LA CRUZ DE CRISTO Y SU IMPORTANCIA EN NUESTRA VIDA

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La vida en Cristo no es una vida despreocupada, irresponsable y sin esfuerzo. Tiene una felicidad real, alegrías grandes y esenciales, mucha y profunda paz, pero se consigue poco a poco, y se mantiene y crece dentro de una vida cruciforme.

La Cruz de Cristo coexiste y se repite en la vida de los Santos, en la vida de los fieles, de los discípulos de Cristo también hasta hoy en día. La cruz embellece nuestra vida, nos forma en Cristo, nos hace madurar y nos prepara para la Resurrección, la vida eterna.

El mundo que está fuera de la Iglesia teme la Cruz de Cristo, se burla de él, le rechaza y le niega con todo tipo de formas. Así se queda sin Su bendición, sin Su fuerza y energía increada y sin esperanza en el siglo presente y futuro. Los humildes discípulos del Sanador y Salvador Cristo, con mucha paciencia aguantan la Cruz en sus vidas, a pesar de sus imperfecciones y debilidades que cada día se suprimen y en la posición de ellas se imprimen los “estigmas de la agapi cruciforme de Jesús” en sus psiques y sus cuerpos.

Son estos que provienen de la gran aflicción, sufrimiento y tristeza, y las vestimentas de ellos se blanquean con la sangre del Cordero.

Son estos que pueden amar realmente a Cristo y comprender a su semejante con sus pecados, defectos y debilidades, aceptándole tal y como es, aún cuando no lo merece, igual que el mismo Señor nos ha amado a nosotros sin merecerlo.

Son estos que llevando la Cruz de Cristo en sus vidas, contienen la Jaris (gracia, energía increada) de Dios en nuestro mundo enfermo, manteniéndolo y embelleciéndolo. Y no son pocos que hoy en día los que aman la Cruz de Cristo en sus vidas. No son pocos los que escogen la cruz y en vez de las fáciles soluciones mundanas, aguantan “caminos duros” únicamente “por los logos de los labios de Cristo”.

Con estos deseamos incluirnos con la Jaris (energía increada) de Dios también nosotros que tenemos dificultades a causa de nuestras debilidades y estar crucificando en la Cruz de Cristo nuestro antiguo hombre, nuestra orgullosa razón, y decir con nuestra praxis diaria: “Soberano alabamos y reverenciamos Tu Cruz…”.

Marzo 1997

La Santa Cruz como símbolo y señal de Cristo

La Santa Cruz es la más divina Señal y Símbolo de nuestra Fe. Todos los santos Misterios terminan con la imploración del Espíritu Santo y el sello de la Cruz: el Bautismo, la Crismación, la Divina Efjaristía…

Todas las oraciones sacerdotales son cruciformes.

Los Templos Sagrados, los utensilios sacros y las vestimentas eclesiásticas se santifican con la Santa Cruz.

No se concibe una praxis litúrgica o una reunión de fieles sin el sello de la Santa Cruz.

La Cruz es también el compañero más fiel de cada cristiano ortodoxo desde el momento que nacemos hasta nuestra muerte. Y el sepulcro del cristiano se bendice con la Cruz.

Nos santiguamos repetidamente, llevamos nuestra Cruz en el pecho, en nuestras casas, en nuestros coches, en nuestros trabajos, tal como psalmodía, canta nuestra Iglesia: “Cruz guardián de la tierra, Cruz belleza de la Iglesia, Cruz el sostén de los fieles, Cruz la gloria de los ángeles y la herida de los demonios”.

Además, la Cruz no sólo es el símbolo más santo y querido sino el símbolo cristiano insustituible. Sin la Cruz no se entiende la Iglesia del crucificado Cristo. Por eso los heréticos no manifiestan la debida devoción y respeto a la Santa Cruz, como los Protestantes, los Evangélicos, le niegan totalmente y le insultan, blasfeman como los testigos de Jehová.

Escribe en el Gerontikón, un hombre santo y con poder contra los espíritus malignos y sucios, San Juan Bostrinós: “preguntó a los demonios que habitaban en unas chicas y a causa de ellos sufrían terriblemente y estaban dominadas por manía: ¿Cuáles son las cosas que más teméis de los Cristianos?, y ellos contestaron: Tenéis tres grandes cosas, aquello que colgáis en vuestro cuello, aquello que os bañáis en la Iglesia y aquello que coméis en la Divina Liturgia. El santo preguntó otra vez: ¿Cuál de estos tres teméis más?, y respondieron: “si guardaseis bien aquello que comulgáis, nadie de nosotros podría perjudicar al Cristiano”. Estas cosas, pues, son las que más temen los demonios: la Cruz, el Bautismo y la Divina Comunión o Efjaristía. (Filocalía t. 5 pag 118-119).

 

La dinamis (potencia o fuerza) de la Cruz

La jaris (energía increada) y la potencia de la Santa Cruz, no se deben en su figura o forma de cruz, sino en que la Cruz de Cristo es el instrumento por el que el Cristo ha salvado al mundo. Es el altar o sacrificadero, al que se ofreció por sí mismo para todo el mundo. Toda la kenosis-vaciamiento, despojamiento, empobrecimiento, tribulación, castigo, sufrimiento y muerte que ha sufrido para nosotros, se culminan en la Cruz. En la Cruz ha vivido el dolor más profundo, y el mayor desprecio para nosotros. Se hizo maldición para nosotros, para librarnos del pecado y de la ley. Toda la obra de Cristo, toda Su filantropía (amigo y amor al hombre) se resumen en Su Cruz. Como se refiere san Gregorio Palamás: uno preguntó irónicamente a uno de nuestros padres santos si cree al Crucificado, y él respondió: sí, creo en Él que ha crucificado el pecado, (San Gregorio Palamás, EPE t.9 pag 285).

