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Ene 30 2015

San Casiano el Romano: Sobre los ocho loyismí mortales espiritualmente

 

St John Cassian

FILOCALÍA DE LOS SANTOS NÍPTICOS

Tomo I, San Casiano el Romano

ΠΕΡΙ ΤΗΣ ΛΥΠΗΣ SOBRE LA LIPI (aflicción, tristeza y pena)

5) La quinta batalla nuestra es contra el espíritu de la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) que oscurece la psique y no le permite ninguna zeoría-contemplación espiritual, impidiéndole cada obra buena. Cuando este espíritu malvado agarra la psique y la oscurece, no le permite orar con buena disposición de ánimo, ni perseverar en el provecho que traen las sagradas lecturas, no tolera que el hombre sea apacible y moverse con simpatía hacia sus hermanos, por cualquier tipo de actividad le genera odio, incluso hasta de la promesa de la vida monástica. En general la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena), removiendo y confundiendo todos los saludables y salvadores pensamientos de la psique, paralizando su actividad y su vigor, la vuelve estúpida y necia, atándola con el loyismós, pensamiento de la desesperación.

Por eso, si tenemos el propósito a luchar por la batalla espiritual y, con la ayuda de Dios, vencer a los espíritus malignos, deberemos poner la máxima atención, la más que podamos, y custodiar y vigilar nuestro corazón contra el espíritu de la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena). Así como la polilla roe el traje, y el gusano la madera, así la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) carcome la psique del hombre. Ésta induce al hombre a evitar toda buena conversación espiritual y no permite aceptar una buena palabra de consejo, ni siquiera de amigos sinceros, ni a su vez darles una respuesta buena o pacífica; pero una vez haya captado toda la psique, la llena de resentimientos, de amargura, de tedio, de melancolía y de depresión. Entonces le convence rehuir de los hombres, como si éstos fueran culpables de su turbación. No permite a la psique entender y reconocer que su enfermedad, la lleva dentro y que no le viene del exterior; y que se manifiesta cuando vienen las tentaciones y con la prueba es llevada a la superficie. Porque nunca un hombre será perjudicado de otro si no lleva almacenadas en su interior las causas de los pazos.

Por eso, el Dios, creador de todas las cosas y Médico de las psiques, Él, que es el único que conoce con precisión las heridas y los traumas de la psique, no nos manda abandonar nuestras relaciones con los hombres, sino que eliminemos en nosotros mismos las causas de la malicia y reconozcamos que la salud de la psique no se practica por la separación nuestra de los hombres, sino con la permanencia y ejercicio (práctica) junto con hombres virtuosos.

Cuando pues, abandonamos a los hermanos con un pretexto cualquiera, supuestamente razonable, no hemos eliminado las causas o motivos que producen la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena), solamente las hemos cambiado por otras, porque el mal, la enfermedad que tenemos dentro de nosotros las renueva a causa de otras cosas y motivos.

Por lo tanto, toda nuestra guerra deberá ser contra nuestros pazos que están en nuestro interior; porque, una vez que, con la jaris (gracia, energía increada) y la ayuda de Dios, los hayamos echado de nuestro corazón, entonces podremos vivir fácilmente, no sólo con los hombres, sino también con las bestias salvajes, según lo dicho por el bienaventurado Job: “Estarán en paz contigo las bestias salvajes” (Jb 5:23).

Primero de todo deberemos luchar contra el espíritu de la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) que trae en la psique la desesperación, a fin de expulsarlo de nuestro corazón. Porque es éste el espíritu que no ha permitido a Caín arrepentirse después del asesinato de su hermano, ni a Judas después de la traición al Señor.

