspectivas y nos benefician.

Dice el Señor “pedir primero la realeza de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt.6,33). La realeza de Dios es la zéosis, es recibir la increada energía Jάρις del Espíritu Santo. Cuando la Jaris venga y reine dentro del hombre, éste será gobernado por Dios. Y a través de los hombres que consiguen la zéosis viene la Jaris de Dios también a las demás personas y a la sociedad. Pero como enseñan los Padres en la oración del Domingo: “venga a nosotros tu realeza” significa “que venga a nosotros la Jaris del Espíritu Santo”, que al llegar aporta la zéosis.

B)  EL MORALISMO

Desgraciadamente el espíritu moralista que antes comentábamos, que consiste en reducir la vida Cristiana a una mejora en este campo, ha influido negativamente bastante, también en nuestra tierra, en el respeto y la espiritualidad de los Cristianos. Debido a esta influencia teológica occidental muchas veces dejamos de aspirar y pretender la zéosis.

Pero la mejora de la educación en el terreno moral es antropocéntrica, se centra sólo en el hombre. En ella prevalece el esfuerzo humano y no la Jaris de Dios. Parece ser que lo que nos salva es nuestra  moral y no la Jaris de Dios. Por eso, con esta forma de vida, no se tienen verdaderas experiencias  de Dios y la psique no descansa realmente ni apaga su sed. Esta educación que fue examinada y fracasó, no representando el auténtico espíritu de la Iglesia de Cristo, es en gran parte la responsable del ateísmo y la indiferencia por la vida espiritual de muchos seres humanos, sobre todo jóvenes.

Los padres, los profesores, los clérigos y todos los servidores de la Iglesia, en lugar de hablar, en nuestras reuniones, catequesis y homilías o en cualquier parte, de una estéril mejora del hombre, conviene que eduquemos a los Cristianos hacia la zéosis, tal y como es el auténtico espíritu y la experiencia de la Iglesia. De todas formas las virtudes por muy grandes que sean, no constituyen la finalidad de nuestra vida Cristiana, pero sí los medios y maneras que nos preparan para recibir la zéosis, la  Jaris del Espíritu Santo, como nos enseña de forma muy concisa San Serafín de Sárof.

C) EL HUMANISMO EGOCENTRICO

El humanismo autónomo como sistema filosófico-social, separado e independiente de Dios, conduce a una cultura ególatra y sin salida para el hombre contemporáneo. Quiere apartarnos de nuestra Fe Ortodoxa en nombre del provecho, dignidad y libertad del hombre. ¿Existe mayor provecho, dignidad y libertad para el ser humano que la zéosis?

CONSECUENCIAS  DE LA EDUCACIÓN DE LA ZEOSIS

 La educación que da nuestra Iglesia Ortodoxa con el Culto Divino, la teología Patrística, la vida Monástica, es educación de la zéosis, educación “zeantropocéntrica”, dioscéntrica, teniendo como centro al Zeánzropos, (Dios-hombre), Cristo.

Ésta da gran alegría a nuestra vida cuando conocemos el gran destino que tenemos, la felicidad y la bienaventuranza que nos espera.

Cualquier dolor, cada prueba y angustia de la vida se dulcifican con la perspectiva de la zéosis.

Cuando luchamos con la perspectiva de la zéosis, evidentemente mejora nuestra actitud hacia nuestros semejantes. Es decir, cuando nos vemos el uno al otro como candidatos iguales a ser dioses. ¡Cuánto se profundiza y gana en esencia entonces también la educación que damos a nuestros hijos! ¡Con cuánto gusto divino aman entonces y respetan el  Padre y la Madre a sus hijos, que con la Jaris de Dios trajeron al mundo, sintiendo la responsabilidad y la santa misión que tienen que cumplir con ellos, ayudarles a conseguir la zéosis, su finalidad y propósito de la vida! Y naturalmente, ¿cómo los ayudarán si no se dirigen ellos mismos a este fin, la zéosis?  Pero también ¡cuánto aprecio y autoestima tendremos hacia nosotros mismos, sin nuestro egoísmo y orgullo que son contrarios a lo divino, cuando sintamos que estamos creados para esta gran finalidad!