En la Cruz el Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios y hombre Cristo ha disuelto la tragedia de la libertad humana que había provocado la desobediencia de los primeros en ser creados, “haciéndose obediente hasta la muerte, muerte en la Cruz” (Fil 2,8), y reorientó nuestra libertad en su creador, el Dios Triádico. En la Cruz ha vencido la muerte -“por la muerte pisoteó la muerte”- con hacer Suya nuestra muerte, y con Su Resurrección, nos ha regalado la vida y la incorruptibilidad.

Por la Cruz nos ha reconciliado con el Dios Padre y nos ha regalado la absolución, perdón de nuestros pecados.

Por la Cruz, a nosotros los esparcidos hijos de Dios, nos ha congregado y unido en un cuerpo, derrumbó las insuperables paredes que nos separaban y “ha formado, creado en sí mismo al hombre nuevo” (Ef 2, 15). En la Cruz ha limpiado, purificado y santificado cielo, aire y tierra, porque se crucificó bajo del cielo, se elevó al aire y Su Santísima Sangre goteó en la tierra.

En la Cruz ofreció sacrificio universal para toda la tierra y expiación común para toda naturaleza humana, por eso padeció fuera de la ciudad y fuera del templo de Salomón, como teologiza san Juan el Crisóstomo.

En la Cruz con Su propia elevación plena de humildad, como dice una oración, elevó nuestra naturaleza que “por la falsa elevación y la vana arrogancia, había bajado hasta al Hades (infierno)”. En la Cruz reveló que este mundo no es la realidad definitiva, sino el camino hacia la definitiva realidad, si dentro en este mundo luchamos cruciformemente contra nuestro egoísmo. Así restableció el sentido positivo del cosmos-mundo, (Dimitri Staniloae: “En el interior de la Luz de la Cruz y la Resurrección”).

En la Cruz se ha apocaliptado, revelado a Sí Mismo como el único benefactor y salvador, redentor y vivificador del mundo y del universo, y abolió definitivamente la obra del diablo, los métodos y sus astucias malignas, los engaños, la fuerza y su poder en los hombres. Por eso el diablo tiempla y se horroriza viendo que ya no tiene la fuerza, mientras nosotros cantamos en la Iglesia: “Te has crucificado para mí, para que venga la absolución en mí: te has pinchado en la costilla, se abre la llave que emana mi vida; con los clavos clavados en tus manos, para que yo por tus profundos padecimientos, como creyente clame: vivificador Cristo, gloria Salvador a Tu Cruz y tu pazos-pasión”.

La muerte del Señor en la Cruz es vivificante y redentora, ofrece vida y liberación:

A) Porque es voluntaria.

El Señor camina hacia la muerte, no como un condenado, sino como un rey sacrificado por sus súbditos, como dice: “De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” (Lc 12,50). Por eso los Bizantinos escriben sobre la Cruz: “el rey de la doxa-gloria”, e iconizan, representan al Señor no dominado por el dolor (colgado el cuerpo de las manos en debilidad absoluta), sino el Señor también del dolor (las manos horizontalmente en la Cruz).

B) Porque es muerte real

El sin pazos, in-pasivo Señor, según su deidad, padeció para nosotros en carne. Su divina naturaleza concedió, de modo que Su naturaleza humana pasase la agonía antes de la muerte y el dolor de la Cruz. Sin embargo, por un momento en el jardín de Getszimaní, la naturaleza humana se debilitó y se acobardó, pero la naturaleza humana y la voluntad fueron sometidas a la divina naturaleza y voluntad, padeció y murió para la gracia de la vida, la sanación y la salvación del mundo.

C) Porque el padeciente es impecable

El impecable padeció, sufrió y murió para los pecadores. Es verdad fundamental que el Señor fue impecable, porque Su naturaleza humana por extrema concepción estaba unida con la divina naturaleza a causa de la unión hipostática (substancial) a la persona del Logos de Dios.

La Cruz de Cristo fue y es “para los Judíos escándalo, para los Helenos (idólatras) tontería, pero para los creyentes, la fuerza y la sabiduría de Dios” (ver 1Cor 1,23). Es el acontecimiento más paradójico de la historia: Por la muerte la Vida. Por la maldición la elevación. Como dice san Gregorio Palamás: “esto es la sabiduría y la fuerza de Dios, vencer por la enfermedad, elevarse por la humildad, enriquecerse por la pobreza” (San Gregorio Palamás, EPE t.9 pag 285).

No es casualidad que el Señor no quiso permanecer en la doxa (gloria, luz increada) de la Metamorfosis y evitar la Cruz, pero el que bajó del Tabor preparaba Sus discípulos para “las cosas que iban a ocurrir después” (Mar 10,32).

Cuando Pedro le aconsejó evitar la muerte cruciforme, el Señor le recriminó severamente. “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mt 16,23).