Solamente una λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) debemos tener, que es la metania (introspección, conversión, confesión y arrepentimiento) por nuestros pecados, unida a la buena esperanza, por la que el Apóstol nos dice: La λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) según Dios produce una metania que nos conducirá a la sanación y salvación”, (2 Co 7:10). Y eso porque la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) según Dios, al nutrir la psique con la esperanza siguiendo la metania, está mezclada con la alegría. Por eso, esta λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) según Dios convierte al hombre bien dispuesto y obediente en cada obra buena; se torna apacible, humilde, tolerante, paciente, capaz de soportar todo esfuerzo bueno y toda derrota, puesto que es según Dios. Y por esto se reconocen en el hombre los frutos del Espíritu Santo, es decir, la alegría, la agapi (amor), la paz, la paciencia, la bondad, la fe, la continencia (Gal 5,22).

De la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) contraria, reconoceremos los frutos del espíritu malo que son: la acidia, el tedio, la intolerancia, la contradicción, la desesperación, la angustia, la depresión, el odio y la pereza en la oración. De la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) de este tipo, deberemos huir, como también de la lujuria, de la codicia, de la avaricia, de la ira y del resto de los pazos. Esa λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) se cura con la oración, la esperanza en Dios, el estudio y reflexión de los divinos logos y conviviendo o relacionándonos con hombres devotos e iluminados.

ΠΕΡΙ ΤΗΣ ΑΚΗΔΙΑΣ – SOBRE LA ACIDIA (tedio, pereza espiritual)

6) Nuestra sexta lucha es contra el espíritu de la acidia, que se une y ayuda al espíritu de la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena), siendo éste un terrible y pesado demonio, ofreciendo siempre una batalla contra los monjes (y a los fieles practicantes).

Este demonio ataca, sobre todo contra al monje, al mediodía, provocando atonía, desasosiego, miedo y odio hacia el lugar donde se encuentra y contra los hermanos que están con él, y también contra cualquier trabajo y lectura de las divinas Escrituras. Le insinúa también pensamientos de cambiar de lugar y la idea de que, si no cambia y no se muda, aquí está perdiendo el tiempo y se esfuerza vanamente. Además de esto, alrededor del mediodía le trae un hambre tal como no le sucedería después de tres días de ayuno, o de un largo viaje o de un gran esfuerzo. Luego le susurra varios loyismí, tales como que no podrá liberarse nunca de tal enfermedad, de tal mal o de tal peso, si no sale frecuentemente visitando a sus hermanos, con el pretexto que supuestamente por su visita serán beneficiados los enfermos. Y cuando no pueda engañarle con todo esto, le sumerge entonces en un sueño profundo, atacándole aun con más violencia y fuerza, y no podrá ser vencido si no es por medio de la oración, evadiendo toda charlatanería, con el estudio y reflexión de los divinos logos y con la paciencia a las tentaciones. Porque si este espíritu no encuentra al monje u hombre defendido por estas armas, lo golpea con sus flechas convirtiéndolo en inestable, fantasmagórico, perezoso, indolente y ocioso, conduciéndolo a recorrer varios monasterios, y no ocuparse de otra cosa más que lugares donde hay buenos banquetes y comidas. Porque la mente del que ha caído en la acedia no piensa más que en los pensamientos vanidosos de lo que nos hemos referido o en la excitación que proviene de estas cosas. Y llegado a este punto, el demonio lo enrolla en asuntos mundanos, y poco a poco lo engancha mediante estas peligrosas ocupaciones, hasta que expulse al monje de la misma vida monástica.

El divino Apóstol, sabiendo cuán pesada es esta enfermedad, y queriendo, como médico sabio, erradicarla completamente de raíz de nuestras psiques, nos muestra sobre todo las causas que la generan y nos dice: “Os rogamos hermanos, en el nombre del Señor nuestro Jesús Cristo, manteneros alejados de todo hermano que se comporta indisciplinadamente y no sigue de acuerdo con la tradición que habéis recibido de nosotros. Vosotros sabéis cómo imitarnos, puesto que no nos hemos portado desordenadamente entre vosotros: no hemos comido gratuitamente el pan de nadie, sino que hemos trabajado día y noche con fatiga y afán para no ser una carga para vosotros; no porque tuviésemos potestades para no trabajar, sino con el fin de darles un modelo a imitar. Cuando estuvimos entre vosotros, les pedimos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Sentimos que algunos de entre vosotros caminan indisciplinadamente, sin hacer nada, pero inmiscuyéndose en asuntos ajenos. A éstos nos dirigimos y les recomendamos en Cristo Jesús que coman de su pan, trabajando con tranquilidad” (2 Tes 3:6-12).