Los  santos Padres y los teólogos de la Iglesia dicen sobre todo que superando la filosofía antropocéntrica del egoísmo y egolatría, nos hacemos realmente personas, verdaderos humanos. Encontramos a Dios con respeto y amor, y a nuestros semejantes con verdadero aprecio y dignidad, viendo en ellos  no  objetos de emoción, de placer y explotación, sino como imágenes de Dios  predestinados a la zéosis.

Mientras estamos cerrados en nosotros mismos, en nuestro yo, somos individuos y no personas. En cuanto salimos de nuestra cerrada existencia individualista y empezamos, de acuerdo con la educación de la zéosis – con la Jaris de Dios pero también con nuestra cooperación, sinergia – a amar, a entregarnos más y por encima de todo a Él y a nuestro prójimo, nos hacemos personas verdaderas. Esto es cuando nuestro yo encuentra el Tú de  Dios y el tú del hermano, en aquel momento empezamos a recobrar nuestro yo perdido. Y es que dentro de la comunión de la zéosis, para la cual  hemos sido creados, podemos abrirnos, comunicarnos, alegrarnos los unos a los otros de verdad y no de manera ególatra y egoísta.

 He aquí la moral de la Divina Liturgia, en la cual aprendemos a superar el camino estrecho del interés personal, egoísta, hacia el que nos empuja el diablo, el pecado y nuestros pazos, faltas y errores, pasiones y apegos y así abrirnos, en comunión de sacrificio y amor en Cristo.

Esta sensación y sentimiento de tan magnífica llamada, es decir la zéosis,  hace descansar real e íntegramente al hombre.

El humanismo ortodoxo de nuestra Iglesia se basa en esta gran llamada del hombre y por esto valora hasta lo máximo todas las  fuerzas del hombre.

¿Qué otro humanismo, por muy progresista y muy liberal que parezca, es tan revolucionario como el humanismo de la Iglesia, que puede hacer al hombre Dios? Sólo la Iglesia tiene este magnífico humanismo.

Por eso especialmente en nuestros tiempos, cuando muchos intentan  engañar a los demás, y sobre todo a los jóvenes, promocionando sus falsos humanismos, que esencialmente mutilan al ser humano, y no lo integran ni lo completan, tiene especial valor y profundo significado la insistencia y firmeza de esta educación de la Iglesia.

CONSECUENCIAS DE LA EDUCACION QUE NO CONDUCE A LA ZEOSIS  

Hoy en día los jóvenes buscan y piden experiencias. No tienen suficiente con una vida materialista en una sociedad llena de egoísmo y orgullo intelectual – racionalista, tal como se la entregamos los mayores. Nuestros hijos, que son imágenes de Dios “llamados a ser dioses”, piden y buscan más que las formas lógicas y razonables de una filosofía materialista  y una instrucción y educación ateas que les ofrecemos. Piden experiencias de la verdadera vida. Desde luego, no les es suficiente solo oír hablar de Dios. Desean Su experiencia, Su luz, Su (increada) energía Jaris. Lo cierto es que muchos de ellos no conocen que la Iglesia tiene la posibilidad de ofrecerles este descanso y tiene la experiencia de esto buscan y anhelan; en vano buscan y se refugian en otros substitutos de ínfimo valor, tratando de encontrar algo fuera de lo razonable y algo superior a toda lógica.

Unos se entregan en misticismos orientales, tipo yoga. Otros en apócrifos saberes ocultos, o caen en el gnosticismo y últimamente, por desgracia, abiertamente en el satanismo.

Lo cierto es que tampoco la ética y moral conocen barrera alguna, si esta ética está separada y privada de la esencia y finalidad de unirnos con el santo Dios, resultando totalmente sin ningún sentido.

Así sobran y abundan patéticos fenómenos como el anarquismo y el terrorismo, con los cuales muchos hombres jóvenes quieren satisfacer un dinamismo que llevan en su interior y no se cumple profundamente ni completamente su anhelo, porque no han tenido la suerte de ser educados en la zéosis y se entregan a cualquier clase de extremismos y violencias contra sus conciudadanos.