Caminando hacia padecimiento o la pasión voluntaria decía: “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre” (Jn 13,31). Tal y como dice san Juan el Crisóstomo: “La Cruz antes era cuestión de castigo y vergüenza, pero ahora se hizo motivo de gloria y honor. El que la Cruz es gloria, escucha a Cristo que dice: “Y ahora, Padre, glorifícame tú a mí como hombre a lado tuyo, con la gloria que tenía a tu lado, antes que el mundo fuese” (Jn 17,5), dando a entender la gloria increada de la Cruz” (San Juan Crisóstomo, EPE t.36 pag 37).

 

La participación de los Cristianos en la Cruz de Cristo

Después de la recriminación a Pedro, el Señor pidió de Sus discípulos que caminen ellos también cruciformemente: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt 16,24).

A los hijos de Zebedeo y la madre de ellos, que pedían presidencias, el Señor dijo: “No sabéis lo que pedís; ¿podéis tomar el cáliz que yo tomaré o el bautismo que yo me bautizaré?” Está manifiesto de estas palabras del Señor, “ya que también Cristo sufrió por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1Ped 2,21).

La Cruz no es “el tipo” o el “símbolo” de Cristo, sino la forma, manera de vida de los Cristianos.

Tal y como no se entiende Cristo verdadero sin la Cruz, así no se entiende Cristiano verdadero sin la Cruz, es decir, sin la coparticipación en la Cruz de Cristo, como el mismo Salvador nuestro nos dice: “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27).

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¿Pero qué significa seguir a Jesús Cristo llevando mi cruz, es decir, vivir cruciformemente?

Crucifico al antiguo hombre, es decir, mis pazos

“Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasos, patologías, pasiones y deseos” (Gal 5,24). Repudio al antiguo hombre y lucho para desarraigar de mi interior los pazos egoístas y pecadores, el egocentrismo y la filaftía (egolatría)…

Las formas de la filaftía-egolatría son: poca fe e incredulidad; la indiferencia para mi semejante, y lo peor, la explotación de él; la filaftía-egolatría, la filidonía-hedonismo, la codicia y la avaricia, el resentimiento y la calumnia, y cualquier acción con la que herimos y fastidiamos a nuestros semejantes; la ambición y la vanagloria.

El hombre ególatra, según los Padres, no puede ser filoteo-amante de Dios ni filántropo (amigo del hombre). Puede fingir que es filoteo y filántropo pero en el fondo ama solamente a sí mismo con una agapi (amor) enfermiza.

Si no crucificamos nuestra egolatría en la Cruz de Cristo, no podríamos ser verdaderos discípulos Suyos, porque no podemos adquirir la verdadera agapi (amor desinteresado) propia de Él.

Por eso también el imitador de Cristo, Pablo dice: “En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesús Cristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!” (Gal 6, 14).

Kosmos-mundo, según Isaak el Sirio, es nuestra relación pasional y enfermiza con el mundo, es decir, nuestros pazos. Por consiguiente, el mundo se ha crucificado para mí y yo para el mundo, significa que evito no solo los pecados propios, sino también los loyismí y los deseos pecadores.

Esta mortificación podemos lograrla, porque místicamente o espiritualmente hemos co-muerto y co-resucitado con el Cristo: “Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte”, y así podemos caminar también “en nueva vida” (Rom 6, 3-4).

Dentro, en nuestra vida muerta, se nos ha sido regalada la nueva vida en Cristo a través del Bautismo.

La vida cristiana después del santo Bautismo es una lucha para que lo “en dinami-potencia” se convierta y se haga “en energía”.

La nueva vida en Cristo, inaugurada y regalada en nuestro interior, tiene que vencer y metamorfosear (transformar) todo elemento del antiguo y muerto hombre nuestro. Esta lucha es la Cruz.

Profundizando sobre este misterio, san Gregorio Palamás nos habla de nuestra huida del mundo (el primer misterio de la Cruz), cuando el mundo nos impide dedicarnos y darnos a Dios, y de huida del mundo de nuestro interior, cuando el mundo continúa ocupándonos con malos recuerdos y loyismí (segundo misterio de la Cruz). Lo primero corresponde en la praxis y lo segundo en la zeoría-contemplación.

Aquí san Gregorio Palamás recalca que sin la zeoría-contemplación no podemos sanar, limpiar y purificar nuestro hombre interior de los malos y apasionados loyismí. “Cuando por la práctica en la virtud llegamos a la zeoría-contemplación y cultivamos y limpiamos a nuestro hombre interior, buscando dentro de nosotros el tesoro que está escondido y examinando la realeza increada de Dios que está en nuestro interior, entonces nosotros nos crucificamos para el mundo y los pazos. Porque por este examen y estudio se crea en nuestro corazón un calor que ahoga los malignos y astutos loyismí, como las moscas y trae en la psique paz, consuelo y súplica y al cuerpo proporciona la santificación o santidad (San Gregorio Palamás, EPE t.9 pag 319).

También san Isaac el Sirio recalca que: “La praxis de la Cruz es doble… una consiste en la paciencia de las aflicciones de la carne, cuerpo, y se llama praxis; y la otra es el trabajo fino del nus, el dialogo con Dios y la oración incesante, y se llama zeoría-contemplación, (todo sobre Abad Isaac pag 129).