Escuchemos con cuanta sabiduría el Apóstol nos muestra las causas de la acidia. Llama “desordenados, indisciplinados” a los que no trabajan; pone en evidencia con esta sola palabra una gran malicia, porque el que lo hace no es piadoso, es descarado al hablar e improvisado para criticar y acusar, y por eso inadecuado para la hisijía (paz y serenidad interior) y esclavo de la acidia. El Apóstol nos ordena mantenernos alejados de tales personas como de una enfermedad contagiosa. Y con la frase: “no según la tradición que han recibido de nosotros (2 Ts 3,6), indica cómo aquellos son soberbios, despreciadores, malos difusores y anuladores de las tradiciones apostólicas. Después dice: “No hemos comido gratuitamente de nadie, sino que hemos trabajado día y noche con fatiga y afán (2Ts 3:8).

El maestro de las naciones, el heraldo del Evangelio, aquel que ha sido raptado hasta el tercer cielo, aquel que dice cómo el Señor ha establecido que aquellos que anuncian el Evangelio viven del Evangelio (1Cor 9,14), trabaja de día y de noche para no ser una carga para nadie. ¿Qué haremos nosotros, que frente al trabajo nos mostramos tediosos y buscamos el reposo del cuerpo? Nosotros, a quienes no nos ha sido confiado el anuncio del Evangelio, ni la preocupación de las Iglesias, sino sólo el cuidado de nuestra psique. Y el Apóstol agrega, mostrando claramente el daño causado por el ocio y la inactividad: “…sin hacer nada pero inmiscuyéndose en todo” (2Ts 3:11). Del ocio o la inactividad viene la curiosidad, de la curiosidad, la falta de disciplina y de ésta toda malicia. Pero el Apóstol prevé una terapia para todos estos y agrega: “A éstos recomendamos que coman de su pan trabajando sosegadamente” (2Ts 3:12). Y de modo aún más severo, agrega: “El que no quiera trabajar, tampoco coma” (2Ts 3:10).

Estos preceptos apostólicos teniendo en cuenta los santos Padres que vivían en Egipto, no permiten a los monjes o los cristianos permanecer ociosos e inactivos en ningún momento, sobre todo si se trata de jóvenes. Porque saben que con el trabajo alejan el tedio, obtienen su propia comida y ayudan a los necesitados. Éstos no trabajan sólo para obtener su propia comida, sino para proveer a los extranjeros, a los pobres y a los presos con su propio trabajo; porque creen que las buenas obras que hacen se convierten en un sacrificio santo y grato a Dios. También dicen esto los Padres: “El que trabaja, no tiene a menudo más que un solo demonio a quien combatir y por el cual está oprimido, mientras que el ocioso está atormentado por miles de malvados espíritus.

Es bueno acordarnos también un logos del abad Moisés, hombre muy virtuoso entre los Padres. En un breve período transcurrido por mí en el desierto, fui tentado por el demonio de la acidia, por lo que acudí a su consejo contándole lo que me había ocurrido: “Ayer habiéndome atacado exageradamente la acidia, no me salvé de ella hasta cuando acudí al abad Pablo”. El abad Moisés me contestó así: “Ten buen ánimo y coraje. No te has liberado de la acidia, sino que te has entregado totalmente en ella como esclavo. Debes saber que, puesto que has desertado, el demonio de la acidia te hará una guerra aún más grave, si de ahora en adelante por medio de la paciencia, de la oración y del trabajo manual no te dedicas contra la acidia a combatirla y vencerla.

Traducción de xX.Jj

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