La mayoría de los jóvenes derrochan el precioso tiempo de su vida y sus fuerzas, que Dios  les dio para conseguir con éxito su zéosis, y las malgastan en el estilo de vida consumista, culto al cuerpo y egolatría; muchas veces por desgracia, con la tolerancia del propio estado, se fabrican los ídolos actuales, los actuales falsos “dioses” provocando así un gran desastre en sus cuerpos y sus psijes.

Otros viviendo sin ningún ideal, se desgastan en diversas ocupaciones inútiles, perjudiciales y sin objetivo; otros se sienten muy a gusto corriendo a grandes velocidades, desesperados, por las carreteras – muchas veces con trágicos resultados de heridos y muertes -, otros buscando falsas aventuras, se entregan definitivamente sin condiciones, a la demoníaca dependencia de las drogas, alcohol, tabaco… la nueva cólera y látigo de nuestro siglo.

Y al final algunos, después de una vida relativamente corta, llena de fracasos y desengaños, consciente o inconscientemente, ponen fin a su martirio de vana búsqueda recurriendo por desgracia en una extrema desesperación al suicidio.

No son gamberros todos estos jóvenes que huyen y se refugian en esas cosas ilógicas, absurdas y trágicas. Son jóvenes, hijos de Dios e hijos nuestros, que desencantados del materialismo y de la sociedad egocéntrica, autoritaria que les entregamos, no encuentran aquello por lo cual han nacido y han sido creados, lo verdadero, lo eterno, no se lo hemos dado y por eso lo ignoran. Desconocen la gran finalidad de la vida del hombre, su zéosis. Por eso, no encontrando descanso en nada, huyen y se refugian en la desesperación, como hemos descrito anteriormente.

Hoy hay bastantes pastores de nuestra Santa Iglesia, obispos, sacerdotes, guías espirituales, y también hermanos laicos, que con amor desinteresado, se esfuerzan desgastándose diariamente  en conducir y guiar a nuestros jóvenes hacia la finalidad de su zéosis. Les estamos agradecidos por el sacrificio, entrega y ofrecimiento divino y con gusto a esta obra, a través de la cual, por la Χάρις (Jaris) la increada energía de Dios, se sanan, se divinizan, se santifican y se salvan las psijes por las que murió Cristo.

El Santo Monte Azos humildemente ayuda y colabora en este gran dolor de la Iglesia. Nuestro Jardín de la Παναγία Todasanta, es un lugar especial de divinidad y paz de Dios que disfruta la bendición de la zéosis, vive la comunión con Dios, tiene clarividente y lúcida la experiencia de Su Jaris, de Su Luz. Por eso muchas personas, en su mayoría jóvenes, se benefician, se refuerzan, renacen en Cristo, en algún peregrinaje al Azos o manteniendo también sus lazos particulares con él. Y así disfrutan y se alegran de Dios en sus vidas y empiezan a comprender qué es la Ortodoxia, vida Cristiana, lucha espiritual y ¡qué alegría y enorme significado dan estas cosas a sus existencias!  Saborean algo del gran regalo de Dios al hombre, la zéosis.

No olvidemos pues, todos los Pastores de la Iglesia, teólogos, catequistas, la educación de la zéosis, por la cual los jóvenes y todos nosotros los humildes, con la Χάρις (Jaris) la increada energía de Dios, en la lucha diaria, la lucha por la metania, confesión, aceptación y arrepentimiento, por el cumplimiento de Sus santos mandamientos, anhelamos conseguir la posibilidad de gozar esa bendición de Dios, la unión con Él, alegrarnos enormemente en esta vida, pero ganar también la eterna felicidad, la bienaventuranza.

Demos gracias continuamente al Santo Señor por el regalo de la zéosis, que es regalo de Su Amor. A Su Amor correspondamos con nuestro amor. El Señor quiere y anhela nuestra zéosis. Además, por esta razón se hizo hombre y murió en la cruz. Para que ilumine como Sol en medio de muchos soles, como Dios en medio de dioses. Así sea. Amén.

† Archimandrita Georgios

Yérondas del monasterio de San Gregorio del Santo Monte Athos

Traducción de xX.jJ