Lo admirable es que la Cruz de Cristo, según san Gregorio Palamás, pre-energizaba, actuaba antes, en el Antiguo Testamento. En el A. Testamento había el tipo de la Cruz, es decir, muchas praxis milagrosas se terminaron con la figura de la Cruz, como cuando Moisés trazó la señal de la Cruz para separar el mar rojo, por la que se salvaron los Israelitas y fueron destruidos sus enemigos. En el A. Testamento se refieren más o menos veinte protiposis o pre-tipificaciones de la Cruz.

Había también seres humanos que eran modelos o protipos del Cristo crucificado, como por ejemplo Isaac, que con su obediencia pre-tipificó a Cristo, el cual fue obediente al Padre hasta la muerte; también Josef que injustamente fue perseguido y sufriendo muchas pruebas también pre-tipificó al injustamente degollado Señor.

Finalmente en los Justos del A. Testamento, pre-energizaba, pre-operaba el misterio de la Cruz como praxis y zeoría, y con la energía increada y potencia de la Cruz vencieron el pecado y se reconciliaron con el Dios.

La Cruz operaba en Abraham, cuando mortificó en su interior el amor a su patria y se marchó en tierra desconocida, por mandamiento de Dios.

La Cruz operaba en Moisés, cuando despreciaba los honores que tenía en la corte de Faraó, prefiriendo al añorado Cristo.

Otra vez, la Cruz operaba, cuando el Dios llamó a Moisés, antes de subir en la Montaña, quitarse los zapatos de sus pies, es decir, mortificar la conducta carnal con la fuerza de la expectación divina.

San Gregorio Palamás termina de la siguiente manera: “No me bastará tiempo para describir sobre Jesús de Nineví y los jueces y Profetas después de él; de David y los después de él, los cuales activados con el misterio de la Cruz cortaron el curso o las corrientes del agua de los ríos, pararon el sol, derrumbaron ciudades de infieles, se proclamaron vencedores de guerras, se escaparon de las espadas, apagaron la fuerza del fuego, cerraron las bocas de leones, amonestaron reyes, resucitaron muertos, con su logos cerraron el cielo y volvieron abrirlo…”(San Gregorio Palamás, EPE t.9 pag 309).

Si la energía increada de la Cruz de Cristo pre-operaba en todos los Justos del A. Testamento, es obvio que por excelencia pre-operaba en la Señora Zeotocos, la siempre virgen María, la que desde el principio logró “que el ser humano pueda constituirse en inactivo hacia toda cosa que no gusta a Dios”, (San Gregorio Palamás, EPE t.9 pag 311). Nunca se manchó por sí misma, ni con un loyismós fino y desde muy joven hizo cosas que Abraham hizo en su vejez: salió de su casa y sus parientes y se introdujo al altar de los altares, donde elevada por encima de todo loyismós terrenal, unió su nus (la energía de su corazón de la psique) con el Dios y tuvo una zeoría-contemplación de Dios continua.

Por supuesto que la Cruz en la vida de nuestra Panayía como praxis y zeoría, no se entiende como en la vida de los justos del A. Testamento que participaban al pecado. Cruz para ellos era la lucha para superar el pecado, en cambio para inmaculada y sin mancha Zeotocos, la Cruz se entiende elevación de fuerza en fuerza, de doxa-gloria en doxa y de teoría-contemplación en teoría. Dice san Nicolaos Kabásilas: “Desde el momento que ha nacido, edificaba alojamiento para Aquel que podría salvar al hombre, luchaba para hacer de sí mismo la bella casa de Dios, de modo que fuera digna para Él” (San Nikolaos Kabásilas: La Madre de Dios pag 129).

Sobre esta lucha de la Panayía y la visión, expectación, contemplación de Dios que tuvo en el Altar de los Altares, nos hablan San Gregorio Palamás y san Nicodemo el Aghiorita en sus famosas homilías: “Sobre la introducción de la Panayía en el Altar de los Altares”.

Soporto las pruebas involuntarias de la vida con esperanza y agradecidamente

Las dolorosas e incurables enfermedades como la muerte de personas queridas, nuestra muerte, la injusticia, la ingratitud, el desprecio y las persecuciones que a veces sufrimos, la enfermedad y otras pruebas, son ocasiones que si las utilizamos correctamente, nos crucifican y nos levantan con el Cristo.

Si nos enfadamos e indignamos, nos perjudicamos espiritualmente. Si las aceptamos pasivamente, estoicamente, porque no podemos hacer de otra manera, otra vez no nos beneficiamos. Pero si las aceptamos como visita de Dios y como oportunidades para nuestro perfeccionamiento espiritual, entonces nuestro beneficio es mucho y grande. La voluntaria aceptación del dolor como Cruz, como regalo de la agapi de Dios para nuestro perfeccionamiento espiritual, nos eleva a la altura de los santos mártires. Por ejemplo, el cristiano que en la cama del dolor, soporta y agradece a Dios, se convierte en confesor de la fuerza de la fe y en mártir contemporáneo, puesto que con la aceptación de la Cruz transforma el dolor involuntario en voluntario.

Un asceta aghiorita dijo: «Un “doxa-gloria y gracias a Dios” en el momento del dolor tiene más valor que mil “Señor Jesús Cristo, eléison” cuando no tenemos dolor».

Pablo co-crucificado con Cristo, trayendo en su cuerpo los estigmas de Cristo, nos afirmó que: “Si sufrimos, también co-reinaremos con Él” (2Tim 2,12). Esta actitud mostraron en su vida todos los Santos, con puntal el bienaventurado Job, que es considerado como prótipo o pre-tipificación de Cristo. Job era justo, no era impío y pecador. A pesar de esto el Dios le concedió pasar dolores insoportables, mientras que los impíos prosperaban y disfrutaban.

El distinguido teólogo ortodoxo Dimitri Staniloae, refiriéndose al tema que nos ocupa, enseña: “El Dios tiene el derecho de dar regalos y retirarlos también. Y el hombre no debería apegarse a Dios en proporción de las donaciones que él le ha dado. Una actitud de este tipo no sería la verdadera agapi para el Dios, sino una fijación en los mismos regalos y eso significaría poner las donaciones por encima de Dios. En este caso la relación con el Dios se basaría simplemente en un contrato y el hombre diría: “Permaneceré consagrado a Ti mientras me das”. Una actitud así por parte del hombre significaría que el Dios no valía amarle de por sí. Entonces esta relación dependería de la utilidad que el hombre saca de los regalos que el Dios le da. En realidad el hombre entonces sólo amaría a sí mismo. De esta manera las donaciones perderían su sentido como señales de agapi (amor desinteresado y energía increada) de Dios y como formas por las que el hombre se introduce y mantiene una relación con Él…

Cuando tenemos una relación por encima de todas las creaciones, sólo entonces es cuando entramos en una relación personal con Él. Esta relación ya no es dominada por los ídolos materiales. Todas nuestras ideas para las cosas y los regalos que el Dios nos da, desaparecen totalmente delante de la luz increada del mismo. Así sanados y purificados nos ofrecemos a nosotros mismos totalmente a Dios y nos elevamos a un diálogo de agapi con Él. Entonces sentimos y percibimos que el Dios es infinitamente mayor que todas Sus donaciones y todas Sus creaciones, y que con esta relación con Él nos conducimos a un nivel distinto, en el cual nivel recuperamos por Él todo lo que habíamos perdido.

El cristiano que tiene la agapi de Dios en su interior y que así tiene agapi para cada uno, -aquella agapi que es una realidad incorruptible e inagotable- siente una alegría mayor que todas las alegrías que las cosas de este mundo le puedan proporcionar, mayor que su propia existencia. Esto es un acontecimiento que los virtuosos lo descubren dentro de su pasión. Esta cruz se da al hombre para llegar a descubrir a Dios en otro nivel, en un fondo apofático (sí a lo que no es, confirmación negativa) y para mostrar a los demás que existen aquellos que pueden permanecer unidos con el Dios de esta manera, aún cuando pierden todas sus existencias y cuando el mismo Dios parece ser que ha desaparecido delante de ellos” (Periódico Sinaxis t.26 pag 11-12).

Según san Gregorio Palamás: “La Zeotocos de una manera particular coparticipaba y copadecía con cooperar en la elevadora kenosis (vaciamiento) del Logos (San G. Palamás: “En la dormición”. EPE t.10 pág 443).

Desde la concepción por el Espíritu Santo de su Unigénito Hijo, en su santo vientre, comenzaron también sus pruebas. José no pudiendo explicar su sobrenatural concepción y embarazo “quiso dejarla secretamente” (Mt 1,19). Entonces debería ser grande el sufrimiento y dolor de la sencilla y desconocida hija María.

Pasó pruebas y dificultades para encontrar un lugar para dar a luz a su Unigénito hijo. Raramente una mujer embarazada a punto de dar a luz no encuentra un lugar para parir.

La prueba y el intento de Herodes para matar al Niño Divino, prueba y huida a Egipto. Sin hogar en Belén, refugiada en Egipto.

Prueba y agonía, cuando fue a Jerusalén a venerar y perdió por tres días a su hijo de doce años.

Cada dolor y persecución de Cristo durante sus tres años de acción fue también su propia prueba.

Escuchemos a san Kabásilas lo que dice: “Participaba con el Hijo a las vergüenzas, deshonras e insultos y todo lo que revelaba la pobreza en la que vino para gracia nuestra. Aceptaba el oficio del aparentemente padre, José, y toleraba tomando parte de su Hijo para mi sanación y salvación…

Cuando aquellos que se beneficiaban, le calumniaban y odiaban, la Virgen sufría con Él y aceptaba las flechas del odio de ellos…

¡Cuando hizo falta el Salvador sufrir para nosotros y morir, cuán grandes serían las penas con las que le apoyaba la Virgen! ¡Qué flechas venenosas la traspasaron! Porque aunque fuera sólo hombre y nada más, qué cosa más dolorosa que esta podía sufrir una madre. Pero ahora su Hijo está solo y ella que le trajo al mundo está sola, de manera paradójica, la que nunca afligió e hizo daño a ninguno de los hombres; al contrario, los ha beneficiado tanto a todos de modo que sobrepasaba sus esperanzas. ¿Qué sentimientos, pues, es normal que tuviera la Virgen, cuando veía su Hijo con tantos sufrimientos y dolores terribles, éste que era el benefactor de la naturaleza humana, “el apacible y humilde de corazón”, al que nadie nunca podría acusarle de lo más mínimo, cuando le veía arrastrado de aquellas bestias salvajes, siendo desnudado y azotado, siendo juzgado como merecedor de la peor condena y morir por muerte más despreciativa junto con los hombres más pecadores, fuera de cualquier concepto de justicia y ley, como ocurría en los regímenes tiránicos? Personalmente creo que este tipo de pena y sufrimiento nunca puede haber en ningún hombre…

Por eso durante el momento de sus padecimientos, la Virgen fue apoderada de enorme e indescriptible tristeza, de tal forma que semejante dolor nunca ser humano ha sentido. Porque ella vio la crucifixión como madre y como ser humano con sano juicio, como uno que puede discernir claramente la injusticia.

Porque debería tomar parte en cada cosa que hacía su Hijo para nuestra sanación y salvación. Tal y como le transmitió su sangre y su cuerpo y tomó recíprocamente las jaris (energías increadas), de la misma manera ha tomado parte también en todos sus dolores y sufrimientos. Y él por supuesto clavado en la Cruz, recibió en la costilla el pinchazo de la espada, mientras que la espada traspasó en el corazón de la Virgen, tal y como había anunciado san Simeón. De la misma manera también todos los demás martirios que provocaban aquellos “cerdos” en común al Hijo y a la madre. Lo mismo cuando utilizando logos antiguos de él, le acusaban de arrogante, y cuando le llamaban falso, engañoso luchando para demostrar sus engaños y errores” (San Nikolaos Kabásilas: La Madre de Dios pag 209-213).

San Simeón el justo durante la Presentación había profetizado que como una espada pasaría de la psique de la Zeotocos.

Esta espada muchas veces la hizo daño. Pero siempre la soportaba y la llevaba, según san Gregorio Palamás, como “una hazaña incomparable en perseverancia y resignación”. Y después de la Ascensión de su Hijo, otra vez entre los Apóstoles y los primeros Cristianos, ella primera levanta y lleva la Cruz de las persecuciones, les apoya y les conduce a la obra apostólica. Así como entonces en la Crucifixión de su Hijo “estaba en pie a lado de la Cruz” y co-padecía y se co-crucificaba junto con Él, así también después de Su Ascensión, ella levanta y lleva la Cruz de la Iglesia y ella es la co-padeciente madre de los Cristianos.

Asumo dolores involuntarios, privaciones y luchas por la agapi de Dios

El mismo Señor nos ha enseñado que la entrada del Evangelio es estrecha y el camino torcido y que la Realeza increada de Dios se arrebata con violencia y los rebeldes la arrebatan.

Con el ayuno, vigilia, prosternaciones y toda la bendita ascesis ortodoxa, se doman los pazos y el cristiano de carnal, materialista se convierte espiritual. Se ejerce a no apegarse apasionadamente en las personas y en los bienes materiales. Gobernarse como imagen de Dios y no como animal. No utilizar el mundo consumistamente, sino efjarísticamente (agradecidamente). Es conocido el sabio lema patrístico: Dar sangre y recibir espíritu. El ayuno del Gran Cuaresma es muy agotador. Pero sin el agotador ayuno –co-crucifixión con Cristo- no se puede vivir la alegría de la Resurrección.

En nuestra Iglesia Ortodoxa, donde nos ejercitamos cruciformemente, recibimos la experiencia de la Resurrección. Todo en nuestra Iglesia es resucitador, porque todo es cruciforme. Nuestra Iglesia es Iglesia de Cruz y Resurrección. Sin la Cruz no hay Resurrección. Pero tampoco hay Cruz que no sea seguida de la Resurrección. Por eso los Ortodoxos festejamos el Viernes Santo de modo resucitado, mientras que los Occidentales hasta la Pascua la celebran cruciformemente. “Tu Cruz veneramos, Soberano, y Tu divina Resurrección glorificamos”, psalmodiamos en la Pascua.

Así también el divino Crisóstomo empieza en su homilía “en la Cruz”, con los siguientes logos: “Hoy tenemos fiesta y romería, porque nuestro Señor se encuentra clavado encima de la Cruz… La Cruz es la base de nuestra sanación y salvación; la Cruz es cuestión de miríadas de bienes…” (San Juan Crisóstomo, EPE t.36 pag 29).

Dentro del dolor y el esfuerzo de la ascesis y la vida cruciforme, se esconde la más mística, profunda y verdadera alegría y consuelo, tal y como nos lo ha prometido el mismo Señor: “Bienaventurados los que están en luto, (por sus pecados) porque ellos serán consolados”. El luto, tristeza por la metania y la ascesis (ejercicio espiritual), según los Santos Padres, es la alegre-pena o pena-alegre, la emoción más equilibrada.

Vida ascética era también la vida de nuestra Panayía, especialmente como hemos dicho en el Altar de los Altares. Pero también después de la Ascensión de su Hijo a los cielos, como nos dice san Gregorio Palamás, “las grandezas que habían ocurrido en ella eran sobrenaturales, que hombre no puede concebir y las competía con resignación, firmeza y multiforme ascesis” (San Gregorio Palamás, EPE t.9 pag 443).

Del Salvador Cristo y de la Señora Zeotocos fueron enseñados los santos Apóstoles y lo entregaron a la Iglesia.

En nuestra Iglesia Ortodoxa nuestro pueblo (griego) fue instruido y adquirió una moral y carácter ascético y crucifico-resucitado. Esta conducta le ayudó mucho a soportar la dureza de los bárbaros conquistadores (los turcos) durante 400 años; y también hacerse cargo desnudo y débil de las penas, los sufrimientos y las contrariedades y los peligros de la lucha liberadora de 1821. Las simples y analfabetas madres, pero sabias según Dios, que enseñaban a los hijos la fe, la oración, el ayuno, la metania, preparaban realmente hombres libres que se convertirían en artífices de la liberación y libertad nacional.

¿Acaso hoy qué educación damos a los jóvenes y cuánto los ayudamos a superar su egocentrismo y hacerse hombres verdaderamente libres?

Hoy en día se promueven y anuncian también otras formas de ascesis, no ortodoxas y cristianas. La ascesis evangélica y ortodoxa no tiene ninguna relación con los métodos ascéticos de distintas herejías orientales, hinduistas tipo yoga, donde la ascesis tiene carácter humanocéntrico, es un ejercicio de la voluntad, y no una co-crucifixión con el Cristo.

En nuestra Iglesia Ortodoxa la ascesis nunca es un fin en sí mismo que resulta a la autosalvación y autojustificación. Siempre es el medio para adquirir la Jaris (gracia, energía increada) del Espíritu Santo y la verdadera agapi a Dios y al prójimo.

Para los cristianos Ortodoxos el levantamiento de la Cruz es expresión de obediencia y agapi a Dios. Es el contra-regalo y contra-oferta hacia al Señor que se sacrificó para nosotros.

Incluso, los padecimientos por Cristo se pueden ofrecer a Dios a favor de la Iglesia, como hacía el apóstol Pablo: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

En los martirios de muchos santos mártires como san Jaralambus, san Modesto, santa Anastasia la romana…, vemos que los santos mártires ofrecen su dolor y su muerte a Dios, para los hombres dolidos que les invocarían. Es muestra de perfecta agapi que el fiel ofrezca su paciencia en las pruebas y las fatigas de la ascesis a Dios, no sólo para su propia sanación y salvación sino también para su semejante.

La Cruz y el mundo contemporáneo

Vivimos en un mundo al que domina el espíritu anti-cruz. Un mundo ególatra que tiene como ideales la satisfacción de los pazos sin ética, el bienestar material y la comodidad que coloca la libertad al egoísmo y no al sacrificio y la agapi, es decir, a la Cruz.

Este mundo no quiere oír para contención, dominio de los pazos, sacrificio, ayuno y ascesis. En el fondo niega la Cruz y así no puede encontrarse con el Cristo. Permanece en la corrupción, en la muerte, en el vacío, en el tedio, en el aburrimiento y en el impase. Se divierte, pero no se alegra.

La psicología, la educación, formación y estudios, la política y las relaciones sociales, la justicia y la diversión son regadas intensamente de este espíritu.

Acertadamente observa el padre Dimitri Dusco en su libro “Nuestra esperanza”: “¡Que estemos atentos, porque muchas veces a pesar de nuestra fe en Cristo, intentamos hacer cómodo aún hasta el camino de la realeza increada de Dios! El mundo con sus bienes materiales y su tecnología nos ha vuelto locos. Y sí alguna vez se habla de dolor y pazos, de repente te dicen: “El cristianismo es alegría. Todo debe ser alegría. Pero la alegría no viene así. La alegría no se compra con dinero. La alegría del Cristiano se compra con sacrificio, dolor y padecimientos. Otros medios de compra no hay. Para que el hombre se sane y salve, nuestro Señor subió en la Cruz. Voluntariamente. Se crucificó. Y murió. Después resucitó. Después vino la alegría. El que quiera venir en pos mío que se niegue a sí mismo y tome su cruz y me siga, dijo el Cristo. Es imprescindible llevar nuestra cruz. El que sigue a Cristo sin cruz no es digno de Cristo. Es indigno. Esto nos lo ha dicho el mismo Cristo. Y nos lo dijo bien claro: “este no es digno de mí”, es decir, su fe y agapi para el Cristo no son auténticas, no valen nada.

La cruz nos asusta. Y esto es natural. Porque nos ha destruido nuestra comodidad. El dolor para nosotros es algo aterrador. Pero el dolor no es terrible. La comodidad es terrible. Esta debería aterrarnos. Realmente todas las maldades contemporáneas tienen como fuente la vida cómoda. El dolor, los padecimientos, la cruz -dijo el Cristo- son algo bueno y así Su carga se hace ligera”.

Este mundo que rechaza la Cruz de Cristo, está obligado hoy en día a afrontar azotes penosos y terribles, que son también consecuencias de su camino anti-cruciforme y de su egolatría: el sida, las drogas y la terrible catástrofe ecológica.

Y la solución no se encuentra allí donde la coloca el hombre actual, es decir, en tomar unas medidas preventivas. Todo esto es útil pero insuficiente. La solución más profunda es una: la metania. Esta que ha salvado Nineví de la catástrofe.

Los judíos pedían de Cristo una “señal”. Y el Cristo les dijo que se les dará la señal de Jonás el profeta. Es decir, Su muerte, entierro y resurrección (Mt 12,39). Esta también es la señal para la solución de nuestro impase y de la venidera catástrofe. La elección de la vida cruciforme como único modo de verdadera vida.

Un padre de occidente san Agustín, dijo: “Conozco tres cruces: una es la cruz que sana y salva al hombre y es la cruz de Cristo; otra es la cruz del buen ladrón que estaba a la derecha de Cristo, por el cual se sana y se salva el hombre; y una tercera cruz, la del ladrón que estaba a la izquierda de Cristo, que te hace perderte en la eternidad. Los tipos de estos hombres, los dos ladrones simbolizan toda la humanidad. La cruz del ladrón de la derecha toma en su interior, sobre sí mismo, la cruz de Cristo y se salva. La cruz del ladrón de la izquierda representa aquella parte de los hombres que no aceptan la cruz de Cristo y se pierden. Pero en definitiva y generalmente no podemos evitar la cruz de ninguna manera” (Dimitri Staniloae: La cruz y la alegría en la vida de los monjes” pag 16).

Los Cristianos que viven en este mundo contra-cruciforme, deben hacer un gran esfuerzo y lucha para que no sean arrastrados por este ambiente de espíritu materialista y anticruz. Cada momento deben escoger entre estos dos modos de vida. La vida cruciforme en Cristo y la vida anti-cruciforme según el mundo, es decir, entre la agapi cruciforme y el egoísmo anti-cruciforme.

Con la agapi nos co-crucificamos con el Cristo, mientras que con el egoísmo crucificamos a Cristo y nos hacemos enemigos de la Cruz de Cristo. Para los antiguos y los contemporáneos crucificadores de Cristo, el apóstol Pablo dice: “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Fil 3, 18-19).

El diablo intenta asustar los Cristianos que si escogen la vida cruciforme no progresarán, no predominan –con la cruz en la mano no progresas-, y se convertirán en víctima de la explotación de los demás, y los incita a explotar a los demás para que los demás no les exploten a ellos.

Así por la poca fe desconocen la Jaris (gracia, energía increada), la fuerza y la protección de Dios para los que aplican y cumplen Sus mandamientos.

Incluso tienen que afrontar las tentaciones de gente de su ambiente que repetidamente les dicen lo que dijeron los crucificadores al Señor crucificado: “Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mt 27, 40).

Los hebreos querían a Jesús Cristo Mesías pero sin la cruz. Hoy también la gente con espíritu mundano, quieren hacer un paraíso terrenal sin Cruz. Nos llaman también a nosotros que somos cristianos a abandonar la forma de vida cruciforme.

¿Cuántas reacciones tienen de su ambiente los padres piadosos que adoptando un espíritu de vida cruciforme son familia numerosa? ¿Cuántas tentaciones tienen los jóvenes que quieren vivir con pureza, devoción y piedad?

Si el espíritu Anticristo combate contra Cristo, lo hace porque el Cristo es crucificado y por eso resucitado. Este, el Anticristo, como pseudomesías y pseudoprofeta, promete la gente un paraíso terrenal, redención y salvación sin la cruz. ¿Pero, cómo puede haber paraíso sin agapi y cómo puede haber verdadera agapi sin la crucifixión del egoísmo? La revolución contra el egoísmo es la revolución más radical del mundo, que sin esta no se puede conseguir ningún cambio para mejor. Es característica la interpretación que se ha dado al número simbólico 666 que en griego se escribe: ΧΞΣτ, Χριστός Ξένος Σταυρού (jristós xenos stavrú) Cristo Extranjero o ajeno de la Cruz, es decir, un Cristo, un Mesías sin la Cruz es el Anticristo y todos los precursores del Anticristo.

***

Pidamos, pues, hoy en día la Jaris (energía increada) del Señor Crucificado y Resucitado a que no seamos arrastrados y engañados por el Anticristo.

No negar, pues, Su Cruz y nuestra cruz, la agapi, el espíritu de sacrificio y ofrecimiento, la humildad y la paciencia en las pruebas, la continencia y la ascesis ortodoxa.

Especialmente en los momentos que el egoísmo tiende a dominarnos, fijémonos al Crucificado, igual que se fijaban en la serpiente de cobre los envenenados hebreos en el desierto.

Crucifiquemos en Su Cruz todo nuestro deseo egoísta, cada pazos carnal pecador, cada desobediencia, cada desesperación, cada ira y enfado nuestro y cada poca fe.

Y si por debilidad humana y descuido caemos y actuamos anti-cruciformemente, pues, hagamos la metania retornando en nuestra vida cruciforme.

Pidamos por eso también la ayuda de nuestra Panayía, que no sólo eludió a su Hijo unigénito de la Cruz, sino que la misma vivió cruciformemente, y con discernimiento ayudaba a su Hijo en llevar Su cruz. Ahora ayuda también a nosotros llevar nuestra cruz que conduce a la Resurrección. Nuestra Iglesia ortodoxa con sabiduría nos mistagoyiza (instruye místicamente) a la vida cruciforme-resucitadora. En nuestra Iglesia cruciforme-resucitadora también nosotros nos hacemos Cristianos cruciforme-resucitados.

El baile de Santos de nuestra Iglesia es un baile de crucificados y resucitados, co-crucificados y co-resucitados con el Cristo, que alrededor del Cordero Degollado con puntal la Señora Zeotocos psalmodean oda nueva. Es la Pascua eterna.

En esta Pascua llama a todos nosotros el Cristo por Su Cruz. Amín.

† Yérontas Gheorgios Kapsanis

Santo Monasterio Grigoriu de Athos

Traducido por: χΧ jJ

 

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